Una flecha sureña partió de Castro y otra flecha nortina salió de Medellín (Colombia). Son grupos de jóvenes, indígenas y huincas, que están corriendo kilómetro a kilómetro las carreteras del continente para unirse en un gran abrazo el 21 de junio en Tiahuanaco (Bolivia). Tercera en Internet 10 de mayo de 1998
| Indígenas de
América del Sur se reencuentran en las Jornadas de Paz y Dignidad
Carrera para despertar a la tierra Una flecha sureña partió de Castro y otra flecha nortina salió de Medellín (Colombia). Son grupos de jóvenes, indígenas y huincas, que están corriendo kilómetro a kilómetro las carreteras del continente para unirse en un gran abrazo el 21 de junio en Tiahuanaco (Bolivia). Este miércoles, la flecha pasará por Santiago. Pero no hay cuidado: no está manchada de sangre. Viene impulsada con sudor, esfuerzo y una firme voluntad de dar a luz tiempos mejores.
Como el werkén mapuche o el chasqui de los incas, los corredores de las Jornadas de Paz y Dignidad cumplen la función de mensajeros. Por eso, los descendientes de huilliches y mapuches como también las cabezas rubias y trigueñas que partieron este 1 de mayo desde Castro llevan en sus manos bastones que simbolizan el conocimiento ancestral de una etnia, de una familia o de un anciano -nunca dicen "viejo", en señal de respeto por quien concentra una tradición de siglos-. Ese conocimiento no viene de los libros, emana de sistemas de vida más simples, pero capaces de convivir en armonía con la naturaleza, sirviéndose de ella, pero sin dañarla. Ese es el mensaje de estos jóvenes deseosos de mostrar en una carrera a pie por las carreteras de Sudamérica la fuerza y resistencia de los antiguos guerreros, pero no para pelear ni competir, sino que para unir al ser humano con la tierra y a personas con personas, cualquiera sea el color de su piel, edad, religión o convicciones políticas. Son un grupo de mujeres y de hombres de pelo largo, con traihues o fajas coloridas de tejido artesanal alrededor de la frente, a medias vestidos como deportistas amateurs y a medias como hippies de fines de siglo. Aparte de las poleras con el logotipo de las jornadas, poco les importa lo que llevan puesto y en qué estado está. Tampoco la comida es motivo de preocupación, comen lo que les ofrezcan y sólo al comienzo y al final de la carrera que se inicia con la salida del sol y que a veces termina mucho después que éste se oculta.
Cerca del solCuatro días después de partir desde Chiloé, suenan las pifüllkas (pitos de madera) en lo alto del cerro Ñielol, en Temuco. Eliseo Huencho, presidente del Centro de Desarrollo y Cultura Indígena "José Alcapán" y coordinador en Chile de las Jornadas de Paz y Dignidad, dice con voz fuerte para que todos lo escuchen:‹Si no hacemos algo para volver a hacer vibrar a la tierra, para despertarla con nuestros pies bajo el cemento y bajo las piedras, para decirle que somos sus hijos y que vamos a trabajar para restablecer el equilibrio que se ha roto, la tierra no podrá seguir resistiendo. El actual nivel de consumo la está llevando al agotamiento y va a llegar un momento en que no va a haber árbol que cortar ni fruto que comer. Con palabras parecidas, este grupo de número variable -se agranda y achica de camino en camino- explicó en los días anteriores el sentido de la carrera en las plazas de Puerto Montt, Osorno y Valdivia. Llegaron a Temuco el lunes pasado, en la noche, sudorosos y cansados, pero contentos de haber sumado otras tantas decenas de kilómetros a la bitácora del largo viaje. Y esta mañana del martes, cerca de 80 personas están reunidas en el centro de ceremonias del cerro Ñielol para participar en un nguillatún que dirigen el machi Augusto Ayllapán y la machi Herminda Nahuel. Ella, de 65 años, dejó su diaria labor de curar "con pastos" a los enfermos para ocuparse junto con los jóvenes de la sanidad de la tierra. También guía el acto el ngenpin -dueño de la palabra, otra autoridad espiritual mapuche- Armando Marileo, quien representa a 45 comunidades del lago Budi. El escenario no podía ser mejor. Se respira aire fresco y un sol tibio y suavizado por nubes dispersas ilumina una vegetación que muestra todo el esplendor del otoño. Mirando hacia donde se pone el sol -el ocaso de la vida, el mar, la entrada al misterio- hay cuatro estatuas gigantes de madera: la "familia original". Es decir, padre y madre ancianos -el Sol y la Tierra- y un hombre y una mujer jóvenes. "En conjunto, representan el gran espíritu de la