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La absurda demanda de los pehuenches que
marcharon desde el Alto Biobío hacia la capital regional la semana
recién pasada reclamando la devolución de 250 mil hectáreas de territorio,
hace pensar que la misma no era más que un pretexto para quizás
qué otros propósitos.
Ciertamente, la desproporcionada petición hacía concluir que el
interés de los indígenas no era llegar a acuerdos y por el contrario,
más bien buscar motivos para prolongar un conflicto que sin ser
real (no hay deudas por pagar a los pehuenches), permitiera a sus
líderes mantener el clima de belicosidad que les hace falta para
su propia legitimidad. El reclamo, como lo manifestara el intendente
regional, "era absolutamente desproporcionado dentro de cualquier
realidad legal y económica", por lo que la proposición no tenía
viabilidad de concretarse y sólo extendía una pugna sin sentido
ni futuro.
Tal vez ese desvarío, fue la razón por la cual la marcha no prendió
al interior de las comunidades, lo que pudo verse a lo largo de
la misma en una procesión de sólo unos pocos caminantes que no alcanzaban
el medio centenar y a los cuales se sumaron varios integrantes de
los grupos más violentos y radicalizados, que en definitiva son
los que están detrás de todo el embrollo. Los episodios lamentables
de borracheras y escándalos protagonizados por estos sujetos en
el transcurso de la marcha, propios de las enajenaciones de extremistas,
no hacen más que revelar el carácter y la calidad de quienes, supuestamente,
marcharon para lograr "reivindicaciones de tierras a través de conversaciones
respetuosas", como lo expresara el líder de la protesta.
Si bien es posible la honesta disposición de algunos de los representantes
indígenas para llegar a acuerdos, la infiltración de fundamentalistas
no indígenas, políticos, chillones y "alternativos", son los que,
al liderar estos movimientos, se nutren de la confusión al buscar
la perturbación y la anarquía. Esta minoría apela a muchos de los
resentimientos étnicos de las comunidades, pero con posiciones de
elite fomentadas incluso antes de que la base de la etnia haya tomado
conciencia de ellas y, por cierto, antes de que las haya reconocido
y formulado como reivindicaciones propias.
Es claro que las exigencias de la elite expresan aspiraciones subyacentes
a sus propias ideologías y de planteamientos adversos a otras posiciones
y rivales políticos, lo que se evidencia notoriamente en lo que
se ha desencadenado en Chile en la última década. De allí que, en
actidudes nada de democráticas, los pocos involucran y hacen presa
de los "tontos útiles" y el problema se desborda con ganancia sólo
para la elite revoltosa y con pérdidas para la causa indígena y
el país.
Un juego tenebroso y desembozado, en el que muchos, ignorantes,
se dejan llevar.
Alfredo Palacios Barra
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