Respetuosamente, creo que se debe apuntar, si de educación se trata, a embarcarnos mapuches y no mapuches en el recíproco aprendizaje de las riquezas culturales del otro, sin perjuicio de dar paso a las reivindicaciones que sean posibles en tanto obturen injusticias flagrantes a derechos elementales y remedien peligrosas inequidades para con los mapuches. Diario el Sur, 17 de Julio de 1999 

 Proyecto de Documentación Ñuke Mapu

 Sábado 17 de Julio de 1999

Alcances a la cuestión mapuche

Reírse de un grupo étnico y/o cultural determinado constituye un síntoma de negación de la propia inteligencia, simplemente abominable. Y en seguida, porque pautear medidas olímpicas (desde el Olimpo más etnocéntrico) se convierte en una discriminación en marcha.

No hace demasiadas columnas, y en una específicamente -"La marginalidad desquiciadora"-, me referí al conflicto trabado con sectores de la etnia mapuche. Lamentablemente, los hechos ocurridos en los meses que mediaron entre ese artículo y éste que usted lee ahora, no hicieron sino confirmar el tenso clima emocional que, sin proponérselo, avizoraba el escrito señalado.

Pues bien, me gustaría que la textualidad en la que expongo tuviese su correlato en lo que trato de proponer: el cuidado y el rigor. Me refiero a que, cualquiera fuese mi punto de vista, se entendiera que él no es sino eso: un punto de vista, susceptible de ser confrontado. Pero que, aparte de tal cuidado, el mirar se hiciese con sujeción a una actitud racional y en cuanto sea posible desideologizada, y por cierto no partidista.

Partamos de las motivaciones. De la más socorrida: el incidente en un hotel de Temuco entre un personero gubernamental y dirigentes mapuches. Junto al llanto de un jugador de tenis agobiado por cuitas de amor, la noticia del asedio físico ejecutado por algunas mujeres al personero debe ser una de las más insistidas y explotadas visualmente: con habilidad -o sin ella- los reportajes televisivos comienzan su narración desde el momento mismo de la agresión, desconociendo qué la gatilló. Esta omisión realza la posible sorpresa del agredido o, como se ha dicho, lo artero del ataque, lo que se reiterará en el mensaje político cuando, incluso, se hablará de emboscada. La novedad morfológica de la golpiza -un coreográfico continuum de golpes de puño y cabeza, y una seguidilla de saltos- ha sido, no obstante, el tópico más explotado tanto en la sintaxis visual cuanto en las conversaciones que tienden, con intención o sin ella, a la adulteración de la conflictualidad por la vía del escarnio. Esta afirmación la confirma el escritor Enrique Lafourcade con su última página dominguera, en un diario santiaguino, titulada "Don Rodrigo y las mapuchas cabeceadoras".

Sin embargo, paradojalmente, este merecimiento -evidenciar la apreciación más vulgar (o sea del vulgo) que permanecía relegada a la grosería privada- deviene en demérito en tanto lo que se busca, sin remilgos, es hacer o tratar de hacer humor ridiculizando a unas y otro, en un palimsesto de ramplonería inquietante. Sostengo, de inmediato, que el escritor señalado tiene todo el derecho a efectuar su crónica como lo desee; ello no obsta, por supuesto, a que ella me parezca tremendamente oportunista, prejuiciosa, burda y, por qué no, racista. Los mapuches son, en la mirada del humorista, primordial y esencialmente alcohólicos, caracterización que permanecerá en sus conclusiones finales cuando, haciendo gala de un paternalismo indubitable, recomienda, entre otras medidas para salvar a los mapuches, una "educación para no emborracharse".

No. No puedo estar de acuerdo. Reírse de un grupo étnico y/o cultural determinado constituye un síntoma de negación de la propia inteligencia, simplemente abominable. Y en seguida, porque pautear medidas olímpicas (desde el Olimpo más etnocéntrico) se convierte en una discriminación en marcha. Respetuosamente, creo que se debe apuntar, si de educación se trata, a embarcarnos mapuches y no mapuches en el recíproco aprendizaje de las riquezas culturales del otro, sin perjuicio de dar paso a las reivindicaciones que sean posibles en tanto obturen injusticias flagrantes a derechos elementales y remedien peligrosas inequidades para con los mapuches.

A estos respectos, es ineludible el acercarnos a aquellas investigaciones emprendidas con seriedad sobre la realidad que conforma lo mapuche, para ir despejando el panorama de creencias antojadizas. Junto a los distinguidos trabajos de la academia norteamericana con Misha Titiev (1951) o de L.C. Faron (1961), finalmente se publica en nuestro medio una cuidada traducción de "Life on a Half Share" (London, 1976), del antropólogo vienés Milan Stuchlik (1932-1980), el que fuera profesor en la Cambridge University, Inglaterra, y en la Queen's University, en Belfast, Irlanda del Norte. "La vida en mediería" (Stgo. de Chile, 1999) es el fruto de investigaciones de campo llevadas a cabo en Coipuco, localidad cercana a Temuco, entre 1968 y 1970. Pese al paso del tiempo, el estudio remarca la austera propuesta del autor: definir la sociedad mapuche como estructura y como organización, situándose en un grupo humano y un tiempo acotados.

De este emprendimiento investigatorio me surgen, destacadas, algunas reflexiones que me apresuro en transmitir. Una, incuestionable, es que la sociedad mapuche responde a una concepción particular de mundo de la que participan sus integrantes y que no es la nuestra. Dos, que se trata de una sociedad transculturizada, esto es, que ha sido sometida a cambios, muchos de ellos forzados, que vulneran su identidad. Stuchlik, contra la opinión de Faron, sostiene que la creación de las reducciones impuestas por el mero sistema jurídico vulnera ilegítimamente tradiciones fundamentales mapuches. Y tres, en mi tesis, que a cambio de una cultura montada en la creación estética o científica, la mapuche ofrece una ética notable y agudamente perspicaz. En efecto, las vernáculas clasificaciones de las relaciones de amistad desplegadas en los conceptos de konchotun, sangin, misa y trafkin o las elaboradas formas de reclutamiento social como la herencia de tierras, la mediería, el mingaco, el kelluwn o la "vuelta de mano", revelan complejidad y matizaciones impensadas.

Sir Karl Popper visualizaba como libertarias a aquellas sociedades que permiten en su seno la emergencia de las diversidades, en el impronosticable proceso de los fenómenos naturales y culturales. En su magistral conferencia "Of clouds and clocks", de 1965, concluía: "Tenemos que ser indeterministas, por supuesto; pero también debemos tratar de entender cómo los hombres, y quizá también los animales, pueden estar "influidos" o "controlados" por cosas tales como metas, propósitos, reglas y acuerdos". Coincidamos con Popper: mapuches o no, estamos en un curso azaroso y no predictivo pero también, y sin saberlo cabalmente, mediatizados. No nos queda sino cooperar con rigor racional y un corazón sincero. Proceder de otra manera sería inmoral. Y muy luego, mortal para el anhelo de una vida mejorada para todos los chilenos.

Iojanán B. Pinto


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