vida, la energía masculina y femenina, la experiencia y la recreación", dice el peñi Eliseo. Las estatuas (chamamül) dan la espalda a la salida del sol recordando que el papel del ser humano es poner el equilibrio entre los opuestos. Al centro hay un rewe (o totem) adornado con ramas frescas de canelo. Es el altar ceremonial. Comienza el rito con un saludo a los vecinos del oriente, del norte, del poniente y del sur. A los espíritus que están en lo alto, a la gente de la tierra y a los antepasados, bajo nuestros pies. Todo se une aquí, frente al rewe, en busca del equilibrio perdido en la naturaleza "sin odios ni envidias, lejos de la competencia y del ansia por consumir". Es también el momento de unir a la propia familia, dicen, en la que los ancianos y los niños representan las puertas del pasado y del futuro, y los adultos son el ahora. Hay muchos estudiantes de los primeros medio del Liceo Técnico de Niñas y del Liceo Industrial de Temuco, acompañados por algunos profesores que comentan que el 40 y el 70 por ciento del alumnado, respectivamente, es de descendencia mapuche y que es bueno que no pierdan sus tradiciones. Los chicos, de 14 años como promedio, escuchan entre risueños y asombrados, pero con interés. Pocos entienden las oraciones en lengua mapudungun. Pero como el encuentro tiene una función didáctica, el peñi Armando Marileo traduce. El machi invita a girar en círculo, como una forma de expresar que cada uno es el centro del mundo, y luego todos hacen una gran circunferencia en torno al rewe partiendo desde el oriente, por donde sale el sol, uniendo todas las voluntades en una sola fuerza. Entonces viene el afafan, un grito de energía hacia los cuatro puntos cardinales que los estudiantes corean felices de poder descargar la que llevan dentro: ¡Ayayayaeeeee...! La alcaldesa de Padre Las Casas baila con entusiasmo junto a los machis. "Soy, con mucho orgullo, de una comuna donde el 80 por ciento de la población son campesinos mapuches, pero aunque no lo fuera estoy convencida que todos los huincas debemos aprender a conocer su mundo, que tiene tanta belleza y profundidad", dice mientras sigue el ritmo del kultrún con los pies.
El águila y el cóndorEstas jornadas son actos de unidad de los pueblos indígenas que se iniciaron en 1992, cuando se cumplieron 500 años del descubrimiento de América. Fue una manera de parar el llanto y los lamentos por lo perdido durante la colonización para empeñarse en rescatar lo que se salvó de la hecatombe. Fue también una respuesta a la profecía centroamericana que dice que un día el águila y el cóndor, que representan a los pueblos del norte y del sur, volverán a volar juntos.En esa oportunidad salieron dos flechas o columnas de corredores: una de Macchu Pichu, por el sur, y otra de Alaska, por el norte, las que se encontraron posteriormente en Teotihuacán, la ciudad de los mayas sobre la que se construyó la actual capital de México. En la segunda jornada, en 1996, se integraron los mapuches. La idea es repetir la experiencia cada cuatro años, cuando se cumplen los ciclos en los que se regenera la vida, según la tradición de todos los pueblos indígenas. Así, la próxima jornada se celebrará el año 2000. La que se está efectuando ahora es preparatoria de aquélla y sólo participa Sudamérica. El punto de reunión es Tihuanaco, donde están las ruinas de lo que fue el centro de la cultura Tahuantinsuyu, anterior a los incas, el próximo 21 de junio. Esa fecha es significativa para todas las etnias, porque entre el 20 y el 24 de junio reconocen el solsticio de invierno, que marca el comienzo de un nuevo año. Todo está lleno de símbolos en esta carrera y su máxima expresión son los 300 bastones reunidos desde la primera jornada. Los corredores partieron en Chile con la misión de llevar seis de esos bastones a Bolivia, pero en Castro se agregó otro de una comunidad huilliche y en Temuco la machi Herminda entregó uno más. El más importante de todos es el que representa el espíritu del cóndor, presente en todas las culturas andinas. Y el más curioso es un simple paraguas de plástico entregado por un anciano en Ecuador, que desentona un tanto entre los muy auténticos bastones de las etnias cherokee y dakota, de Norteamérica. Pero como todo tiene un significado -o hay que buscárselo-, los corredores se admiran de la sabiduría del anciano ecuatoriano que "con esto, tal vez, nos quiso decir que terminaremos convertidos en plástico si no hacemos nada por cambiar las cosas".
