dos quedaron los contratos a largo plazo ofrecidos por la compañía a cambio de abandonar la zona de inundación. Los ofrecimientos de asesorías, capacitación y ayuda económica, sólo son un recuerdo. Lo único rescatable del abuso del lago son unas pocas ollas y teteras que testimonian el cumplimiento de lo ofrecido. Punto Final 24 de abril de 1998
Proyecto de
Documentación Ñuke Mapu
Punto Final, 24 de abril de 1998 RALCO Un lugar vacío en la montaña Es la impresión del viajero al pasar por quebradas, valles y montañas de alta vegetación que pisa el camino rocoso y disparejo que sale del poblado de Alto Bío Bío o Ralco y se adentra en la cordillera, bordeando el Río Madre, hoy convertido en inmenso lago artificial en honor a la moderna represa Pangue, estirándose hacia sus recónditos orígenes cordilleranos, ubicados a 100 o más kilómetros hacia el sur-este en la zona de Lonquimay. Lugar vacío de polución, de egoísmos y de pobreza del espíritu, lugar repleto de belleza y de riqueza verdadera. Alto Bío Bío, Pangue, Ralco, son los nombres escuchados en relación con la polémica del abuso o de la conservación de la naturaleza. Pero es necesario decir más de la naturaleza y las personas ofendidas. Es necesario saber que estamos hablando de la comuna de Santa Bárbara en la zona de Los Angeles; es necesario saber que el Bío Bío baja desde las montañas nevadas, recibiendo el aporte generoso de otros afluentes y que en su paso nos descubre milenarias bellezas naturales y miserias modernas. Es necesario palpar la geografía humana y física que se observa desde el valle, comenzando en el pueblo de Santa Bárbara hasta Alto Bío Bío, pasando por el puente Piulo, por Lo Nieves, por el parador de doña Pola, bajo el imponente macizo de la Chepa, por el fundo de casas y bellos campos hechos para la foto, de propiedad de un conocido ricachón, por la imponente capilla de maderas nativas que sin humildad se levanta poderosa a la vera del camino, para finalmente llegar a la escuela de Kallaki, al pueblo de Ralco y a la represa Pangue contigua a este último. Siguiendo hacia la cordillera vemos las instalaciones de la generadora Pangue, el impresionante muro que corta el cauce y el inicio del lago artificial junto a la desembocadura del río Pangue, donante natural del Río Madre. Más allá las casitas de plástico del resort ofrecido como parte de las ventajas por detener el río y después las precarias instalaciones de las termas del Avellano, hoy convertidas en campamento de la constructora que abre el nuevo camino a Ralco. Más allá del río Malla que serpentea desde lo alto y salta alegremente al cauce del Río Madre, dando vida a una estruendosa y brillante cascada, y de pronto al levantar la vista a lo alto, la increíble presencia del perfil rocoso, blanco y dominante del volcán Kallaki. El camino continúa posteriormente con la cerrada curva del camino que sube hacia el caserío y la escuela particular de la zona de Kepuca Ralco, para después continuar hacia la altura de Palmucho, futuro hogar de la nueva represa Ralco, modernidad concertada mediante, y posteriormente la bajada constante que pasando por campos pehuenches destinados a desaparecer bajo las aguas del nuevo lago, sigue bordeando el Bío Bío llevándonos primero hasta el alto de Lepoy, mágico lugar de guillatunes en donde se juntan el Bío Bío y el Lolco, escuela hogar y su gimnasio techado que desentona con lo discreto del paisaje arquitectónico de la zona. Después, dos elecciones: una hacia la avanzada de Guallalí o hacia la hacienda El Barco, lugares altos y fríos, típicamente cordilleranos, en donde la soledad predomina. Sólo persiste un dato geográfico más para fijar nuestra historia y es la presencia a lo lejos, por el camino a Guallali, del caserío de Troyo y su asociada historia a la masacre campesina de Ranquil. La otra cara es la humana que para el cronista se inicia más abajo, en el pueblito de Bío Bío y al interior de la reducción Kallaki y quizás más abajo todavía, en