Tiene más de 100 años y vive en el paraje Colipilli. Quiere que la lengua mapuche se enseñe en las escuelas. Hasta hace poco tejía en telar y dice que la tierra provee todas sus riquezas. Río Negro (Neuquén), 10 de agosto de 2002.
Río Negro (Neuquén), 10 de agosto de 2002.
Doña María brega por las costumbres mapuches
CHOS MALAL (ACHM)-Aferrada a sus costumbres y creencias, aspira a que los jóvenes aprendan la lengua mapuche y trabajen la tierra. Se trata de María Luisa Castillo de Hualmes, una mujer mapuche que vive en Colipilli, un paraje del norte neuquino ubicado en el departamento Ñorquín.
María Luisa es una anciana nacida en Huncal, sus hijos presumen que tiene más de 100 años. Ella misma sostiene que su padre la inscribió como nacida el 15 de septiembre de 1917, cuando ella tenía 20 años, dado que en aquel tiempo no había plazos para anotar a los hijos.
Vive al pie de un cerro, distante a 60 kilómetros de Chos Malal. Allí tiene una casa de material que le construyó la provincia, pero a pocos metros aún en pie se conservan los ranchos de adobe con techo de carrizo que la cobijaron durante años y de los que guarda gratos recuerdos.
Juan Hualmes, de 60 años, es el hijo que viven con ella y también sus nietos Desiderio, Roberto, Cándido, Silvana y Soledad Hualmes, éstas últimas dedicadas al tejido artesanal en telar donde confeccionan matras y ponchos.
Pero su familia la componen además sus hijos Abraham, Gervasio, Gabriel, Luis, Juan, Paula, Ester, Orfelina y Carmelina. Dos de sus hijos José María y Rosenda fallecieron.
María Luisa se levanta a las 8 y se acuesta a las 22. No conoce de siestas y a dedicado su vida a las "tejiduras" y a inculcar a su familia la importancia de no perder los raíces del pueblo mapuche y continuar con el trabajo de la tierra "que te devuelve frutos en abundancia".
Pero además hace especial referencia a enseñar la lengua mapuche. Su deseo es que en las escuelas de la provincia se implemente el mapuche porque forma parte de la cultura de los neuquinos.
Ya no trabaja en el telar, porque los problemas en la vista se lo impiden, pero "hasta hace poco tejía matrones, pellón y ponchos", herencia que ha transmitido a sus nietas Silvana y Soledad.
Su voz se quiebra al recordar a su padre Candelario Castillo a quien ayudaba en las tareas del campo y que le transmitió el amor por la familia y los antepasados mapuches. "No conocí a mi madre, dicen que se murió cuando era chiquita" sostiene con un dejo de nostalgia, y agrega "soy guachita".
"Cuando me acuerdo de mi padre lloro" y en mapuche recuerda sus enseñanzas ante al respeto silencioso de quienes la rodean.
Entre sus recuerdos de infancia y juventud se encuentra el uso con el que hiló lana, los yuyos con que se teñían los hilos, los piñones y la piedra lumbre".
"Había un ojido de agua púrpura que sale en verano con el que se teñía la lana de color amarillo, también se utiliza la piedra lumbre pero es escasa". Además se usaba el "yaqui" para teñir. Entre otras de las enseñanzas que se encargó de transmitir, está el jabón de lejía confeccionado con chicharrón.
Con el tiempo se casó con un campesino con quien compartió varios años, pero "lo perdí al igual que a mi madre".
"Si uno quiere saber lengua aprende, hay muchachos que enseñan en Colipilli" dice al referirse a José Luis Huayquillán y José Huani. Es excelente hacedora de quesos y charqui y le gusta la música folklórica.
Con respecto a la tierra menciona haber sido "cosechadora de trigo" utilizado después para realizar el ñaco y el mote.
"Es esencial que los jóvenes cultiven la tierra, es uno de los legados más importantes que tenemos y es la madre tierra la que te devuelve generosamente los frutos que compartimos en la mesa", asegura.
Seguirá aferrada a su tradición con la esperanza de que la tradición de los pueblos mapuches pueda transcender en el tiempo.
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