René Luschinger apenas conoció a su padre, un suizo alemán que se casó, tal como él, con una mujer de origen mapuche. Sin vínculos con los Luchsinger asentados en La Araucanía, su herencia europea es para él menos importante que la otra mitad de su linaje. Esa que lo tiene preocupado de los problemas de este pueblo originario.

"A hí viene el gringo", dice un vecino que está sentado en la ruca. Un hombre de jockey, entrado en kilos, de pelo y ojos café claros, se sienta y se seca el sudor de la frente. Antes de saludar, señala tímidamente a modo de explicación por la demora:

-Fuimos a buscar los chanchos que se habían ido a meter al fundo del lado.

"El gringo", "el alemán" y otros apodos alusivos a su apariencia extranjera, René Luschinger Martínez los recuerda de toda su vida. Es que en el ambiente en el que se mueve a diario, esos rasgos resaltan mucho más. Nació, creció, y dice que pretende quedarse hasta el final de sus días en la comunidad Antonio Hueche, enclavada a 20 kilómetros de Padre Las Casas, en La Araucanía.

Sabe que su apellido, tanto como su aspecto, llama la atención, y por eso se apura en aclarar:

-Soy un gringo pobre, nacido y criado aquí en la comunidad. Llevo más de 60 años viviendo aquí. Mi padre, Santiago, llegó desde Alemania, pero no tengo idea de qué parte venía. Mi papá llegó hasta acá, a la comunidad; se casó con mi mamá, que tenía abuela mapuche, y vivió unos años con mi mamá aquí. Después se separaron, y yo me crié con mis abuelos.

Poco importa el color de sus ojos o la tez blanca de su piel. Se siente mapuche, y siempre se ha sentido así. Así como nunca más tuvo contacto con su padre, tampoco se ha relacionado con otros portadores de su apellido.

Lo cierto es que su progenitor, Santiago Luchsinger Frinch, llegó a Chile a mediados del siglo pasado y obtuvo sus documentos como "Luschinger", y no como "Luchsinger", el apellido suizo original.

Un error que se repitió no pocas veces cuando se trató de inscribir otros apellidos suizos, apunta la presidenta de la Asociación de Descendientes Suizos -radicada en Traiguén-, Angelina Senn.

-Según nuestras investigaciones, no hay un apellido "Luschinger" original, y todo indica que es un error de escritura acá, como pasó con la familia Frei, apellido también de origen suizo que en realidad se escribe con Y.

Al "gringo" Luschinger poco y nada le importó. Nunca se ocupó de normalizar su apellido, "porque no es algo que tenga importancia, y mi papá lo tenía escrito así", sentencia.

Hombre de campo

"El alemán" siempre vivió en el campo. El camino de tierra que separa la comunidad de la carretera fue la ruta de una hora que cubría a pie cada día -casi siempre esquivando el barro- hasta la escuela Hermano Pascual, cuando Padre Las Casas ni siquiera era una comuna.

Allí estudiaron todos sus vecinos. Para la mayoría de ellos, también, fue la última vez que pisaron un aula, en una escuela que tiene hasta octavo básico.

Pasados los 20 años se casó con Irene Hueche, una de sus vecinas en la comunidad. Y tal como lo hicieran sus abuelos, se dedicó a criar chanchos, vacunos y a sembrar papas, intentando aprovechar su terreno de dos hectáreas al máximo, mientras ella criaba a los cinco hijos que fueron poblando la casa.

Una que, hasta 1995, ni siquiera contaba con agua potable y era la única construcción en el terreno, amén de algunas bodegas.

Fue ese año cuando Irene, con cuatro de sus hijos ya mayores de edad, decidió empezar a llevar turistas a su casa para darles charlas sobre la cultura mapuche, mostrarles la danza, invitarlos a algunos ceremoniales y cocinarles recetas típicas. Entonces, ni ella ni sus vecinos sabían que a eso se le llamaba etnoturismo. Tampoco imaginó que la iniciativa sería imitada en diversos puntos de la comarca.

