La inédita experiencia médica
de Nueva Imperial
El hospital donde las machis atienden por fonasa
Sábado 24 de noviembre de 2007

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En el corazón de la Araucanía, Hace
un año que los ritos mapuches conviven con la medicina
clásica. Las machis ya no atienden en ruca, sino que en
modernos box. Mientras ellas no dan abasto, los médicos
tratan de entender, de a poco, cómo es esta medicina que
cura el mal de ojo y reemplaza las pastillas por las yerbas.
Marcela Escobar Q., desde Nueva Imperial, IX Región. Fotos:
Mario Quilodrán
Aquella mañana, Tránsita Paillalef llegó al
Centro de Medicina Mapuche de Nueva Imperial a las 6, llevando consigo
el principal requisito que la machi había exigido: un frasco
de vidrio con la primera orina del día. La machi Isolina Ramírez
observó el líquido amarillento al trasluz, sin que
Tránsita le dijera que le dolía la ingle, que a veces
no podía caminar, que a ratos las molestias la doblaban en
dos. "La machi me adivinó la enfermedad. Me dijo: usted hizo
una fuerza mala. Me explicó que tenía la enfermedad
de la matriz, y que debía tomar lawen tres veces al día",
recuerda Tránsita, una mujer de 64 años que hoy llegó hasta
el Centro de Medicina Mapuche de Nueva Imperial igual que hace dos
semanas. Esta vez viene a buscar más lawen, la medicina recetada
por una de las médicas indígenas que atienden aquí,
en lo que parece un hospital tradicional con sala de espera, funcionarios
de delantal blanco, farmacia y box de atención. Pero éste
no es un hospital tradicional: a diario, tres machis y dos ngütamchefe,
como aquí le llaman al componedor de huesos, más la
atención semanal de una püñeñelchefe, la
partera, reciben pacientes en salas acondicionadas para realizar
los ritos medicinales que los mapuches han conocido por siglos.
Ahora, aquí, los machis atienden por Fonasa.
Desde hace un año que Tránsita Paillalef tiene la posibilidad
de elegir si se trata en el Centro de Medicina Mapuche de Nueva Imperial,
o en el hospital mismo, el "hospital huinca", como le dice ella,
un edificio pegado a éste pero con administración,
funcionarios y especialistas propios. En junio de 2006 se inauguró en
esta ciudad, a media hora de Temuco, el Complejo de Salud Intercultural
que incluye estos dos establecimientos, con el objetivo de que ambas
medicinas puedan convivir e, incluso, combinarse. Por eso, la primera
opción de Tránsita fue el hospital: el día en
que se sintió peor partió a la urgencia y se hizo ver
por un médico tradicional, le inyectaron suero y la dejaron
en reposo. No recuerda bien cuál fue el diagnóstico,
pero sí que aquel día no tenía fe.
"Uno tiene que tener fe para poder mejorarse, palabra que es cierto,
y cuando iba al hospital yo no la tenía", cuenta, mientras
espera que en la farmacia le entreguen su lawen, la medicina prescrita
por la machi y que ya no le queda. Tránsita vive en Llancahuito,
un sector rural a dos horas de Nueva Imperial. En esta zona, el sesenta
por ciento de la población es mapuche, pero también
llegan pacientes huincas. Hoy, sin embargo, la sala de espera está atestada
de gente con rasgos indígenas; todos, muy serios y vestidos
con formalidad. Los hombres –en su mayoría, ancianos– llevan
sombrero y saludan con corrección. Algunas mujeres cubren
sus cabezas con pañuelos de colores. Nadie está solo:
la machi prefiere que cada kutranche, cada paciente, sea acompañado
por familiares. La enfermedad, quizás, está también
en ellos.
Mientras les llega su turno, en la sala se escucha un murmullo incesante.
Un murmullo de voces que sólo hablan mapudungún.
Tránsita espera media hora por su lawen, el que retira en
las mismas botellas plásticas de dos litros que ha traído
desde su casa. El líquido es de color ámbar, espumoso.
La mujer no sabe cuáles son las yerbas que contienen esas
bebidas, pero no cuestiona porque desde que las toma, dice, se siente
mejor. A la machi Isolina llegó por referencias; luego de
desestimar la atención que le dieron en el hospital huinca,
supo que la machi atendía justo al lado, gratis, y le dijeron
que era buena.
El 60 por ciento de estos pacientes viven en las zonas rurales cercanas
a Nueva Imperial, y no todos pertenecen a la etnia: el 45 por ciento
de los que durante el año pasado se atendieron con alguno
de los machis no era mapuche, según cifras del centro médico.
