Esta historia podría comenzar con un aviso clasificado que dijera: "Museo arqueológico busca casa. Importante colección; 6000 piezas; buenos textiles prehispánicos; piezas únicas de bronce y cerámica". El problema es que está todo: la colección, los expertos, el proyecto y las ganas. Pero falta la casa. La Nación (Buenos Aires), 15 de septiembre de 2003.
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En la Universidad del Salvador
Un museo arqueológico busca casa
- Cerámicas y textiles fueron recolectadas hace tres décadas
- Desde entonces quedaron olvidadas en un depósito
- Actualmente se las está clasificando
![]() María Dolores Tobías y Alberto Susco, en el laboratorio en donde se restauran piezas arqueológicas. Foto: Soledad Aznarez |
![]() Nasca: numerosas piezas de la colección provienen de Bolivia y de Perú, como la que muestra la foto. Foto: Soledad Aznarez Textil sin identificar: una particularidad de la colección es la presencia de varios fragmentos de telas precolombinas. Foto: Soledad Aznarez |
Es que, de alguna manera, algo así ocurre en el campus de la Universidad del Salvador, ubicado en Pilar. Allí, tesoros anteriores a la conquista están siendo inventariados y catalogados con la idea de que, en breve, el público del siglo XXI se encuentre con ellos, tras un sueño de siglos -milenios, en algunos casos- bajo tierra, y tres décadas en un olvidado depósito porteño.
El problema es que está todo: la colección, los expertos, el proyecto y las ganas. Pero falta la casa.
El singular legado cultural, el corazón del futuro museo, se fue gestando entre 1968 y 1978. Entonces, en la Universidad del Salvador funcionó el Instituto de Arqueología. Grandes nombres de la especialidad trabajaron allí y formaron parte de numerosas expediciones científicas para recolectar material.
El producto de aquellos trabajos, unas 6000 piezas arqueológicas provenientes, en su mayoría, del noroeste argentino, se almacenó en un depósito ubicado en el centro de Buenos Aires. Como ocurre con este tipo de patrimonio, los objetos no pertenecen a la Universidad del Salvador, sino al Estado nacional y la casa de estudios sólo está a cargo de su custodia.
Entonces apareció en escena el licenciado Alberto Susco, un investigador y docente de la universidad; un ex integrante del Instituto de Antropología que, asegura, deja un museo en cada empresa por la que pasa. A fines de 2001 preparó un megaproyecto para un museo de la Universidad del Salvador, del cual el arqueológico es apenas una parte. Unos meses después, su proyecto fue aprobado.
El plan maestro
Los planes incluyen la revalorización del patrimonio arquitectónico de la casa de estudios. También, que cada facultad tenga su museo (la universidad guarda, por ejemplo, el mobiliario y los instrumentos del doctor Enrique Finocchietto, además de cuadros y libros de los siglos XVII y XVIII), un área destinada a antiguos documentos de los jesuitas y, claro, el museo arqueológico.
Para este último, lo primero fue localizar las piezas y trasladarlas al campus de Pilar. Una vez allí, el siguiente paso fue contactar a María Dolores Tobías, una arqueóloga formada en Canadá e Inglaterra, que vive en Londres, para que se hiciera cargo del inventario.
Pero al llegar a Buenos Aires, Dolores advirtió que, antes que cualquier otra cosa, era imprescindible conservar la información relacionada con el contexto de las piezas. Dicho de otro modo: poco les sirve a los investigadores una vasija o un trozo de tela, si no se sabe con precisión de dónde fue extraído. Y dado que se trataba de piezas embaladas en cajas, era necesario tener mucho cuidado con la información -no siempre abundante- que acompañaba a cada una.
Por eso, con admirable paciencia, desde abril de 2002, Dolores Tobías registró cada objeto sin pasar por alto cualquier número, marca o anotación que lo acompañara. Y lo hizo metódicamente, caja por caja, una por una, "aunque a veces me muriera de intriga por saber qué tesoros guardaba la siguiente", confiesa.
Como era de esperarse, las sorpresas se fueron multiplicando con los días. Entre los objetos provenientes de culturas casi legendarias como las de aguada, tiahuanaco y diaguita, por ejemplo, nada llamó más la atención de Dolores que los textiles. "Es difícil ver textiles arqueológicos, porque no se conservan como la cerámica, por ejemplo", explica, mientras acomoda descoloridos fragmentos de tela hilados hace más de cinco siglos. Dentro de una caja la sorpresa es mayúscula: trenzas, que podrían ser de cabello humano, esperan turno para que, tras ser registradas en el inventario, se establezca de qué se trata. "Nada indica su procedencia, pero están numeradas, así que confío en que en algún lado estén archivados los registros", dice Dolores.
Las piezas ya inventariadas son guardadas en bolsas herméticas que, a la vez, van envueltas en pluribol -esa especie de nylon con pelotitas de aire, irresistibles de explotar con los dedos- y, finalmente, almacenadas en grandes cajas color bordó.
Allí se quedarán un tiempo más. Sólo un tiempo, porque entre quienes están dando vida al museo el optimismo es absoluto en cuanto a que se conseguirá la casa propia.
De todas maneras, de a poquito, el museo se va haciendo lugar. Ya se exponen algunas piezas en la cafetería del campus, en pasillos por donde circulan los alumnos y también en el auditorio. Por otro lado, se trabaja en la creación de una asociación de amigos para el museo y en la inminente inscripción del patrimonio en el Instituto Nacional de Antropología, como indica la ley.
Dentro del campus, además, hay un lago con una isla. Es allí donde Alberto Susco planea levantar la sede; la verdadera. Mientras, el esfuerzo está puesto en conseguir sponsors y aportes de fondos que hagan realidad el sueño. Entonces sí, los argentinos tendrán otro sitio donde maravillarse con la obra de sus antepasados.
Fernando Halperin
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