René, que no se involucró en demasía en el proyecto, ayudó a su esposa a construir una ruca para recibir a los visitantes. Elisa Luschinger Hueche, hoy de 32 años y la menor de los cinco hijos, ayudó a su madre desde adolescente. Chilenos, estadounidenses, alemanes y suizos pasaron por la ruca. René navega en sus recuerdos, y sonríe:

-Sí, algunos de los europeos bromearon con mi apellido y me preguntaban que qué hacía aquí.

Irene se dedicó por completo a la ruca, hasta su muerte, hace dos años. Entonces la posta la tomó Elisa, y hoy es quien recibe a las visitas. "No nos gusta decir turistas", reconoce. Desde hace dos años no se practica danza ni se ofrece música mapuche en la quinta que está justo delante de la casa familiar, para respetar el aún vigente duelo, por el fallecimiento de la madre y esposa.

A diferencia de sus hermanos, que viven en Santiago por razones laborales, Elisa ha vivido siempre en el sector, y no tiene planes de emigrar. Comenta que jamás se ha sentido diferente por su apellido.

-Somos una familia más dentro de la comunidad, y nunca ha sido para nosotros un tema ser Luschinger.

Pese a ello, prefiere usar su apellido materno. Mientras prepara junto a sus vecinos un nguillatún -ceremonia de agradecimiento- que tendrá una rogativa y abundante comida, explica que "no es por desmerecer a mi padre, pero de su familia nunca más supimos, y a mí me gusta resaltar mis raíces mapuches".

Jamás ha tenido contacto con los Luchsinger de la zona, asentados principalmente en Traiguén y en Vilcún. Ni ella ni su padre conocen a Jorge Luchsinger Villiger, el agricultor que decidió vender el fundo Santa Margarita tras un sinnúmero de atentados en la propiedad, ni conocieron a Werner Luchsinger y Vivian MacKay, fallecidos en un ataque incendiario ocurrido en enero.

René se encoge de hombros y mira hacia otro lado. Elisa toma aire, y dice:

-Nadie debe morir de esa forma, pero si pasan las cosas de alguna manera es por algo. Uno debe dejárselo a guenechén (ser supremo religioso para los mapuches), y él juzgará. Yo no soy quién para juzgar.

Trazando planes

A sus 62 años, el padre dice que está preocupado porque la comunidad se ha ido reduciendo y que están teniendo problemas con el agua, porque en el fundo contiguo, Santa Catalina, el mismo donde fue a buscar sus animales, llevan años plantando eucaliptus que han secado los pozos. Hoy tienen agua potable sólo para uso doméstico, y no para regar o para dar a sus animales. Ante ese panorama, René cuenta que "como gran parte de los mapuches, aspiramos a recuperar parte de las tierras", siempre en forma pacífica.

Al día siguiente llegarán sus cuatro hermanos desde Santiago para participar en el nguillatún. "Ellos viven allá solo por el trabajo, pero mantienen contacto siempre, están preocupados de lo que pasa acá y nos vienen a ver", asegura Elisa.

Los planes a futuro la tienen entusiasmada. Pronto retomarán la música y danza étnica en los tour que realizan por la comunidad, aunque no sabe cuándo. Es una decisión que tomará con sus hermanos. Algo ya tienen acordado: hacer realidad el gran anhelo de su madre, que era construir una ruca dormitorio para albergar a "las visitas" y permitirles dormir ahí, en el corazón de la comunidad.

Sentado en la ruca, René saca unas sopaipillas del fuego. Afirma que ayudará a construir el sueño de su mujer, pero no hará de anfitrión. "Nooo, yo no me meto en eso de recibirlos", dice, con una sonrisa tímida.

-Yo soy agricultor, tengo mis animales y mis papas, y me conocen por eso. Usted, donde pregunte acá, soy el "gringo" Luchsinger.

Todos se ríen y brindan en la ruca. Es que lo toman como la palabra de un mapuche más.

PROYECTOLa familia construirá una ruca dormitorio para albergar a "las visitas" en el corazón de la comunidad.

"Soy un gringo pobre, nacido y criado aquí en la comunidad. Llevo más de 60 años viviendo aquí. Mi padre, Santiago, llegó desde Alemania, pero no tengo idea de qué parte venía"

NICOLÁS GUTIÉRREZ