En la ya abundante literatura sobre el tema destacaría, sin duda, esta obra de José Bengoa, aparecida a fines del año pasado. El título “Historia de un conflicto. El Estado y los mapuches en el siglo XX” (Planeta) acota con precisión el objetivo. No es una historia general del pueblo mapuche -abordada antes por el autor en un libro que se ha ido haciendo clásico- y tampoco un ensayo particularizado. Como panorámica -rigurosa y al mismo tiempo amena- abarca más de un siglo de la vida del pueblo autóctono y de las políticas “indígenas” del Estado chileno. Punto Final, 19 de mayo de 2000

 Proyecto de Documentación Ñuke Mapu

19 de mayo de 2000

Chilenos y mapuches: trauma histórico
Libros
 
En la ya abundante literatura sobre el tema destacaría, sin duda, esta obra de José Bengoa, aparecida a fines del año pasado. El título “Historia de un conflicto. El Estado y los mapuches en el siglo XX” (Planeta) acota con precisión el objetivo. No es una historia general del pueblo mapuche -abordada antes por el autor en un libro que se ha ido haciendo clásico- y tampoco un ensayo particularizado. Como panorámica -rigurosa y al mismo tiempo amena- abarca más de un siglo de la vida del pueblo autóctono y de las políticas “indígenas” del Estado chileno.
En las primeras líneas de la presentación, Bengoa define su mirada: “La sociedad chilena no ha resuelto su relación con la sociedad mapuche. El pueblo originario de Chile sigue siendo el grupo social más discriminado, pobre y marginalizado. Al finalizar el siglo, el Estado y la sociedad se encuentran en una encrucijada, o continuar con la política del despojo o conflicto o encaminarse por la vía del diálogo, del respeto mutuo, de la reparación del daño histórico cometido”.
Ya existe conciencia generalizada que hasta más allá de la mitad del siglo XIX, la sociedad mapuche se mantenía separada e independiente de la chilena. El intercambio comercial y las influencias culturales modificaban lentamente la identidad indígena pero no afectaban la tenencia de la tierra ni lo esencial de las formas culturales y la organización social. De océano a océano se extendían los inmensos territorios habitados por mapuches, que tenían en la ganadería y el nomadismo en las pampas su base de vida. Con la colonización alemana en Llanquihue y Valdivia la situación empezó a cambiar mientras desde la línea del Bío Bío se iniciaba un lento avance de colonos y tropas chilenas. Los ideólogos del capitalismo naciente predicaban el avance “modernizador”.
Domingo Faustino Sarmiento, exiliado en Santiago, escribía: “Es necesario entender que en medio del territorio de Chile vive un pueblo que no reconoce las leyes del país, que tiene otras costumbres, que habla otro idioma”. El avance de la “pacificación de la Araucanía” se aceleró decisivamente después de la guerra del 79. Al mismo tiempo en Argentina se lanzaba “la conquista del desierto” a cargo del ejército. Los territorios indígenas fueron ajustados a las fronteras estatales. En ambos países se buscaba la incorporación de las tierras al mercado y la extensión de los latifundios. Los resultados de dicha política fueron pavorosos. Cientos de miles de hectáreas -por referirnos sólo a Chile- fueron arrebatadas a los indígenas encuadrados, después, en “reducciones”, mientras los pasos cordilleranos se transformaban en zonas fronterizas infranqueables sin autorización.
Confinados a terrenos escasos, los indígenas siguieron perdiendo tierras a manos de los “huincas” amparados por la legislación y mediante trampas y sinvergüenzuras urdidas con la complicidad de abogados y notarios sin escrúpulos. El idioma se redujo a las relaciones familiares. Las costumbres tradicionales fueron aventadas. Un cataclismo social afectó a los mapuches. De señores de su territorio se convirtieron en extranjeros odiosos cuya presencia molestaba y había que eliminar o “civilizar” a toda costa.
La ganadería fue reemplazada por el trigo. Hasta hoy se mantienen esas huellas en la memoria cotidiana. “En el recuerdo -escribe Bengoa- se reúnen probablemente dos historias reales. La primera es la remembranza del tiempo ganadero y de la abundancia de la carne. La gente se acuerda poco de los detalles, pero la idea general de la abundancia está presente. Las joyas de las mujeres que hasta hoy, a pesar del saqueo, se mantienen en las familias mapuches, es una prueba testimonial de esa abundancia pasada. Los escritos de los viajeros del siglo XVIII y XIX dan fe de la abundancia de los ganados entre los mapuches, de las grandes comidas” (...) “El segundo recuerdo es el de la agricultura abundante, el trigo que parece haber existido en los últimos años del período independiente y en los primeros años de la vida reduccional. Las tierras de las reservaciones no estaban agotadas y por eso mismo las cosechas eran mayores. En cifras gruesas, el doble de las tierras soportaba la mitad de la población actual, esto es, más de 500 mil hectáreas a 100 mil personas y hoy día menos de 400 mil hectáreas a 230 mil personas que es la población rural mapuche de las comunidades indígenas”.
