Faltaba un año para que se conmemorara el 25° aniversario de la llamada Campaña del Desierto en coincidencia con el último año del segundo mandato presidencial de Julio A. Roca y el general comenzaba a preparar la despedida con alusiones a lo que consideraba su más grande epopeya. En esta otra ocasión, Roca y su "ministro de la Guerra" decidieron premiar a quien uniera la Confluencia con la casa de gobierno porteña en menos tiempo y con una sola cabalgadura. Cuando estos militares llegaron a Buenos Aires, en la colonia aborigen Cushamen del Chubut, el cacique Rancuche Nahuel-Quir alistó 30 de sus mejores caballos también para una travesía. Pretendía que dos de sus hijos quedaran en Buenos Aires para "ser dotores" y alistó pilchas civilizadas y sombreros casi de ciudad. También invitó al capitanejo Napal para que le pidiera al presidente Roca las tierras que ocupaba. Pero no quería hacer ninguna hazaña. No entendía que los milicos hayan hecho semejante esfuerzo a caballo cuando un cómodo tren unía desde hacía un año Constitución con la Confluencia. Rio Negro (Viedma), 25 de mayo de 2003. 

 

 
 
 
 
 

Rio Negro (Viedma), 25 de mayo de 2003.

Marchas desde la Patagonia a la Casa Rosada

 Para el 25 de mayo de hace un siglo, un puñado de militares llegó a la Plaza de Mayo de a caballo y desde el Neuquén. A la vez, un cacique mapuche se ponía en marcha desde Cushamen para peticionar ante el general Roca.

Esos siete milicos estaban con sus costillares molidos pero chochos de alegría en la noche del 24 de mayo de 1903. No sólo acababan de cumplir una proeza que el propio presidente Roca había provocado poniéndole premio a una travesía desde el Neuquén, cada cual con un solo caballo: a la mañana siguiente desfilarían ante el general y por la tarde se iban a impacientar hojeando -vanidosos- el vespertino porteño El Diario. Es que en casi media página de esa edición el diario publicó la fotografía de estos montados casi irreverentemente estacionados -con las pezuñas de los pingos inseguros sobre las baldosas de la explanada de la Casa Rosada- inmortalizados como los jinetes con los kepis encajetados y el sombrío cansancio repujado en sus rostros.

Estaban por terminar una jornada excepcional porque después de 24 días de marcha desde la Confluencia habían entrado a las 10 de la mañana por la calle larga de Barracas donde eligieron una fonda para un merecido almuerzo y lograron -en un corralón barraquero-, agua y alfalfa para la no menor recompensa de los caballos.
 

Contratiempos e Hinojo

Como lo comentaron los diarios, los animales llegaron en perfecto estado "a pesar de que los forrajes que han consumido no han sido nada buenos. Los excursionistas -por lo militares arribados- se quejan de los malos caminos por donde han tenido que efectuar la excursión. Desde Hinojo, a donde llegaron el día 19, hasta Barracas, han tenido que galopar por pantanos y ciénagas formados por las últimas lluvias".

¿De dónde -o por qué- había surgido la idea de realizar semejante travesía a caballo para unir la Patagonia con Buenos Aires, que en todo caso hasta entonces fue la demanda y habitualidad de los indios maloneros para compensarse con arreos finalmente trasandinos y, además una sólida vía férrea unía la metrópolis con lo que un año y medio más tarde sería la capital del Neuquén?

Faltaba un año para que se conmemorara el 25° aniversario de la llamada Campaña del Desierto en coincidencia con el último año del segundo mandato presidencial de Julio A. Roca y el general comenzaba a preparar la despedida con alusiones a lo que consideraba su más grande epopeya.

No queda testimonio de cuál fue el motivo para gestar la travesía, pero conviene recordar que cuando Roca llegó a la Confluencia de los ríos Neuquén y Limay demostró ser afecto a las apuestas. En aquella oportunidad de 1879 ofreció dos mil pesos a quien cruzara a nado el río Neuquén, apuesta que ganó el inglés -aunque general argentino- Ignacio Fotheringham, como este mismo lo contó en sus "Memorias de un soldado".

En esta otra ocasión, Roca y su "ministro de la Guerra" decidieron premiar a quien uniera la Confluencia con la casa de gobierno porteña en menos tiempo y con una sola cabalgadura.