Correr con el cuerpo y el almaEn una reunión en el Hogar Indígena de la Universidad de la Frontera, Luis Legüe, coordinador de los mapuches, destaca que "a través de esta carrera, estamos dando pasos para encontrarnos con los hermanos". Y aunque ninguno de los albergados se decidió a correr al otro día -quizás porque la invitación fue de última hora-, es cierto que se producen todo tipo de encuentros.Ursula Fernández, una española rubia y de ojos azules que está trabajando en educación ambiental en la Universidad Austral de Valdivia, se incorporó a la carrera en esa ciudad y corrió diez kilómetros en el trayecto hasta Temuco. Se quedó al nguillatún y después regresó a Valdivia en bus. "Siento que estamos corriendo por la dignidad de todo el mundo; es verdad que hemos roto el equilibrio con la naturaleza y debemos restablecerlo", dice. Se enteró de las jornadas por los afiches que imprimió el Ministerio de Educación -que auspicia este evento- y se integró sin darle más vueltas, "con el corazón". Algo parecido le sucedió al ecuatoriano Germán Chávez, un estudiante de música de 21 años que viajó de Quito a Castro para apoyar la carrera hasta Bolivia. Sonriendo, con ojos serenos, argumenta: "Más importante que tener o no ancestros étnicos es que nací en esta tierra y que, como tú y todos, somos hijos de ella y, por lo tanto, hermanos". Desde Castro hasta Chacao, al grupo inicial de diez corredores se unieron 24 estudiantes. Y fueron 30 los que se sumaron el miércoles en la mañana desde el Ñielol hasta la salida de Temuco. Diez de ellos continuaron corriendo hasta Lautaro. De ahí siguió el grupo "duro", que hizo en tres horas los 65 kilómetros hasta la plaza de Curacautín, donde fueron recibidos por el alcalde. Cubrieron ese tramo con el sistema "del ciempiés". Dos camionetas distribuyeron a los corredores cada diez kilómetros -uno de ellos corrió 15-, los que antes de partir diseñaron una flecha en la berma usando piedras o ramas secas para que el que venía atrás supiera que ahí terminaba su recorrido. Con esa modalidad corren simultáneamente las distancias entre ciudad y ciudad. Sólo toman agua, porque el sudor corre a chorros y la boca es lo primero que se reseca. Algunos terminan con sus rostros congestionados y la mayoría, con los músculos de las piernas agarrotados. Pero casi todos llevan pomadas mentoladas y siempre hay alguien que "se pone" para comprar una venda que ayude a afirmar una rodilla adolorida. A las cinco de la tarde de ese día, comenzaba a llover cuando el grupo inició la ruta de 85 kilómetros hasta Lonquimay. La jornada, con lluvia, frío y el cansancio acumulado se anunciaba más dura que lo habitual. Pero allá los esperaban los peñis pehuenches. Al día siguiente cruzarían la cordillera para unirse al otro lado de la frontera con los mapuches argentinos, en Zapala. La columna seguirá hacia el norte y se encontrará el 15 de mayo, en Mendoza, con otro grupo que partirá este miércoles del cerro Huelén -Santa Lucía- de Santiago. Ahí se incorporará un grupo aymara. Y del norte argentino, a territorio boliviano para clavar esta flecha de paz en Tihuanaco. Pewcayal (hasta pronto). Y buena suerte, peñis.
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