| SAN MARTIN DE LOS ANDES .- Los jóvenes mapuches de
esta ciudad se van erigiendo en protagonistas de un cambio. Para el 12
de octubre fueron los jóvenes los que organizaron y llevaron adelante
una "marcha de reflexión" tras haber comenzado hace dos años
el estudio de su propia historia.
Pero para esos jóvenes, su cultura originaria no sólo
tiene un riquísimo pasado, sino que a partir de la reafirmación
de su identidad, el futuro se abre hacia nuevos horizontes, sin por eso
dejar se ser ellos mismos. Todo lo contrario.
Que los mapuches de la comunidad Curruhuinca, cuyas tierras se encuentran
dentro de la Reserva Nacional Lanín en el área Lácar,
hayan decidido trabajar en la actividad turística, parece un fenómeno
sorprendente.
Pero el lonco de la agrupación, un joven de 32 años, Luis
Curruhuinca, reconoció que "desde bastante tiempo estábamos
madurando esta idea, organizándonos y dialogando con los representantes
de distintas instituciones. Hoy, por fin, todo ya está en marcha".
"Cada actividad que nuestra comunidad realiza hoy, antes la explotaban
otros, aún dentro de nuestros dominios. Creo que estamos haciendo
lo que podíamos haber hecho mucho tiempo atrás", dijo el
lonco.
Y agregó: "yo me siento uno de los responsables de haber impulsado
esta actividad que hoy ocupa a los más jóvenes, que antes
en los veranos, se pasaban bañando en el lago sin tener qué
hacer. Hoy saben que tienen esta actividad y la toman como lo que es: un
trabajo en el que cada día quieren ser mejores y se capacitan para
lograrlo".
Respecto de que los jóvenes de la comunidad sean quienes guíen
dentro de los atractivos que se encuentran dentro de sus propios dominios,
Luis Curruhuinca sostuvo que "es lo mejor que nos puede pasar. Muchas veces
fuimos vendidos como atractivo turístico, y no como una comunidad
perteneciente a una cultura originaria, con su identidad, su particular
forma de ser, que más que curiosidad merece respeto".
Agregó que "el mejor turista que podemos tener como cliente es
el de verano. Al de invierno lo vemos pasar, ya que se dedica a esquiar
como actividad principal. Hoy tenemos cuatro parajes cubiertos con actividades
turísticas: Trompul, Catritre, Puente Blanco y Quila Quina".
En este último punto, a 12 kilómetros de San Martín
de los Andes en la costa sur del lago Lácar, hay 17 guías
baqueanos.
En al acceso a la senda que conduce a la cascada del arroyo Grande de
Quila Quina, estos jóvenes guías aguardan la llegada de los
minibuses o los autos con los turistas.
Un tambor de 200 litros cortado hace de seguro fogón, para que
el viento no disperse las chispas. El mate circula con parsimonia. A pocos
metros, una anciana suele hilar sentada en una banqueta hecha con un tronco.
Sobre una mesa, pueden verse distintas artesanías en madera y en
lana.
"Allí los turistas tienen la oportunidad de comprar artesanías,
pero más que nada, tienen contacto directo con la realidad de la
vida de todos los días de nuestra gente", dijo Valenzuela.
Los guías baqueanos Julio, Alejandro, Claudio y Hernán,-
todos de apellido Curruhuinca-, junto con Hernán y Verónica
Valenzuela, respondieron también a la requisitoria de "Río
Negro".
"Cuando nosotros empezamos a guiar a los turistas nos costó un
poco. Tuvimos que animarnos a tratar a los visitantes. Nos ayudó
Celestino Curruhuinca, que algo de experiencia tenía, y después
nos fuimos largando solos", reconoció Alejandro Curruhuinca.
Un cartel escrito a mano anuncia las tarifas de las diferentes alternativas
para recorrer a pie, acompañado por un guía baqueano, los
distintos senderos del área. Los hay cortos de unos 20 minutos de
travesía, y también hay circuitos que demandan no menos de
tres horas de ida y otro tanto de regreso.
"Circuito a la cantera y la casa de Doña Yolanda: 3 pesos. Circuito
corto a la cascada: un peso con 50. A las pinturas rupestres 3 pesos. Circuito
a lo de Dorila Cheuquepán y al Pastoso 8 pesos. Circuito al cerro
Tren Tren 8 pesos."
Dos kombis vidriadas subieron zigzagueando el camino que pasa frente
a donde están apostados los guías, de regreso a San Martín.
La evidencia de que los pasajeros habían tenido contacto con los
jóvenes, se hizo patente, ya que todas las manos se levantaron para
saludar desde atrás de las ventanillas. Más que una despedida,
fue un gesto colectivo de reconocimiento. |