Basado en un guión mapuche y siguiendo el relato de los mismos comuneros, el Museo de Cañete interpreta una cosmovisión llena de simbolismos. "Manual", oficina de diseño museográfico, trabajó conciliando conceptos para que lo entendieran mapuches y no mapuches.

En Cañete, un renovado museo mapuche recibe estudiantes de la región, turistas del mundo y se abre como lugar de reunión para los mismos comuneros de la zona. Un objetivo doble que no aparecía fácil para Trinidad Moreno y Rodrigo Latrach, socios de Manual, quienes ganaron la licitación del proyecto, ya que "es complejo llevar un mundo repleto de símbolos a un lenguaje museográfico universal, entendible por todos", explican.

Más todavía si se trata de representar a un pueblo que no ve mayor sentido en un lugar donde guardar y exhibir objetos antiguos. "Para ellos el pasado y los antepasados conviven en el presente a través del idioma, de lo cotidiano y ritual; por lo mismo, el valor de las cosas tiene relación con sus usos, y cuando ya no sirven deben ser devueltas a la tierra", dice Trinidad.

El museo, construido en 1977, se rehabilitó y amplió con lo que les dio la posibilidad de plantear transformaciones arquitectónicas, como un recorrido circular que une las cinco salas del edificio en función del nuevo guión encargado por la Dibam al poeta mapuche Leonel Lienlaf, que contextualiza la muestra con "relatos y textos preciosos".

Tanto el guión como la propuesta museográfica recogieron testimonios de los mismos mapuches de las comunidades de la región, y según explican los diseñadores, sus historias y recuerdos fueron incorporados actuando en consecuencia con dos aspectos básicos de su cultura: la oralidad, pues todo se transmite a través de relatos, y la dualidad, una forma de ver el mundo donde lo cotidiano y lo sobrenatural conviven con absoluta normalidad.

Con tecnología de punta en cuanto a iluminación y uso de audiovisuales, la muestra aborda temas como territorio, tiempo y antepasados; la cotidianeidad de la ruca, la sabiduría, el arte; la machi, sus medicinas y ritos de sanación; el rehue, los poderes ocultos, la muerte y el viaje después de la muerte. "Cada sala se configuró a partir de una palabra en mapudungún que nombra conceptualmente al el espacio, y de un objeto museográfico que busca reinterpretar la atmósfera del lugar donde ocurre el relato", explica Rodrigo.

En la ruca, por ejemplo, se instaló un fogón de leds que le dan movimiento a las brasas, rodeado por bancas y por la proyección de una mujer realizando sus labores domésticas en tiempo real. "Más allá que una exhibición de objetos, todo busca dar sentido a lo que se muestra, tomando como base lo contado por los mismos mapuches; muchos testimonios y relatos recolectados en terreno junto a Juana Paillalef, la directora", cuenta Trinidad.

Además de vitrinas temáticas, fotos históricas de la colección del museo y muchas actuales tomadas por Felipe Durán; las animaciones hechas por Flúor sobre ilustraciones de Paloma Valdivia cuentan, en castellano y mapudungún, leyendas que hablan del inicio del mundo mapuche; de la ballena que acompaña a los muertos a la Isla Mocha; del aprendizaje de una niña machi y de los misteriosos ojos de agua de los kalkus o brujos.

Nada es literal dentro de los aproximadamente 500 m2 del museo. "Había que traducir los conceptos propios de su cosmovisión a un lenguaje museográfico entendible por mapuches y no mapuches. Y en el fondo respetar este museo que está hecho por mapuches y en el que uno ha actuado como simple traductor", dice Trinidad.

Texto, Paula Donoso Barros | Fotografías, Jorge Marín.