el molino de Santa Bárbara, con sus temblorosos muros, en donde Mario G. se detiene a comprar un quintal de harina y una "laucha" para sus conocidos de Ralco, o quizás todavía más abajo, en el mercado de Chillán, en donde quien escribe estas líneas cumple el mandado de comprar algunos kilos de la jugosa longaniza de la zona, otro regalo para los amigos de Pangue. Esta y otras muchas visitas a la zona nos permiten saber de sus habitantes pehuenches y del efecto de lo moderno sobre su vida y sus costumbres. Otros espectadores privilegiados de este brutal cambio de su vida centenaria, son el otrora sinuoso río Bío Bío (hoy domesticado por la exageración desarrollista), el majestuoso Kallaki de nieves eternas y la venida a menos vegetación nativa, que retrocede inexorablemente hacia las profundidades cordilleranas en un acto reflejo de supervivencia. La familia pehuenche se extiende a lo largo del Río Madre, agrupada en diversas comunidades dedicadas a mínimas actividades de pastoreo, agricultura y explotación del bosque y los avellanos. Por ejemplo, los pehuenches de Kallaki viven en un área cerrada de no más de 200 hectáreas de monte y planicie arrasada, en donde casi sólo subsisten avellanos que con nobleza entregan sus oscuros frutos, convirtiéndose, junto con algunos corderos y unas pocas vacas, en la base del sustento de la raza. Su hogar físico lo constituyen chozas de madera y latas y algunas maravillas del subsidio rural (40 metros cuadrados). Su hogar filial y su orgullo lo constituyen primero su mujer y sus niños y después sus hermanos de raza y de sufrimiento. Su trabajo es sólo ocasional y se reduce a la recolección de avellanas de temporada y a la producción de astillas de los escasos árboles de la reducción. En el recuerdos quedaron los contratos a largo plazo ofrecidos por la compañía a cambio de abandonar la zona de inundación. Los ofrecimientos de asesorías, capacitación y ayuda económica, sólo son un recuerdo. Lo único rescatable del abuso del lago son unas pocas ollas y teteras que testimonian el cumplimiento de lo ofrecido. Es fácil para el huinca equivocarse, Ralco no es Chile. Como transcurre la vida del pehuenche es cosa poco conocida y extraña para el resto de los ciegos "compatriotas", empeñados sólo en su progreso personal. La realidad nos araña, mostrándonos al pehuenche que trabaja en su tierra y visita asiduamente el clandestino de turno, para beber hasta más no poder, o hasta caer bajo una manta de puñetes resultante de su bravía personalidad de mocetón indomable. La indiferencia alcanza un punto alto un miércoles de marzo en que la constructora, adelantada de la invasión desarrollista, paga los jornales a los pehuenches que ha contratado como parte del oscuro pacto. El resultado es una "tomatera" generalizada que transcurre ante la indiferencia de la policía venida desde Guallali y la mirada interesada de los comerciantes que venden el trago y que posiblemente terminará en una gresca provocada quizá por qué razones ancestrales o de locura momentánea producto del alcohol. Pero lo cierto es que al mediodía la calle única de Ralco Lepoy se presenta repleta de pehuenches bebiendo o ya borrachos perdidos, durmiendo en el suelo, de comerciantes de Santa Bárbara que ofrecen lechugas, papas o vino, de mujeres de la raza que ofrecen ropajes caseros o conversan animadamente entre ellas. Han venido de los alrededores, de cerca y de lejos, a pie o a caballo, para asistir al día de pago. Debiera ser suficiente con los decenios de despojo, de indiferencia y de utilización, pero al parecer el pehuenche tendrá que esperar todavía más por su libertad o hasta que la civilización lo aplaste. Lo anterior es también válido para el lugar vacío, el que probablemente a corto plazo se repletará de desarrollo y modernidad. Esta historia quiere alcanzar a todos, hablando de la naturaleza y de las gentes de Ralco, para que otros que viven en este mismo país sospechen estas presencias ALFREDO CASTILLO



