En uno de los laboratorios del Museo de Arqueología de Alta Montaña, próximo a ser inaugurado en Mitre 77, comenzaron a acondicionar para su exhibición las ofrendas que permanecieron congeladas durante 500 años y acompañaron a los "Niños del Llullaillaco" en su prometido viaje al encuentro con sus dioses. El Tribuno (Salta), 26 de septiembre de 2004.

 
En pocas semanas abrirá sus puertas el Museo de Arqueología de Alta Montaña
Salta, 25 de septiembre de 2004.

Preparan la exhibición del fabuloso ajuar de los NIÑOS DEL LLULLAILLACO

El nuevo museo, en una primera etapa, mostrará cien piezas únicas por su estado de conservación. Esperan desde EE.UU. las especificaciones técnicas para licitar las cámaras de frío de los pequeños incas.



El equipo técnico trabaja sobre las piezas que conforman el ajuar.
En uno de los laboratorios del Museo de Arqueología de Alta Montaña, próximo a ser inaugurado en Mitre 77, comenzaron a acondicionar para su exhibición las ofrendas que permanecieron congeladas durante 500 años y acompañaron a los "Niños del Llullaillaco" en su prometido viaje al encuentro con sus dioses.

Todo comenzó hace cinco siglos a nueve metros de la cumbre más alta de la provincia, de 6.739 metros de altura, donde los hielos eternos del volcán Llullaillaco cuidaron con tanto celo a los pequeños emisarios incas, que hoy, varias centurias después, los tres niños -dos nenas y un varón- parecen prestos a despertar en cualquier momento ante los enternecidos ojos del mundo.

También su ajuar, compuesto por estatuillas concebidas en oro y plata, conchas marinas y exóticas plumas provenientes de todos los confines del antiguo "Tawantisuyu" (imperio incaico); las finas cerámicas, los impecables tejidos de las mantas, los ponchos y el sagrado "uncu" ceremonial, llegaron hasta nuestros días extraordinariamente preservados por congelamiento natural.

Por eso, el equipo de conservadores salteños que trabaja bajo la coordinación de Miguel Xamena, y el apoyo de reconocidos científicos del país y el exterior, como Vuka Roussakis, del Museo de Historia Natural de Nueva York, prácticamente no tiene respiro en la lenta y delicada tarea de descongelar las cien piezas del ajuar, que deja sin palabras a quienes lo admiran.

"Conmovedor". Este seguramente es el término que mejor expresa lo que se siente al ver todo lo que rodea a los "Niños del Llullaillaco", desde la tierna imagen de sus rostros hasta las diminutas estatuillas, que fueron ataviadas de la misma manera que los chicos a los que acompañaron en su secreto sueño.

Desde que los pequeños incas y su ajuar fueron encontrados en el volcán Llullaillaco, en marzo de 1999, pasaron más de cinco años. Durante todo este tiempo, los tres cuerpos y las ofrendas permanecieron congelados a temperaturas de entre 12 y 14 grados bajo cero y con valores de humedad de entre el 48 y el 60 por ciento.

Por ahora, el ajuar

Las piezas que comenzarán a mostrarse dentro de pocas semanas están siendo acondicionadas a temperaturas que oscilan entre 16 y 19 grados centígrados y a valores de humedad de entre el 45 y el 50%.

Estos valores se consideran óptimos para la conservación de las antiguas piezas y son los que mantendrá el sistema de climatización en todo el Museo de Alta Montaña, salvo dentro de las cámaras preservadoras de los Niños del Llullaillaco, que deberán responder a especificaciones científico-técnicas que aún se esperan desde los Estados Unidos.

Por esta razón, el Museo abrirá en una primera instancia sólo con 100 de las 148 piezas del fantástico ajuar que guarda los secretos de un importante ritual incaico. "El Museo de Arqueología de Alta Montaña guardará un patrimonio de incalculable trascendencia, y no sólo pretendemos un respetuoso acercamiento a las vivas raíces culturales de nuestra región, sino la más cuidadosa conservación preventiva de los Niños del Llullaillaco y su ajuar", remarcó la secretaria de Cultura, Eleonora Rabinowicz de Ferrer.

