Buena parte de los 6.000 indígenas que allí viven —de las etnias wichí, chorote, toba, chulupí y tapiete— participó en este conmovedor trabajo de hormiga. Once personas visitaron las comunidades y llenaron las planillas, recorrieron cientos de kilómetros en bicicleta o a pie en medio del monte. "En 50 años, sin arados ni topadoras, sólo con el sobrepastoreo, los pastizales se convirtieron en arbustales. Este proceso se repitió en la segunda mitad del siglo en la franja del río Pilcomayo. Y desapareció buena parte de la fauna, con lo que los indígenas perdieron el acceso a la carne". El informe apunta además la tala selectiva —que continúa por falta de controles, pese a estar prohibida—, y la deforestación causada por la explotación petrolífera. Clarín (Buenos Aires), 16 de diciembre de 2002.
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| Foto: HOMBRES AL AGUA.
PARA LOS INDIGENAS DEL CHACO SALTEÑO,
LA PESCA ES LA PRINCIPAL ACTIVIDAD DIARIA DE SUPERVIVENCIA, SEGUIDA DE LA CAZA. (Foto: Fabián Urquiza / Enviado Especial) |
Clarín (Buenos Aires), 16 de diciembre de 2002.
EL TRABAJO REFLEJA EL USO DE LOS RECURSOS NATURALES EN 647 MIL HECTAREAS
Los indígenas del Chaco salteño ya tienen listo su mapa satelital
El mapa satelital del Chaco salteño muestra unas chorreaduras blancas que siguen las cañadas y acompañan el curso de los ríos: son los "peladares" provocados por el ganado de los criollos, donde ya no crecen árboles ni pasto. El mapa tiene también más de mil puntos, agregados a mano: son los lugares adonde van los indígenas de las 40 comunidades de la región para buscar agua, cazar, pescar, recoger algarroba, juntar plantas medicinales o materiales para artesanías.
Buena parte de los 6.000 indígenas que allí viven —de las etnias wichí, chorote, toba, chulupí y tapiete— participó en este conmovedor trabajo de hormiga. Once personas visitaron las comunidades y llenaron las planillas, recorrieron cientos de kilómetros en bicicleta o a pie en medio del monte. No aflojaron nunca, pues sabían que el mapa sería imprescindible para hacer entender a las autoridades salteñas por qué les pertenece el territorio donde viven desde siempre.
Se trata de los lotes 14 y 55, en el nordeste de la provincia, que suman unas 647.000 hectáreas. En los papeles, un largo conflicto en el que, con el patrocinio del CELS, debió intervenir la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. En los hechos, un serio deterioro ambiental, que se inició hace un siglo con la colonización criolla, y pone en grave riesgo no sólo la supervivencia del monte sino también la de los propios indígenas.
Para ellos, tener la posesión comunitaria de sus tierras y revertir la degradación del monte son dos caras de un mismo problema. "Las chivas comen las plantas nuevas de algarrobo. Los cuchis (chanchos) comen las raíces de las plantitas que tienen tubérculos y sirven como medicinas", hace notar Francisco Pérez, cacique de Cañaveral y presidente de la Asociación Lhaka Honhat (Nuestra Tierra), que agrupa a las 40 comunidades.
Los indígenas saben que el monte desaparecerá si se lo parcela. Por eso les resultó fácil comprender la necesidad de contar con un mapa de usos de los recursos naturales. Es el primero que se realiza en la Argentina, con fondos de la ONG danesa IWGIA (sigla en inglés de Grupo Internacional de Trabajo en Asuntos Indígenas) y de la alemana Pan para el Mundo.
Un equipo de once personas —nueve hombres y dos mujeres—, elegido mediante asambleas, fue capacitado para visitar las comunidades y llenar las planillas. Cada uno aprendió a usar el GPS, un sistema de posicionamiento por satélites, gracias a la ayuda de la ingeniera agrónoma Ana Alvarez, docente de Topografía en la Facultad de Agronomía de la UBA.
En cada comunidad, los hombres primero y luego las mujeres, señalaron y acompañaron a los once recolectores de datos hasta los lugares del monte de los que depende su vida. Sobre las planillas asentaron los sitios donde levantan agua, juntan leña, encuentran miel o disponen de materiales para construir sus viviendas, junto con la vegetación de cada lugar.
Aquí está el cementerio. Allí recogen cháguar para tejer yica; allá crecen tuscas, de cuyas raíces extraen la tintura roja para sus típicos bolsitos. Aquéllas son las zonas adonde van a campear: por acá conejos, por allá iguanas, más allá quirquinchos. Por ese lado hay chustasa, "un pescadito que se ve en los charcos en tiempo de la sequía, y que es muy rico", cuenta Rogelio Segundo, de La Curvita.
Además de llenar planillas, Cecilia Villa y Norma Gómez cargaron los datos a las computadoras. Chorote una, wichí la otra, tradujeron la información al castellano. Como el GPS también registra los recorridos —pedalearon hasta 30 kilómetros en un día—, en los mapas se observan las picadas y los senderos por donde se desplazan los indígenas.
"Me sentí un poco mal al ver el mapa de mi comunidad: está rodeada de alambrados, y nuestros recorridos son mucho más amplios", cuenta Cecilia (de 21 años), de La Merced Vieja. "Los aborígenes no entendemos el número de hectáreas —reflexiona Rogelio—. Para nosotros pareciera que mil es mucho, pero al marcar en el terreno todos los puntos de los lugares que usamos, sale en los papeles asinito, que es poquito".
Esos más de mil puntos —genuina enciclopedia del saber empírico— fueron ubicados en el mapa satelital. Al cacique Francisco Pérez no le hacía falta mirarlo para comprobar lo que observa todos los días: "Cuando no estaban las vacas y las chivas había muchas plantas bajo los árboles. Ahora, cuando llueve, el agua no se detiene; corre y lleva tierra, y tapa las lagunas".
"Cuando había pocos animales —agrega Rogelio—, salía a las 5 a juntar algarroba y llenaba cinco o seis bolsas por día. Ahora, apenas uno o dos kilos".
La Asociación Lhaka Honhat pidió ayuda a la Administración de Parques Nacionales (APN), para que explicara la degradación de estos ecosistemas. Paradoja de la historia, quien lideró la colonización criolla en el Chaco salteño, a principios del siglo XX al sur del río Bermejo, fue Domingo Astrada, tío abuelo de Aristóbulo Maranta, uno de los tres técnicos de APN que hicieron este informe ambiental.
"En 50 años, sin arados ni topadoras, sólo con el sobrepastoreo, los pastizales se convirtieron en arbustales —resume el biólogo Maranta—. Este proceso se repitió en la segunda mitad del siglo en la franja del río Pilcomayo. Y desapareció buena parte de la fauna, con lo que los indígenas perdieron el acceso a la carne". El informe apunta además la tala selectiva —que continúa por falta de controles, pese a estar prohibida—, y la deforestación causada por la explotación petrolífera.
Tanto los técnicos como las comunidades creen que el monte puede recuperarse. Existen varias alternativas, entre ellas enseñarles a manejar su ambiente, crear una reserva natural o corredores biológicos. "Hay confluencia de intereses entre lo que necesitan los indígenas y los planteos de la conservación —remarca Maranta—. Pero con los criollos es muy difícil".
SIBILA CAMPS
Gabriel Bermúdez. CORRESPONSAL
EN BAHIA BLANCA.
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