La absurda demanda de los pehuenches que marcharon desde el Alto Biobío hacia la capital regional la semana recién pasada reclamando la devolución de 250 mil hectáreas de territorio, hace pensar que la misma no era más que un pretexto para quizás qué otros propósitos. Diario El Sur, 21 de octubre de 2002 

 


 
lunes 21 de octubre de 2002
Juego indigenista

La absurda demanda de los pehuenches que marcharon desde el Alto Biobío hacia la capital regional la semana recién pasada reclamando la devolución de 250 mil hectáreas de territorio, hace pensar que la misma no era más que un pretexto para quizás qué otros propósitos.
Ciertamente, la desproporcionada petición hacía concluir que el interés de los indígenas no era llegar a acuerdos y por el contrario, más bien buscar motivos para prolongar un conflicto que sin ser real (no hay deudas por pagar a los pehuenches), permitiera a sus líderes mantener el clima de belicosidad que les hace falta para su propia legitimidad. El reclamo, como lo manifestara el intendente regional, "era absolutamente desproporcionado dentro de cualquier realidad legal y económica", por lo que la proposición no tenía viabilidad de concretarse y sólo extendía una pugna sin sentido ni futuro.
Tal vez ese desvarío, fue la razón por la cual la marcha no prendió al interior de las comunidades, lo que pudo verse a lo largo de la misma en una procesión de sólo unos pocos caminantes que no alcanzaban el medio centenar y a los cuales se sumaron varios integrantes de los grupos más violentos y radicalizados, que en definitiva son los que están detrás de todo el embrollo. Los episodios lamentables de borracheras y escándalos protagonizados por estos sujetos en el transcurso de la marcha, propios de las enajenaciones de extremistas, no hacen más que revelar el carácter y la calidad de quienes, supuestamente, marcharon para lograr "reivindicaciones de tierras a través de conversaciones respetuosas", como lo expresara el líder de la protesta.
Si bien es posible la honesta disposición de algunos de los representantes indígenas para llegar a acuerdos, la infiltración de fundamentalistas no indígenas, políticos, chillones y "alternativos", son los que, al liderar estos movimientos, se nutren de la confusión al buscar la perturbación y la anarquía. Esta minoría apela a muchos de los resentimientos étnicos de las comunidades, pero con posiciones de elite fomentadas incluso antes de que la base de la etnia haya tomado conciencia de ellas y, por cierto, antes de que las haya reconocido y formulado como reivindicaciones propias.
Es claro que las exigencias de la elite expresan aspiraciones subyacentes a sus propias ideologías y de planteamientos adversos a otras posiciones y rivales políticos, lo que se evidencia notoriamente en lo que se ha desencadenado en Chile en la última década. De allí que, en actidudes nada de democráticas, los pocos involucran y hacen presa de los "tontos útiles" y el problema se desborda con ganancia sólo para la elite revoltosa y con pérdidas para la causa indígena y el país.
Un juego tenebroso y desembozado, en el que muchos, ignorantes, se dejan llevar.
Alfredo Palacios Barra

 


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