Dentro de la actual campaña racista contra el movimiento indígena hay dos tipos de propagandistas: los que no entienden y los que no quieren entender. Los primeros ignoran la verdad por falta de información y estudios; los segundos, no la quieren porque interfiere con los intereses de dominación que defienden. El resultado de ambos es la divulgación de la mentira.  Semanario El Siglo, 6 de abril de 2001

 


Nº 1030- Santiago, 6 de abril del 2001
Artículos

Sacrificios humanos "indios"
Heinz Dieterich Steffan

Dentro de la actual campaña racista contra el movimiento indígena hay dos tipos de propagandistas: los que no entienden y los que no quieren entender. Los primeros ignoran la verdad por falta de información y estudios; los segundos, no la quieren porque interfiere con los intereses de dominación que defienden. El resultado de ambos es la divulgación de la mentira.

Uno de los mecanismos más repugnantes de esta campaña es la discusión demagógica sobre los "sacrificios humanos" de aquellos a quienes se denomina con el término racista de "indios". En primer lugar, los sacrificios -incluyendo los humanos- que se ofrendan ante una deidad en señal de expiación, homenaje, petición o con fines adivinatorios, han existido en gran parte, si no es la mayoría, de las sociedades antiguas. Esto es válido para  las culturas de Medio Oriente y, casi seguro, para la judía, como indica Génesis 22, que relata como Yahvé le ordena a Abraham sacrificar a su hijo Isaac, para comprobar su fe. Es decir, se trata de una práctica metafísica vinculada a un determinado grado de desarrollo social, observable desde las culturas europeas del norte, a las mediterráneas y orientales en cierta fase de su evolución. En el catolicismo, la importancia del sacrificio humano -voluntario o no- se ha conservado, entre otros, en el ritual de la eucaristía, en el cual el sacerdote ofrece en la misa el cuerpo y la sangre de Jesús bajo la transubstanciación de las especies de pan y vino, en homenaje al Dios supremo.

En segundo lugar, y más importante, los invasores europeos no abolieron los sacrificios humanos en los territorios conquistados; simplemente cambiaron sus referentes apologéticos y aumentaron la escala de inmolaciones a niveles desconocidos en las culturas autóctonas.
Si el Dios cristiano prohibía los sacrificios humanos a Huitzilopochtli -hechos con la finalidad de impedir la temible oscuridad del Quinto Sol- no tenía ningún inconveniente con la matanza, tortura y esclavización indiscriminada de mujeres, niños y ancianos en beneficio de la monarquía católica de España, tal como sucedió en Cholula, donde quemaron viva a la población, o en la matanza de la fiesta de Huitzilopochtli en la capital náhuatl que describe Fray Bernardino de Sahagún de la siguiente manera: "...corría la sangre por el patio como el agua cuando llueve, y todo el patio estaba sembrado de cabezas y brazos, y tripas, y cuerpos de hombres muertos: por todos los rincones buscaban los españoles a los que estaban vivos para matarlos".

El sacrificio humano en nombre del Dios de la conquista -de oro, especies y esclavos- fue legítimo para sacar a los indígenas de su "teocracia", para "evangelizarlos" o para "civilizarlos", como dicen los apologetas del etnocidio. Y lo fue tanto para los cristianos puritanos en el norte del continente como para los cristianos católicos en el sur. Después, en la colonia, el sacrificio humano siguió, en nombre del Dios de la ganancia. Desde las llanuras de Tucumán fueron llevadas naciones indígenas enteras a las minas de Potosí, a cuatro mil metros de altura, donde perecieron sacando el mineral para los amos venidos de España. Y de las montañas de Tucumán fueron deportados los quilmes a miles de kilómetros a la pampa de Buenos Aires, para acabar con su resistencia contra la inmolación planificada dentro del nuevo sistema.

El número de seres humanos ofrendados a las deidades en los templos indígenas era, por múltiples factores, reducido; la sed de ganancia y enriquecimiento de los europeos, en cambio, no tenía límites. Por eso el número de sacrificios humanos dentro del régimen de los nuevos dioses fue incomparablemente mayor que bajo el viejo sistema. Y lo sigue siendo hasta la actualidad, como lo demuestran los generales argentinos que desaparecieron a treinta mil ciudadanos en nombre de "Dios, Patria y Propiedad"; el general y cristiano renacido Ríos Montt en Guatemala, que en los años ochenta hizo correr la sangre indígena "como el agua que llueve"; y los 220 millones de latinoamericanos que viven en la pobreza, porque el Dios de la ganancia y del mercado mundial no conoce la piedad.
La danza alrededor del  becerro de oro no ha terminado. Y la ofrenda, como en la antigua Grecia, se cuenta por hecatombes. Sólo que las víctimas no son animales, sino seres humanos.
 


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