En Chile estimamos justo y valioso que los descendientes de ingleses, alemanes, franceses, italianos, árabes, judíos, coreanos o de cualquier otra nacionalidad extranjera, exalten los singulares méritos de la cultura de sus ancestros y que se esfuercen por transmitir esta valorización a sus descendientes chilenos. Pero no tenemos la misma actitud positiva respecto de las culturas de nuestros aborígenes. Inconscientemente incurrimos en la tan desprestigiada práctica del "doble estándar". Profesamos admiración por una diversidad de culturas extranjeras y despreciamos, sin atenuantes, las culturas de nuestros supuestos compatriotas indígenas. Diario el Sur, 3 de Mayo de 1999
lunes 3 de mayo de 1999
Puntos de vista
Globalización y mapuchesNo tienen fin las desconcertantes novedades del acontecer contemporáneo. La globalización de las informaciones, ajena, por entero, a la intervención de poderes políticos, incide en el imprevisto renacer de los nacionalismos separatistas de pueblos sometidos, desde antiguo, a la soberanía de otros más poderosos.
Hace tres décadas estuve, accidentalmente, en una reunión en que concordaban ideas unos separatistas vascos, catalanes, bretones de Francia y flamencos de Bélgica. Era imposible no simpatizar con sus airadas quejas en contra del despotismo cultural y político de sus respectivos Estados. Callábamos nuestro escepticismo por la viabilidad práctica de sus pretensiones de autonomía política. Nos habríamos reído a carcajadas, en sus frondosas barbas, si hubiesen mencionado que existían vigorosos sentimientos populares de independencia nacional en Ucrania, Georgia, Moldavia, Armenia, Chechenia, Azerbaiján, Turkestán, Khazakistán, Eslovakia, Croacia, Eslovenia, Bosnia, etc. Habríamos considerado pueril un pronóstico de Parlamentos autónomos para Escocia y Gales. Un vaticinio de futuras "limpiezas étnicas", en los Balcanes y Africa, nos habría inducido a creer que aquellos separatistas eran prófugos de un manicomio.
Abundan los ensayos académicos y de columnistas de prensa que explican el difundido renacer de los nacionalismos locales, como resultado del fin de la polarización de la guerra fría. En aquella reciente época, el menor signo de germinación de ideas de autonomía o de independencia nacional de minorías étnicas, fue considerado como un punto vulnerable propio o del adversario. En el primer caso se le extinguía con prontitud. En el segundo, se procedía a instrumentalizarlo en perjuicio del enemigo. Después de la guerra fría no quedaban vestigios de los imperios europeos que habían sometido a su soberanía a muchos otros pueblos de los cuatro confines del planeta.
Sin refutar los argumentos anteriores, agreguemos una conjetura adicional. La globalización de las comunicaciones nos lleva a todos, en todas partes, a conocer, aceptar y aprender a apreciar los méritos de una diversidad de culturas que antes ignorábamos. Ahora nos interesa y necesitamos saber cómo son, qué piensan, sienten y hacen en su vida cotidiana los pueblos de Japón, China, Corea, Malasia, Indonesia, Irán, Turquía, etc., etc. Pues bien, esta apertura a la recepción de comunicaciones de una diversidad de culturas extranjeras no puede quedar vedada para las comunidades culturales internas de cada nación Estado. Y cuando estas minorías étnicas han vivido en condiciones de sometimiento no consentido, no puede evitarse que se sientan motivadas a exigir la misma calidad de respeto que se otorga a las realidades culturales extranjeras.
Algunas declaraciones a la prensa de jóvenes mapuches con estudios universitarios causan alarma, sobre todo cuando dicen que su aspiración final es constituir una nación mapuche. Los precedentes históricos, sin solución de continuidad, les permite sostener que no confían en que el Estado chileno pueda darles merecido respeto y dignidad. Colocándonos, en imaginación, en el interior del pensar y del sentir de estos jóvenes, que son lúcidos receptores del contexto mundial de medios de comunicación, debemos reconocer que tienen algún principio de razón.
En Chile estimamos justo y valioso que los descendientes de ingleses, alemanes, franceses, italianos, árabes, judíos, coreanos o de cualquier otra nacionalidad extranjera, exalten los singulares méritos de la cultura de sus ancestros y que se esfuercen por transmitir esta valorización a sus descendientes chilenos. Pero no tenemos la misma actitud positiva respecto de las culturas de nuestros aborígenes. Inconscientemente incurrimos en la tan desprestigiada práctica del "doble estándar". Profesamos admiración por una diversidad de culturas extranjeras y despreciamos, sin atenuantes, las culturas de nuestros supuestos compatriotas indígenas.
La globalización de las comunicaciones puede llegar a incubar castigos de extrema severidad en contra de nuestros dobles estándares en estas materias.
Los despotismos culturales no tienen aprobación internacional, cualquiera que sea la forma que asuman.
Carlos Neely I.
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