La mayoría llega como Tránsita: recomendada por otros.
Algunos comienzan a llenar la sala de espera desde las 6 de la mañana,
aunque los especialistas recién arriban a las 8. Es la única
manera, dicen, de conseguir número de atención. Los
tres machis y los dos componedores de huesos se hacen pocos para
los 60 pacientes que llegan a diario.
Además de su carné de identidad y la primera orina
del día, el paciente debe acreditar que es beneficiario de
Fonasa, llenar un formulario de consentimiento informado y traer
botellas plásticas para almacenar los zumos de yerbas recetados
por su machi. Cada especialista tiene su tratamiento, confidencial
e incuestionable.
"Una machi no es igual que un doctor. Ella hace el examen y descubre
la enfermedad. Es una atención más larga", explica
Paola Huircan, uno de los auxiliares paramédicos a cargo de
la recepción de pacientes. Los funcionarios han sido escogidos
de acuerdo con criterios específicos: deben tener un vínculo
estrecho con la cultura mapuche y en lo posible hablar mapudungún.
Buena parte de los funcionarios del módulo mapuche son bilingües,
mientras que Paola está aprendiendo el lenguaje de sus ancestros
de a poco, con la ayuda de sus colegas. "La gente se siente feliz,
en casa, cuando uno los saluda en mapudungún", describe.
Paola es la encargada de realizar el primer chequeo a los pacientes,
un filtro necesario para detectar urgencias que requieran la atención
inmediata en "el hospital de al lado". "Se trata de trabajar en conjunto",
responde la auxiliar, y explica que los pacientes que llegan descompensados
deben ser atendidos inmediatamente en el hospital, y no quedarse
a la espera de la machi.
La medicina mapuche parece tener límites claros. Enfermedades
crónicas como la diabetes no encontrarán la cura en
ningún lawen, pero sí el alivio a varios síntomas.
Las mismas machis, dice Paola, reconocen que hay males que no pueden
tratar, y recuerda que una de ellas detectó un tumor cerebral
a un paciente. Lo derivó de inmediato al hospital huinca y
allá, luego de un escáner, confirmaron el diagnóstico.
Tampoco hacen cirugías ni atienden partos, por opción
del centro médico. Y si bien hay pacientes que llegan con
la clara convicción de dejar las píldoras recetadas
en sus tratamientos tradicionales, aquí se les convence de
combinar ambos métodos y abandonar, paulatinamente, los fármacos.
"No vamos a asumir todo lo que se hace en un hospital", declara Doraliza
Millalen, presidenta de la Asociación Indígena Newentuleaiñ,
a cargo de la administración del Centro. Y agrega: "No somos
tan ambiciosos ni tan ingenuos como para pensar que la solución
para todo va a estar aquí".
Lo más común es que la machi derive pacientes a los
médicos huincas –como ocurre con las cirugías–,
pero no ha sucedido al revés. El Complejo Intercultural de
Nueva Imperial contempla la derivación interhospitales, e
incluso ya existen los formularios para que cada especialista (machi
o médico) explicite su diagnóstico. Ha habido pacientes
internados en el hospital que han solicitado la visita de la machi,
pero no existe historial de enfermos enviados al módulo mapuche
por recomendación de un doctor tradicional.
Afuera, en las calles de Nueva Imperial, Tránsita Paillalef
ya emprendió el regreso a su casa en el campo. Regresará a
control en una semana.
El hospital huinca es exactamente igual en diseño al módulo
mapuche. Los letreros están subtitulados en mapudungún,
y los funcionarios se diferencian de los del centro mapuche sólo
porque estos últimos llevan aplicaciones de tela azul sobre
sus delantales blancos. Aquí también hay un altísimo
porcentaje de profesionales con ascendencia indígena. Muy
pocos, sin embargo, hablan el idioma.
"Los que están al lado no nos conocen, así que no es
mucho lo que proponen. Nos ven como innecesarios", acusa Doraliza
Millalen. Al lado, en tanto, asumen que la experiencia intercultural
recién se está construyendo.
"Nos ha costado, no tenemos formación al respecto", asume
Silvia Velásquez, enfermera jefe del hospital de Nueva Imperial. "A
muchos se nos abrió otra ventana: la de pensar que no tenemos
la verdad de todo en el mundo occidental".
El acercamiento entre ambos centros médicos ha sido lento,
pero va aumentando. Uno de los logros es justamente la hoja de derivaciones
que acaban de formular en conjunto. Momentos como las ceremonias
del nguillatún o el we tri pantu (año nuevo mapuche)
han servido, también, para acercar a ambos mundos. Los especialistas
mapuches sirven de anfitriones en estos ritos, que se realizan en
la ruca que está en la explanada, a un costado del módulo
mapuche.
