La discusión sobre si el sexo fuerte es el masculino o el femenino- tema recurrente que captura la atención de todas las generaciones- está próxima a concluir al menos en Chile. Para muestra basta una encuesta respecto de cuales son, a juicio nuestro, los ministerios más difíciles de dirigir en condiciones de normalidad política. De acuerdo a los tópicos que esos mismos chilenos han señalado como necesidades prioritarias, éstos serían las secretarías de Estado de Salud, de Educación y ''el que tenga que ver con los problemas de los aborígenes, los pobres y los discapacitados''. Es decir, el de Planificación y Cooperación. Diario El Sur, 31 de mayo de 2001


Opinion
jueves 31 de mayo de 2001
Tres mujeres

La discusión sobre si el sexo fuerte es el masculino o el femenino- tema recurrente que captura la atención de todas las generaciones- está próxima a concluir al menos en Chile. En algunos países asiáticos y musulmanes, en cambio, recién comienza y en ciertos casos alcanza niveles de tragedia.

En este extremo del mundo las cosas son diferentes. Para muestra basta una encuesta respecto de cuales son, a juicio nuestro, los ministerios más difíciles de dirigir en condiciones de normalidad política. De acuerdo a los tópicos que esos mismos chilenos han señalado como necesidades prioritarias, éstos serían las secretarías de Estado de Salud, de Educación y ''el que tenga que ver con los problemas de los aborígenes, los pobres y los discapacitados''. Es decir, el de Planificación y Cooperación.

Pues bien, estos tres ministerios, Salud, Educación y Planificación, además del de Relaciones Exteriores y del Servicio Nacional de la Mujer, están en manos de representantes del ''sexo débil'' y -a la luz de los hechos del diario vivir- las damas titulares están dando pruebas de mucha fortaleza interior, inteligencia y claridad de objetivos para resolver el alud de problemas derivados de la entidad principal y de los organismos dependientes. Apenas una mirada al organigrama de cada ministerio basta para preguntarse cómo dan abasto para controlar esa suerte de gran olla a presión donde se cocinan demandas de estudiantes, de aborígenes y los problemas endémicos de la salud, a la par con las emergencias nuevas de cada invierno. A manera de ejemplo, el Ministerio de Educación tiene otros 12 organismos dependientes y el de Planificación y Cooperación otros cinco. Cualquier problema de la Conadi, del Fosis, del Fonadis o del Instituto Nacional de la Juventud debe conocerlo la ministra Alejandra Krauss. A su vez, todos los líos, legítimos o ilegítimos que se originan con las protestas de los estudiantes secundarios y universitarios, llegan al escritorio de la ministra Aylwin, quien debe asegurarse que lo urgente -las protestas- no estén por sobre lo importante en educación.

Una tercera figura exponente del sexo débil en lo físico y del fuerte en lo profesional, es la ministra de Salud, Michelle Bachelet. De acuerdo con encuestas políticas, es la secretaria de Estado mejor evaluada por la opinión pública, y esto a pesar de no haberse producido un cambio sustancial en salud pública más allá de los anuncios presidenciales del último 21 de mayo. Pero hay un ''algo'' convincente, sincero, una demostración legítima y casi apasionada de querer hacer las cosas bien por encima de la lealtad que sienta hacia el Presidente de la República o de sus convicciones ideológicas.

Este comentario, con una buena dosis de homenaje, nace al pensar en lo complejo que es administrar la propia familia. A veces ni siquiera dos son, somos, capaces de hacerlo con eficiencia cuando hay enfermos en casa y cuando hay que entenderse con adolescentes que pasan con igual rapidez de la rebeldía al reclamo por sobre protección.

Agréguese a esto los conflictos familiares por sentimientos de inferioridad o superioridad de parientes problemáticos, reales o ficticios, que existen hasta en las mejores familias, para entender la mayúscula tarea de estas tres representantes del llamado ''sexo débil''.

Marina


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