Es necesario indicar a las autoridades locales que de no mediar una nueva actitud y criterio distinto para vencer su miopía en la problemática indígena, estos conflictos pueden derivar hacia situaciones predecibles y lamentables. Basta saber que los pehuenches que se oponen al proyecto Ralco no están dispuestos a seguir el destino de los extintos onas. La xenofobia hacia los extranjeros que solidarizan con la causa indígena en nuestro país no es la respuesta más atinada, menos de nuestras autoridades, las cuales sólo aparecen justificando su falta de capacidad para enfrentar el conflicto y su parcialidad hacia los poderosos. La problemática indígena no es moda ni invento extranjero o infiltración de ideas foráneas. Es uno de los tantos desafíos de estos tiempos. Diario el Sur, 16 de Marzo de 1999
Martes 16 de Marzo de 1999
Opinión parlamentaria
Autoridades, miopía y pehuenchesNuevamente hemos conocido opiniones referentes a la problemática indígena y que nada aportan a la comprensión y búsqueda de soluciones a los conflictos suscitados. Considero de suma importancia separar las opiniones que se emitan. Algunas serán desde una perspectiva de conocimiento de causa, ya sean a favor o en contra. Otras sólo serán opiniones que vociferarán frases y epítetos, igualmente a favor o en contra.
No es posible que a estas alturas se desprecie la solidaridad individual o de instituciones extranjeras con las comunidades mapuches en conflicto. La globalización mundial obliga a no cerrar los ojos ante la tragedia de Kosovo, o el drama que hasta hace poco nos mostraban las escenas que llegaban desde Burundi o Haití. La globalización ya no permite que la impunidad quede tan fácilmente oculta en zonas exóticas, de nombres extraños, de difícil acceso, como drama de culturas ajenas.
Sin duda la situación de las comunidades mapuches no es comparable con el drama kurdo, así como Chiapas no es comparable con el país vasco. Todos estos conflictos que involucran a pueblos enteros se benefician de un mundo global que es capaz de reaccionar firmemente ante la prepotencia, sea ésta ejercida por particulares o agentes del Estado. El genocidio que por décadas se enseñoreó en Guatemala hoy no sería posible con un mundo que comprende más cabalmente cuál es la real dimensión de los derechos de las personas y pueblos.
Nuestro país goza de un régimen democrático, el cual aspiramos mejorar eliminando las instituciones que consagran mecanismos que burlan la soberanía popular. A pesar de vivir en un país democrático, no estamos inmunes a situaciones reñidas con un espíritu tolerante. Los pueblos originarios de nuestro país, al igual como ocurre en muchos otros países de América, no gozan a plenitud de los beneficios que la Constitución y las leyes consagra a sus ciudadanos. No nos debe extrañar que estos hechos susciten solidaridad en el extranjero. Distinto sería que esa solidaridad sea el principal aliado de las comunidades en conflicto: aquello sería una inequívoca señal de que el Estado se apoya en la represión para impedir toda solidaridad interna. Eso pasó durante el régimen militar y también cuando en la década del 30 ocurrieron los sucesos de Ranquil, en el Alto Biobío, en donde un levantamiento campesino-indígena fue brutalmente aplastado.
Estos son otros tiempos, la comunicación global es un baluarte cada vez más sólido contra los grandes poderes (aunque a éstos no les guste), y en nuestro país podemos no temer el genocidio físico, o como sucedió con los onas a finales del siglo pasado y principios de éste, pueblo nómade que fuera exterminado porque la civilización descubrió que las pampas de Tierra del Fuego eran idóneas para el pastoreo de ovejas. La pregunta que corresponde es: ¿fue ese exterminio civilizado? Al decir de algunos los onas también poseían "la ignorancia necesaria" que los oponía a la civilización, y por tanto, eran prescindibles. Ningún estudio serio hoy puede negar que los onas son una terrible pérdida, no sólo en lo cuantitativo (alguien diría que 3.000 es poco), sino por lo que en su conjunto ellos eran: una cultura.
La electricidad hoy, como las ovejas de antaño, también es necesaria en aras del beneficio social; pero por suerte ya no es 1900, tampoco 1930 ni otro año fatídico. Estamos en 1999 y los problemas de los pueblos originarios de Chile no son producto de la solidaridad de algunos extranjeros con estos conflictos ni de tres o cuatro supuestos responsables que enumeremos. Como señalara en otra oportunidad, es nuestra historia la que porfiadamente golpea nuestro presente y que nuevamente nos invita a buscar soluciones desde la perspectiva de un mundo que quiere ser más humano, tolerante y solidario.
No nos parece adecuado que autoridades e intelectuales deslinden sus propias responsabilidades en una afanosa búsqueda y enumeración de responsables "externos" o "alternativos"; así también no es serio hablar de un nuevo Chiapas en la Araucanía: Chile no es México.
Es necesario indicar a las autoridades locales que de no mediar una nueva actitud y criterio distinto para vencer su miopía en la problemática indígena, estos conflictos pueden derivar hacia situaciones predecibles y lamentables. Basta saber que los pehuenches que se oponen al proyecto Ralco no están dispuestos a seguir el destino de los extintos onas. La xenofobia hacia los extranjeros que solidarizan con la causa indígena en nuestro país no es la respuesta más atinada, menos de nuestras autoridades, las cuales sólo aparecen justificando su falta de capacidad para enfrentar el conflicto y su parcialidad hacia los poderosos.
La problemática indígena no es moda ni invento extranjero o infiltración de ideas foráneas. Es uno de los tantos desafíos de estos tiempos.
Alejandro Navarro Brain
Diputado PS
| ©1998 todos los derechos reservados para Diario del Sur S.A. |



