La furia iconoclasta que tanto daño le ha hecho al país a través de su historia busca venganza entre los muertos. Pocas son las figuras del pasado que no se han visto envueltas en el denuesto generalmente motivado por opiniones banderizas que intentan dirimir cuestiones del presente en el indefenso terreno del ayer. Ahora es el turno del general Julio Argentino Roca, a quien se aplica el calificativo de genocida por su acción al frente de las tropas que sellaron con su sacrificio la conquista de la Patagonia y aseguraron, así, para la Nación un vasto territorio sobre el cual pesaba la amenaza de apropiación por parte de un país vecino. La Nación (Buenos Aires), 13 de junio de 2004.
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Respetemos nuestra historia
La furia iconoclasta que tanto daño le ha hecho al país a través de su historia busca venganza entre los muertos.
Pocas son las figuras del pasado que no se han visto envueltas en el denuesto generalmente motivado por opiniones banderizas que intentan dirimir cuestiones del presente en el indefenso terreno del ayer. Ahora es el turno del general Julio Argentino Roca, a quien se aplica el calificativo de genocida por su acción al frente de las tropas que sellaron con su sacrificio la conquista de la Patagonia y aseguraron, así, para la Nación un vasto territorio sobre el cual pesaba la amenaza de apropiación por parte de un país vecino.
Como en otras ocasiones, la expresión ligera de juicios negativos se ve acompañada por la acción furiosa contra el monumento del ciudadano que rigió en dos ocasiones los destinos del país y fue uno de los artífices de su sostenido desarrollo. En efecto, la base de su figura ecuestre sufre los ataques de quienes parecen contar con absoluta impunidad para concretarlos. En este caso no se trata de inscripciones con aerosol que podrían sugerir cierto impulso circunstancial, sino de leyendas preelaboradas e impresas sobre el mármol, lo que habla de una acción orquestada a sabiendas de que nadie procurará ponerle freno. No es de extrañar, cuando en las manifestaciones de la Plaza de Mayo se deja descascarar a golpes la Pirámide, ensuciar el Cabildo o escribir leyendas soeces en los históricos muros de la Catedral.
Pero si en los casos mencionados, al menos de tanto en tanto las autoridades respectivas disponen una limpieza que dura poco, en lo que se refiere a la estatua de Roca, ubicada a pocos pasos de la sede del Gobierno de la Ciudad, las leyendas injuriosas permanecen desde hace tiempo, como sugiriendo a los autores intelectuales o materiales del atentado, que se comparten los juicios acerca de este protagonista fundamental de nuestra historia.
El "problema del indio", así denominado por los que lo sufrieron en carne propia, era antiguo y grave cuando Roca encabezó las acciones tendientes a consolidar la ocupación de tan inmenso territorio, a tal punto que el entonces ministro de Guerra y Marina -y enseguida presidente de la Nación- no hizo sino poner en ejecución leyes dictadas por el Congreso argentino, que distaban de buscar la destrucción de los aborígenes, sino que pretendían su paulatina asimilación a la nueva realidad de desarrollo institucional y material que vivía la República.
Como suele ocurrir, los que adoptan consignas maniqueas simplistas, como la del supuesto genocidio, omiten considerar -y mucho menos decir- que durante muchas décadas los malones indios eran una horrenda realidad que abarcaba buena parte de la República, y que lanzarse a recorrer los anfractuosos caminos del país constituía una riesgosa aventura que podía terminar con una familia desecha por la muerte y el cautiverio.
No hay más que leer los múltiples testimonios escritos por contemporáneos a los que les tocó intentar la defensa de sus hogares y bienes, por lo general sin éxito; los tremendos relatos de quienes formaban parte del botín de las incursiones, con sus pies desollados para que no pudiesen huir, y las declaraciones de las mujeres que lograban ser rescatadas; o repasar los artículos de la prensa, cualquiera fuese su orientación política, para comprobar hasta qué modo gravitaba esa violenta realidad que no pudo ser modificada con los acuerdos ni las dádivas de ropas, prendas de plata, aguardiente y títulos militares que los indios ostentaban en sus precarias viviendas del desierto.
Esa fue la realidad que vivieron los argentinos del siglo XIX y que originó todo tipo de acciones para modificarla, desde la presencia avanzada y heroica de misioneros, la creación de reducciones, el establecimiento de fortines y las expediciones punitivas poco afortunadas -salvo excepciones- hasta la célebre "zanja de Alsina", que pretendió establecer una barrera a los malones. Sólo la ocupación del "desierto", que no era un espacio ajeno sino propio, y que la sociedad reclamaba como factor de seguridad y progreso, puso fin a aquel interminable drama. El llamado genocidio distó de ser tal, y si a lo largo de todas esas acciones hubo muertes, fueron el resultado de una pelea en la que no se daba ni pedía cuartel, y no de ejecuciones masivas e indiscriminadas.
Es una pena que con todo lo que queda
por construir y afianzar, se insista en demoler -en una sociedad que lamentablemente
ya no estudia historia en las escuelas- los bien ganados títulos
y monumentos de los prohombres como Roca.
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