Ocho oficiales del Ejército aceptaron el desafío y partieron -el 1° de mayo de 1903- desde una elevación junto a las aguas del río Neuquén, no lejos del lugar de la proeza a nado que para siempre quedó nominada como Paso Fotheringham. Eran los siguientes oficiales: los alférez Arnupal y Eveda del 2° de artillería; Thompson y Villa Abrile del 2° de caballería; los tenientes Echavarría y Palacios del 3° de caballería y los tenientes Villafañe y Héctor Varela del 7° de caballería.

La Patagonia trágica

Flanquearon el río Negro y arrancaron al paso en dirección a Choele Choel para seguir por Buena Parada y Algarrobo Clavado. Fue en este último paraje -unas 20 leguas antes de Bahía Blanca- que ocurrió el primer percance grave contra los planes de los expedicionarios. Resultó a causa de las malas pasturas ya que el caballo del teniente Héctor Varela murió envenenado por el atracón de pastos contraindicado y su jinete militar debió desertar de la prueba. Claro años después ese oficial iba a amargarse con otros contratiempos mayores: era teniente coronel cuando, mucho más al sur, debió reprimir las huelgas de 1921 y 22 que le reportaron su propio asesinato. Un vengador concluyó con su vida en la calle Fitz Roy -un nombre también relacionado con la Patagonia-, casi Santa Fe del porteño barrio de Palermo.

Los demás excursionistas siguieron hacia Bahía Blanca a donde llegaron el 11 de mayo a las 3 y media de la tarde. Con las sentaderas machucadas y la osamenta resignada al bamboleo de los galopes, aceptaron de buen grado los agasajos de los bahienses y una cena opulenta. Se tomaron todo el otro día para descansar y partieron con rumbo norte a las 4 de la madrugada del día 13. Después hacer un alto al mediodía del 18 de mayo y con buen fuego paran dar cuenta de algunas presas capturadas en cacería, reanudaron la marcha y pronto tuvieron a la vista el perfil serrano de Olavarría. Se detuvieron -apenas- a las 5 de la tarde y pocas horas después siguieron viaje porque debían forzar la marcha: querían estar en Buenos Aires para el 25 de mayo.

El 19 a las 8 de la mañana llegaron a la quebrada del Hinojo y a Cacharí el 20 por la noche. El mal tiempo los acompañó en este tramo y a las 6 de la tarde del 21 partieron hacia Las Flores. El 22 lo hicieron desde allí hasta Cañuelas y lograron cruzar el Riachuelo el 24 de mayo, luego de 1140 kilómetros (según los diarios) en cuatro patas.
 

Los dioses del fuego

Cuando estos militares llegaron a Buenos Aires, en la colonia aborigen Cushamen del Chubut, el cacique Rancuche Nahuel-Quir alistó 30 de sus mejores caballos también para una travesía. Los corceles eran como los que solía prestarle a Clemente Onelli en sus merodeos cordilleranos (Onelli se sacó una foto en Cushamen, con una piel por taparrabo como si fuera un indio peninsular). Nahule-Quir pretendía que dos de sus hijos quedaran en Buenos Aires para "ser dotores" y alistó pilchas civilizadas y sombreros casi de ciudad. También invitó al capitanejo Napal para que le pidiera al presidente Roca las tierras que ocupaba. Pero no quería hacer ninguna hazaña. No entendía -cuando después lo supo- que los milicos hayan hecho semejante esfuerzo a caballo cuando un cómodo tren unía desde hacía un año Constitución con la Confluencia. Por eso se disponía a cabalgar en dirección a esa punta de rieles para que desde allí todo el esfuerzo lo hiciera la locomotora.

Desde que este cacique se decidió por el viaje, él, su familia y los 800 integrantes de su gente de la colonia Cushamen comenzaron a escuchar bramidos telúricos y subterráneos que coincidieron con la súbita seca de manantiales. Estaba en esos preparativos invocando a sus deidades para buen augurio de su viaje y ahí no más estalló el volcán Apichig vomitando fuego y cenizas.

Cuando pocos días después el cacique le hizo un relato al corresponsal de El Diario en Bariloche, dijo que afortunadamente la chupada que la tierra hizo de las aguas de los pozos fue compensada con la abundancia del arroyo Titetamen. Aseguró -de paso hacia Buenos Aires- que la gente de su tribu no se asustó y explicó por qué.

(Continuará)

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