Sin duda, los primeros malditos en nuestro territorio han sido y continúan siendo los indígenas. En tiempos de la conquista española, sufrieron el inhumano despotismo de la codicia; hoy son víctimas de la miseria y la discriminación en un país latinoamericano en el que el setenta por ciento de los niños que aparecen en las campañas publicitarias son rubios y de ojos claros. Nuestros querandíes, a quienes la historia divulgada trata de salvajes poco menos que animalizados, deben ser reconocidos como más sagaces que sus hermanos americanos, ya que no confundieron a los españoles con dioses y no dudaron de que se trataba de enemigos. Los mataron luego de incitarlos al desembarco, tentándolos sagazmente desde la orilla con objetos dorados y plateados que destellaban hasta encandilarlos. También con agua, frutas y peces, preciadísimos luego del prolongado y azaroso cruce del océano. La torpe provocación de los recién llegados y la consiguiente enemistad de los indios, los mismos que habían dado cuenta de Solís y los suyos, obligaron la retirada de los españoles, que debieron recluirse detrás de las empalizadas de la recién fundada Santa María de los Buenos Ayres. La Nacion (Buenos Aires), 30 de mayo de 2004.
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Tema libre / Pacho O´Donnell
Nuestros valientes antepasados
Sin duda, los primeros malditos en nuestro territorio han sido y continúan siendo los indígenas. En tiempos de la conquista española, sufrieron el inhumano despotismo de la codicia; hoy son víctimas de la miseria y la discriminación en un país latinoamericano en el que el setenta por ciento de los niños que aparecen en las campañas publicitarias son rubios y de ojos claros.
Las noticias que el extremeño Núñez de Balboa hizo llegar del descubrimiento, el 25 de septiembre de 1513, del "Mar del Sur" (océano Pacífico) se difundieron por toda España y se supieron también en Portugal. Los portugueses no dudaron entonces de la existencia de un paso interoceánico a partir de las revelaciones del viaje de Vespucio en 1502 y del de Coelho en 1503.
Decididos a no dejarse ganar de mano otra vez por su vecina ibérica despacharon clandestinamente una expedición, a cargo de Nuño Manuel y Cristóbal de Haro, que debía recorrer la costa del actual Brasil hasta hallar la comunicación entre los océanos. Se internaron en nuestro Río de la Plata y exploraron el Paraná Guazú, sin avanzar más allá por el calado de sus naves, aunque quedaron convencidos de que se trataba del paso buscado.
La noticia se difundió pronto por Europa y el geógrafo alemán Schöner dibujó en 1515 un globo terráqueo en el cual se ve América del Sur dividida a la altura del Río de la Plata por un estrecho que comunica el Atlántico con el Pacífico.
En España, las novedades del descubrimiento del "Mar de Sur" en 1513, primero, y el viaje clandestino de Nuño Manuel y Cristóbal de Haro al año siguiente, urgieron a sus reyes a enviar una armada para adueñarse de ese supuesto canal interoceánico y, luego de franquearlo, extender sus dominios por el oeste de las Indias Occidentales.
"Habéis de mirar que en esto ha de haber secreto e que ninguno sepa que yo mando dar dinero para ello ni tengo parte en el viaje", escribía el monarca español en sus instrucciones al piloto mayor del reino, Juan Díaz de Solís, en 1515, al enviarlo hacia la América meridional.
La suerte no acompañará
a dichos conquistadores europeos pues no les sucederá lo que a Hernán
Cortés, a quien Moctezuma y su corte recibirán con honores,
convencidos de que eran la encarnación del dios Quetzalcóatl
profetizada por los augures. Tampoco lo que a Pizarro, quien invadirá
el imperio incaico y apresará sin dificultades a su soberano, más
ocupado en litigar con su hermano Huáscar que en defenderse de los
intrusos.
Trágico final
Nuestros querandíes, a quienes la historia divulgada trata de salvajes poco menos que animalizados, deben ser reconocidos como más sagaces que sus hermanos americanos, ya que no confundieron a los españoles con dioses y no dudaron de que se trataba de enemigos.
No se dejaron impresionar por aquellas naves descomunalmente más imponentes que sus piraguas, por aquellos piafantes animales que arrojaban humo por sus narices y corrían a la velocidad del rayo, ni tampoco por aquellas pieles rígidas que sus flechas no atravesaban y que refulgían al sol como la plata que los conquistadores imaginaban abundante en los dominios del "rey blanco".
Los mataron luego de incitarlos al desembarco, tentándolos sagazmente desde la orilla con objetos dorados y plateados que destellaban hasta encandilarlos.
También con agua, frutas y peces, preciadísimos luego del prolongado y azaroso cruce del océano. El cronista Herrera, integrante de la expedición, relató que "los indios, tomando a cuestas a los muertos, y apartándoles de la ribera hasta donde los del navío los podían ver, cortaban las cabezas, brazos y pies, asaban los cuerpos enteros y se los comían".
Cabe dudar de estos relatos sobre canibalismo, que se repetirán a lo largo de toda la Conquista, con escasas confirmaciones, que tenían por objetivo horrorizar a los europeos y así justificar las intervenciones "civilizadoras" que provocaron la casi extinción de los habitantes americanos.
En cambio, el cronista alemán Ulrico Schmidl, integrante de la segunda expedición al Río de la Plata capitaneada por Pedro de Mendoza, dará cuenta de canibalismo por parte de los europeos, sitiados y hambreados por los indómitos americanos: "Estos querandíes traían a nuestro real y compartían con nosotros sus miserias de pescado y de carne por catorce días sin faltar más que uno en que no vinieron. Entonces nuestro general, Pedro de Mendoza, despachó a su propio hermano con 300 lanceros y 30 de a caballo bien pertrechados; yo iba con ellos y las órdenes eran bien apretadas, de tomar presos o matar a todos estos querandíes y de apoderarnos de su pueblo. Mas cuando nos acercamos a ellos había ya unos 4000 hombres porque habían reunido a sus amigos".
La torpe provocación de los recién llegados y la consiguiente enemistad de los indios, los mismos que habían dado cuenta de Solís y los suyos, obligaron la retirada de los españoles, que debieron recluirse detrás de las empalizadas de la recién fundada Santa María de los Buenos Ayres.
"(...) Por razón de la hambruna no quedaron ni ratas, ni ratones, ni culebras, ni sabandija alguna que nos remediase en nuestra gran necesidad e inaudita miseria; llegamos hasta comernos los zapatos y los cueros todos."
No fueron ésos los únicos
alimentos de los conquistadores europeos, según el mismo cronista:
"Tres españoles habían hurtado un caballo y se lo comieron.
(...) Se los condenó y colgó de una horca. Ni bien se los
había ajusticiado y cada cual se fue a su casa, aconteció
en la misma noche por parte de otros españoles que ellos han cortado
los muslos y unos pedazos de carne del cuerpo y los han llevado a su alojamiento
y comido. También ha ocurrido que un español se ha comido
a su propio hermano muerto. Esto ha sucedido en el año de 1536 en
nuestro día de Corpus Christi en la sobredicha ciudad de Buenos
Ayres"(...).
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Psicoanalista y escritor, el autor nació en Buenos Aires
y escribió seis obras de temática histórica, entre
ellas "El grito sagrado", "El águila guerrera" y "Juan Manuel de
Rosas, el maldito de nuestra historia oficial".
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