La "depresión social" que ha acompañado al pueblo mapuche desde que fuera derrotado militarmente no es condición inherente a su cultura ni expresión valórica propia de sus tradiciones. Es consecuencia de un proceso que lleva más de cien años y que siempre se ha hecho en nombre del progreso y del bien común de la mayoría. Diario el Sur 29 de Septiembre de 1998

 Proyecto de Documentación Ñuke Mapu
 

 
29 de Septiembre de 1998


 Opinión

Opinión parlamentaria:
Alejandro Navarro Brain, Diputado PS
A propósito de la moda indigenista
 

La situación de pobreza, marginalidad y exclusión en que se encuentra el pueblo mapuche es producto de causas que se remontan a la ocupación militar de la Araucanía por parte del Ejército chileno en la mal llamada "Campaña de Pacificación", como si dicho acto no hubiese estado impregnado de cruentos enfrentamientos en los cuales se batió el mocetón mapuche contra el soldado chileno, la lanza contra el fusil, el resistente de 300 años contra el imbatible de El Morro, de Chorrillos y Miraflores. Este "prolegómeno de las armas" fue el paso fundamental para la definitiva colonización e integración económica al desarrollo nacional de una vasta zona rica en recursos y gran potencial agrícola, ganadero y forestal. La Guerra de Aracuco se resolvió a favor de las armas chilenas gracias a una aplastante superioridad, la cual fue lograda producto de la victoria en la Guerra del Pacífico. Lo que vino después es también parte de nuestra historia oculta.

A la ocupación, proceso que tarde o temprano sería un hecho, siguió la colonización en donde primó la idea de asimilar rápidamente al pueblo mapuche con el claro objeto de destruirlo culturalmente. Junto a esta pacificación-ocupación, se implementó una política de radicación y reducción, y a ésta siguió un nefasto proceso de usurpación y pauperización que tuvo su más negro exponente en las primeras tres décadas de este siglo. De las tierras que originalmente fueron destinadas para la radicación del pueblo mapuche en alrededor de 3.000 comunidades, se estima que al menos una cuarta parte de esos territorios fue usurpada mediante el uso de todo tipo de recursos, siendo el más habitual el simple lanzamiento y en donde la violencia nunca estuvo ausente. La matanza de Forrahue en 1918, cerca de Osorno, es uno de los tantos penosos episodios de un proceso que disgregó al pueblo mapuche en miles de comunidades limitadas de espacio, arrinconadas y condenadas a una economía de subsistencia.

Habiendo sido la sociedad mapuche abierta a los cambios, influencias y costumbres, factor clave para entender su larga lucha contra el español y después contra los chilenos, con la derrota militar y el proceso de radicación los mapuches se replegaron a sus reservaciones, único espacio en donde fueron capaces de mantener su identidad cultural y resistencia al "huinca ladrón".

La "depresión social" que ha acompañado al pueblo mapuche desde que fuera derrotado militarmente no es condición inherente a su cultura ni expresión valórica propia de sus tradiciones. Es consecuencia de un proceso que lleva más de cien años y que siempre se ha hecho en nombre del progreso y del bien común de la mayoría. La experiencia histórica y la tradición oral de este pueblo le han enseñado que el progreso no ha tenido escrúpulos al momento de pasar a llevar sus derechos, no sólo cuando fue amo y señor de la vasta Región de la Araucanía, sino también cuando asumió su plena condición de ciudadanos chilenos.

Hoy no es fácil presentar a las comunidades mapuches el proyecto Ralco, el "by pass" de Truf Truf, el ducto de Mehuín u otro proyecto en beneficio de la mayoría, sin esta carga histórica de que se trata de una nueva forma de usurpación. Hablar del orgullo por la resistencia indómita de los mapuches o de ese vasto proceso de mestizaje del cual seríamos herederos, es ocultar que el indómito araucano fue rápidamente motejado de borracho, ladrón y flojo desde que comenzó el proceso de adelantamiento de la frontera, allá por los inicios de la segunda mitad del siglo pasado. Esa imagen nos ha sido transmitida por generaciones, creando un muro que nos separa de quienes han sido ejemplo admirable de perseverancia, valor y respeto a su cultura.

La caída de los muros no sólo terminó con el reduccionismo de la "contradicción principal". Por sobre todo, nos mostró la enormidad de contradicciones que cruza a toda sociedad y especialmente nos ha mostrado la riqueza de expresiones de nuestros pueblos latinoamericanos, las cuales no pueden ser comprendidas desde el simplismo de una posición sobreideologizada. Los únicos "santones" hoy son aquellos que hacen del mercado su dios y reducen las contradicciones a una oposición contra el progreso y el bien común.

En nombre del progreso la propuesta de integración social del Estado chileno para sus "distintas etnias" desde un principio fue entendido como un proceso que inevitablemente extinguirá dichas culturas y que en el peor de los casos significó la aniquilación, como ocurrió en la Patagonia. Pero el pueblo mapuche fue capaz de sobrevivir, de adaptarse y sobreponerse a un cambio radical en su forma de vida que lo llevó de ser un pueblo "ganadero-guerrero" a transformarse en un pueblo de "campesinos pobres". Hoy no es posible separar esta historia de la actual problemática por la que atraviesa nuestra relación con este pueblo, que es parte de nuestra misma historia.
 

 
 
 
 


©1998 todos los derechos reservados para Diario del Sur S.A.


 

Enlace al artículo original.