Expertos denuncian destrucción de últimos vestigios de senderos, cementerios y geoglifos hechos hace más de dos mil años. Estudiosos del Norte Grande están alarmados por la destrucción permanente y sistemática de las rudimentarias rutas que usaban hace dos mil años los habitantes del Desierto de Atacama para viajar a la costa e intercambiar sus productos para poder subsistir. Con mucha suerte, y guías especializados, aún pueden verse huellas de lo que fueron esos senderos altiplánicos de unos mil kilómetros de largo y por donde transitaban indígenas atacameños y aimaras. Éstos viajaban con sus llamas cargadas con granos y tejidos vegetales que intercambiaban por pescados y mariscos que recolectaban los pueblos costeros. Durante la travesía se alimentaban de algarrobos y chañar, e iban dejando, además, sus huellas, sus señales, sus avisos por donde avanzaban y dormían. Todo eso, que constituye un verdadero tesoro arqueológico, hoy casi no existe. ¿Y qué importancia pueden tener esas simples huellas?, se preguntarán muchos. Son las fuentes más directas para conocer cómo eran esos habitantes. Los depredadores de senderos, cementerios y geoglifos han sido, en el mismo orden: primero, la eterna erosión y luego las empresas mineras que con sus grandes maquinarias remueven terrenos sin consideración alguna. Y ahora último, para colmo de males, se han sumado a esta acción destructiva los ruidosos "jeeperos". El Mercurio, 10 de Julio de 2003



