Como sus antepasados, los aborígenes rinden culto al Sol, en el momento en que, en el hemisferio Sur, se encuentra más alejado de la Tierra, y por tanto, se produce el día más corto y la noche más larga del año. El ascenso, para esperar la salida de Febo tras retornar de su larga noche, es uno de los rituales más sentidos de los pobladores, acostumbrados a convivir con la naturaleza, porque la reaparición del Dios Invicto señala el triunfo de la luz sobre las tinieblas. El Sol vuelve y a partir de allí se quedará cada día un ratito más, para asegurar el crecimiento de las plantas y de los frutos, y por ende, para asegurar la vida, conforme avancen, tras el duro invierno, la primavera y el verano. La Nueva Provincia, Bahía Blanca (Buenos Aires), 21 de junio de 2003.
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La Nueva Provincia, (Bahía
Blanca), 21 de junio de 2003.
Los aborígenes norteños celebran el Inti Raymi
SAN
SALVADOR DE JUJUY - Hoy, las comunidades autóctonas del norte argentino
iniciarán en Tilcara la celebración del Inti Raymi o Fiesta
del Sol, a la espera de los primeros rayos del Dios Invicto que marcan
el comienzo del invierno.
La reunión
se cumple en la base del cerro Sagrado de La Cruz, al lado del puente que
cruza el río Huasamayo, camino al Pucará, en la localidad
de Tilcara, a 84 kilómetros al norte de Jujuy y a 2.500 metros de
altura sobre el nivel del mar.
A las cero
de cada 21 de junio, comienzo del solsticio de invierno, se inicia la trepada
a la cumbre del cerro, donde hay un "intiwatana" o reloj solar.
Al amanecer,
cuando el Sol comienza a elevarse en el cerro, se representan la danza
del Suri y la del Trueno, por parte de hombres cubiertos por largas plumas
grises, que bailan en ronda, acompañados por instrumentos de viento.
Para esta
época del año, los nativos de la Quebrada de Humahuaca y
de la Puna comienzan los laboreos de preparación de la tierra para
iniciar más adelante las tareas de la agricultura, el principal
sustento que tienen en estas áridas tierras, en algunos valles regados
por las aguas del Río Grande.
En esos
terrenos tan inhóspitos, las labores agrícolas son familiares,
poco o nadie tiene tractor, la tierra se trabaja con herramientas de mano
o tiradas por animales. En los escasos espacios verdes cultivan lechuga,
zanahorias, remolacha, apio, acelga, habas, una buena variedad de papas
andinas, y también experimentan con cereales de altura como la quinua.
En localidades
como Tilcara, Maimará, Purmamarca, Tumbaya y Humahuaca, también
hay quintas con árboles frutales, como duraznos, membrillos, manzanas,
y en los últimos tiempos han comenzado a hacer plantaciones de olivos.
Como sus
antepasados, los aborígenes rinden culto al Sol, en el momento en
que, en el hemisferio Sur, se encuentra más alejado de la Tierra,
y por tanto, se produce el día más corto y la noche más
larga del año.
El ascenso,
para esperar la salida de Febo tras retornar de su larga noche, es uno
de los rituales más sentidos de los pobladores, acostumbrados a
convivir con la naturaleza, porque la reaparición del Dios Invicto
señala el triunfo de la luz sobre las tinieblas.
El Sol
vuelve y a partir de allí se quedará cada día un ratito
más, para asegurar el crecimiento de las plantas y de los frutos,
y por ende, para asegurar la vida, conforme avancen, tras el duro invierno,
la primavera y el verano.
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