El relato prosigue pausado, rico en detalles y también en notas humanas, muchas originadas en el conocimiento directo del autor.
Poco a poco los mapuches se fueron recuperando del trauma inicial. Con variadas formas y mucha astucia trataron en los primeros decenios de adaptarse a las imposiciones de los chilenos. Formaron sociedades, trataron de alfabetizarse en castellano, apoyaron a los partidos conservadores. Intentaron la defensa de sus tierras dentro de la legalidad imperante. Fue lo que Bengoa llama período de “integración respetuosa” a la sociedad chilena, que chocó con la barrera infranqueable de los terratenientes y especuladores. Siguieron perdiendo tierras, mientras se hundían en la miseria y la ignorancia.
Una fotografía impresionante se repite en ambas portadas del libro. Decenas de hombres y mujeres mapuches -pehuenches más seguramente, porque la foto se dice tomada en Lonquimay- aparecen frente a una escuela de niñas; los hombres sentados en el suelo y atrás, la mayoría de las mujeres, aunque algunas de ellas están de pie contra el muro del edificio. Ellas están uniformadas, con el pelo cortado igual, los hombres van vestidos precariamente, casi todos lucen sombreros y gorros. No hay sonrisas en esos rostros, oscuros. Hace frío. De pie junto al colegio hay dos monjas con tocas blancas, algunas muchachas indígenas peinadas con cintillos y un grupo de caballeros que incluye un oficial de marina y un par de militares. Monjas, caballeros y militares ostentan la satisfacción de la superioridad civilizadora. Los indígenas avasallados miran confundidos. Al lado de la escuela hay otra construcción -también sólida y bien edificada- que parece una iglesia. Escuela, Iglesia y Poder Militar, monjas, caballeros y uniformados, expresan la fuerza que se impone a la barbarie.
A partir de la década de los 30, los partidos de Izquierda, especialmente el PC, intentaron levantar las reivindicaciones mapuches, sin percibir a fondo la dimensión nacional del problema. Las ideas del doctor Alejandro Lipschutz sobre “nación indígena” y autonomía fueron fenómeno aislado, extraño, que sólo comenzó a abrirse camino a comienzos del gobierno de la Unidad Popular con la nueva legislación que se dictó entonces.
En los años 60, la lucha por cambios sociales y reforma agraria abrió un nuevo período. La recuperación de tierras se convirtió en centro de la actividad mapuche y del desarrollo de una identidad propia. Todo esto fue brutalmente aplastado por la dictadura. En la zona mapuche la represión fue durísima y algunos años más tarde se dio un golpe de muerte a las comunidades autorizando su división y facilitó una nueva oleada de usurpaciones legalizadas.
En ese entonces comenzaron -a juicio de José Bengoa- fenómenos hoy en pleno desarrollo. “La represión habida en esos años provocó un quiebre muy profundo. No sabemos si definitivo. Ese nuevo tiempo se caracterizó por la voluntad de separación de la cultura mapuche de la chilena, por la afirmación de las propias características indígenas y por el rechazo de la asimilación e incluso de las antiguas ideas de integración”.
El libro hace un recuento crítico de las políticas indígenas de la Concertación que considera frustradas en muchos aspectos. Es necesario -postula- abrirse a fenómenos inéditos y no temer a la visualización audaz de la identidad nacional. “En todas partes surgen nuevas ideas de pertenencia, de identidad nacional, de nación. La cuestión nacional en el caso mapuche se ha empezado a construir poco a poco en los últimos años. Es un asunto nuevo. Es sin duda una creación como toda idea de nación”. “Las naciones se van construyendo de a poco. Se aceleran los procesos con los oprobios. De nada sirve ni servirá encolerizarse frente a ello. Se podrá decir que no existe tal proyecto de nación. Ahí estará, sin embargo, cada día más fuerte y presente la idea nacional gestándose. Los jóvenes mapuches de hoy han logrado, por una parte, vincularse a las viejas disputas de las comunidades que son parte integrante de esta historia del despojo. Al mismo tiempo, señalan un camino hacia nuevas formas de integración con la sociedad chilena. A eso se llama autonomía. Fue un tema que no surgió en las discusiones del 90 cuando se debatía la ley indígena. Quizás hoy día solamente un pequeño grupo tiene conciencia de ello. Irán creciendo. Sus ideas son las ideas del futuro”
HERNAN SOTO
 
 

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