Con la misma preocupación, en los laboratorios de Mitre 77 los técnicos conservadores Pedro Santillán (Museo Antropológico), María Gabriela Doña (Museo Provincial de Bellas Artes) y María Campero Larrán (Museo Histórico del Norte) avanzan en el lento acondicionamiento del ajuar. El proceso de descongelamiento de cada pieza demanda en promedio 8 días, y a cada hora se monitorean las condiciones de humedad y temperatura en un ambiente de asepsia tal que parece más un quirófano que un museo.

Ellos no lo dicen, pero dentro de los laboratorios se respira orgullo por los excelentes resultados que dejan ver los diagnósticos y los reportes sobre la condición de este tesoro de inapreciable valor histórico, cultural y científico.

"Los niños y el ajuar están en perfectas condiciones", aseguró Santillán, el técnico en conservación que desde hace más de cinco años tiene su vida enteramente atada al cuidado de los "Niños del Llullaillaco".

Antonio Oieni de El Tribuno
 
 

Un patrimonio único en el mundo

Desde marzo de 1999, fecha en que llegaron a Salta los "Niños del Llullaillaco" y su ajuar, la Provincia no escatimó esfuerzos para asegurar tanto su guarda como su preservación.

Para ello, en un primer momento y mediante un convenio, se montó un laboratorio en predios de la Universidad Católica hasta tanto la Provincia construyera y equipara un espacio con la infraestructura necesaria y óptima, para la protección y preservación de este patrimonio único en el mundo.

Posteriormente, se construyó el Museo de Arqueología de Alta Montaña, el cual cuenta con los laboratorios donde se trasladaron tanto los Niños como el ajuar. Dadas las diferentes metodologías que requiere su conservación, se hizo indispensable contar con dos tipos de laboratorios: uno, donde se conservan los Niños y otro donde se tratan debidamente los bienes que componen el ajuar (plumas, oro, plata, tejidos, cueros, conchas marinas, madera y otros).

El Estado Provincial, por imperio de su propia legislación -Ley Nº 6649/91- y por Ley Nacional Nº 25.743, tiene la inalienable obligación de preservarlos. Obligación sustentada a nivel mundial por todos los países que firman las Cartas de la UNESCO en lo referente a protección y conservación del Patrimonio Cultural.

Pero, más allá de estas condicionantes legales ya sean provinciales, nacionales o internacionales, la Provincia tiene la obligación moral de asegurar la preservación de estos bienes para la posteridad. No se trata de "objetos arqueológicos", ni de fríos "restos humanos".

Estamos ante tres niños que representan y simbolizan aquella América virgen, truncada por la conquista. Tres niños que tuvieron la utópica posibilidad de estar frente a sus dioses. Tres inocentes que vencieron al tiempo, quizás, para traer un mensaje a la América actual.

Por ello, creo que nadie tiene el derecho de privar a nuestros hijos y a la posteridad, la posibilidad de conocer, admirar, o venerar este legado de los dioses americanos. De nosotros depende el sentido de su terrible sacrificio y su trascendencia.

Hay quienes los llaman "momias"; otros: "cuerpos congelados". Hay quienes sólo quiere verlos por curiosidad, otros, respetuosamente los quieren conocer. Están además, aquellos que desean venerarlos debidamente, como hay también quienes no quieren ni verlos. Es lógico, todo depende de la cultura que nos sustente y sabemos que no hay nada tan relativo como las pautas culturales.

Yo prefiero llamarlos los "Niños del Llullaillaco", porque, hasta el simple hecho de ponerles un nombre, incongruente y ajeno a su realidad histórica, me parece una total falta de respeto, hacia ellos y hacia una cultura milenaria y americana con la cual hoy nos podemos ver, gracias a nuestros dioses, cara a cara.
 

por Miguel Xamena
iembro del Comité Técnico de Preservación y coordinador del equipo que trabaja con el ajuar.

 

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