"Nuestro sistema de salud siempre ha existido", afirma el machi Víctor
Caniullan, mientras bebe café de grano en el interior de la
ruca. El fogón ha sido encendido y un aroma a leña
inunda el aire. Caniullan tiene 35 años, y hace 16 que supo
que tenía el don de adivinar los males de su gente. Hoy es
el machi de la comunidad de Pitrenco, en Carahue, y dos veces a la
semana atiende en forma gratuita a los pacientes de Nueva Imperial.
La tradición mapuche nunca ha excluido a los hombres de este
rol, aunque hoy las mujeres siguen siendo mayoría.
Ninguno de los machis contactados por este centro médico aceptó de
inmediato la propuesta de atender en un hospital, abandonando su
rehue (el árbol ceremonial) y su tierra. Cada uno lo discutió con
su familia y esperó que Nguenechen, su Dios, se pronunciara.
Víctor Caniullan vio en esto la posibilidad de que los mapuches
más pobres pudieran, también, acceder a su salud ancestral.
"Muchos no tienen dinero para darle un aporte a la machi. Por eso,
no concluyen el tratamiento", precisa Caniullan. Porque cuando un
machi atiende en su casa, siempre debe recibir una retribución.
En el hospital, los pacientes no pagan por atenderse, ni por los
remedios, sólo lo hacen si es necesario realizar una ceremonia
mayor, como un nguillatun. Cada mes, sin embargo, los machis reciben
un sueldo –un monto similar al del sueldo mínimo– y
se los va a buscar y a dejar cada jornada. Caniullan insiste: "Nuestro
sistema es distinto, ayudamos a personas que el otro sistema no ha
podido sanar, de enfermedades espirituales, sicológicas, todas
relacionadas con las enfermedades físicas".
En el mundo mapuche, los males no sólo son biológicos.
Si un campesino transgrede el espacio de otro sin permiso, o bien
corta algún árbol sagrado, puede enfermar. El machi
Víctor dice que los niños no deben jugar fuera de casa
cuando el sol está en posición vertical o bien a la
hora del crepúsculo: "En ese momento, son otros los espíritus
que están rondando".
A Caniullan lo esperan para el almuerzo. Antes de partir, reconoce
que ser machi es un rol difícil, expuesto e históricamente
cuestionado. Hoy, sin embargo, asegura que existe la voluntad para
que ambas medicinas –ambos mundos– comiencen a entenderse.
Luis Millan Maricoi transita habitualmente entre los dos mundos.
Tiene 16 años, estudia en un liceo cerca de Temuco y es fanático
del reggaetón. Este mediodía ha sido dado de alta del
amukon, el espacio donde los pacientes mapuches son hospitalizados.
Luis carga un bolso marca Extreme, viste polerón negro, jeans
con aplicaciones metálicas y grandes collares al cuello. Unos
fuertes dolores de cabeza lo trajeron, hace dos meses, a ver a la
machi Juana Lincaqueo.
Y hace tres días, ella decidió que Luis debía
internarse.
"Nosotros tenemos fe: siempre nos hemos recuperado con medicina de
campo", dice. Sus dolores de cabeza venían acompañados
de hemorragias nasales y algunas noches no podía dormir. La
machi Juana le prescribió un lawen para la vejiga –"me
bañaba mucho con agua helada"– y otro para la cabeza. "Me
echaron un remedio por el oído", describe, "eso me recuperó.
Me tenía que hacer rápido el tratamiento, ya me estaba
pasando".
En los tres días que Luis estuvo acá recibió dos
veces "lavados de cabeza", como él llama al tratamiento prescrito
por Juana Lincaqueo. El muchacho confía totalmente en esta
medicina: su abuela era machi, uno de sus tíos murió por "mal
de ojo" y él ha sido capaz de enfrentar las burlas de sus
compañeros con firmeza. "Ellos me dicen que estas son cuestiones
de indios. Yo les digo que los indios están en la India. Acá somos
indígenas", afirma.
Luis no sabe una palabra de mapudungún y reconoce que su vida
tiene más de huinca que de mapuche. Eso no lo enorgullece.
Luego de esperar un rato en la puerta del centro médico, toma
su bolso Extreme y parte camino a Carahue. Allá, en el bajo,
en el sector de Coipuco, tiene su casa. Su mamá no pudo venir
a buscarlo. En el campo, no todos los días es posible llegar
a este otro mundo.
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