Cabaña Las Lilas, reconocida por el mejoramiento genético de bovinos, desarrolla ahora un producto artesanal: tejidos de lanas finas, elaborados por indígenas neuquinas. Desde 1997, el establecimiento San Ignacio, del grupo de Estancias y Cabaña Las Lilas, ubicado en la confluencia de los ríos Malleo y Aluminé, inició la cría de estos camélidos con la intención de promover el reemplazo de ovejas y cabras, especies que causaron una fuerte desertización en la región, por sobrepastoreo. La Nación (Buenos Aires), 13 de marzo de 2004. 

 
Buenos Aires, 13 de marzo de 2004.
Iniciativa patagónica: productos diferenciados

De las carnes de campeones a los ponchos de llama

Cabaña Las Lilas, reconocida por el mejoramiento genético de bovinos, desarrolla ahora un producto artesanal: tejidos de lanas finas, elaborados por indígenas neuquinas.


Alpacas traídas del Norte, en la precordillera patagónica. Foto: Rafael Calviño / Enviado Especial

 

JUNIN DE LOS ANDES.- De recorrida por los campos, uno espera encontrarse con algún guanaco y -¿por qué no?- con un ciervo. Lejos de lo que cualquier viajero prevé, ahora pueden verse llamas y alpacas en la precordillera patagónica. Sucede que, desde 1997, el establecimiento San Ignacio, del grupo de Estancias y Cabaña Las Lilas, ubicado en la confluencia de los ríos Malleo y Aluminé, inició la cría de estos camélidos con la intención de promover el reemplazo de ovejas y cabras, especies que causaron una fuerte desertización en la región, por sobrepastoreo.

Para revertir la fuerte caída en los ingresos de los pobladores nativos de la provincia, como consecuencia directa del deterioro del medio, el emprendimiento apunta a un doble objetivo: incentivar la cría de llamas y alpacas como alternativa productiva de menor impacto y difundir la contribución ambiental que ello representa mediante tejidos tan tradicionales como los ponchos, confeccionados por tejedoras indígenas neuquinas.

"Nos interesa lograr un producto diferenciado, totalmente natural y artesanal, que sea resultado del cuidado del ecosistema del que surge", explica Marcos Brea, encargado de la comercialización de las artesanías de la Cabaña Las Lilas.

Según explica, la empresa eligió estos camélidos domésticos por su mayor docilidad para el manejo, respecto de los guanacos y las vicuñas, que pertenecen a la categoría de especies silvestres. Una de las características ventajosas de estos animales es que su desplazamiento provoca menor daño en el suelo respecto de los ovinos y caprinos, pues cuentan con almohadillas plantares.

Se trata de animales muy rústicos, con bajos requerimientos de alimentación y gran capacidad de adaptación a suelos pobres y a grandes amplitudes térmicas. Por todo esto es que fueron trasplantados con éxito a la Patagonia. En rigor, ahora disponen de mayor disponibilidad de pastos que en su región natural.

Una de las condiciones básicas de este emprendimiento es la baja carga animal en las 5000 ha que posee el establecimiento, lo que permite la recuperación de las especies vegetales más castigadas por una tradición de pastoreo continuo. Por otra parte, según comenta Roberto Ferreyra, a cargo de la cabaña Del Malleo, en la estancia San Ignacio, el consumo forrajero de cuatro llamas equivale al consumo de un vacuno.
 

Origen del plantel

Para iniciar este esquema productivo completo trasladaron ejemplares de llamas y de alpacas desde Catamarca, Salta y Jujuy, y encararon un trabajo de mejoramiento genético para superar cada vez más la calidad de las fibras y lograr alrededor de 15 reproductores que se venderán en el remate anual que la empresa organiza en Pasteur. La producción de carne no es un objetivo comercial pues no hay frigoríficos habilitados para la faena de estos animales. Por esta razón, y a la vez para facilitar la adopción de esta alternativa productiva en la región, se regalan los animales de descarte a ganaderos de las comunidades indígenas vecinas.

El establecimiento San Ignacio cuenta hoy con más de 1100 alpacas y llamas, de las cuales alrededor de la mitad son vientres. En promedio, allí obtienen 3,7 kg de lana por animal (los machos superan ampliamente esa cifra). Este año lograron casi 1100 kilos de lana tras esquilar la mitad del rodeo. Para que los ejemplares alcancen el largo de mecha adecuado se los esquila año por medio.

Al principio, la estrategia de la empresa era aumentar gradualmente el rodeo trasladando hembras en pie desde el norte del país, principal núcleo productivo de camélidos. Sin embargo, cuando se definió el Plan Nacional de Erradicación de la Aftosa en 2001 el establecimiento quedó comprendido en una zona considerada por el Senasa como libre de aftosa sin vacunación, por lo que se prohibió ingresar hacienda en pie proveniente de otras regiones argentinas. Como consecuencia, hubo que limitarse a reponer hacienda con los nacimientos del mismo rodeo. En este aspecto vale apuntar un dato: la cabaña logra un 74% de preñez y un 68% de crías.

Un dato curioso es que en el momento del servicio, hay que vigilar que no aparezcan guanacos, que suelen pelear a los machos para ganar el lote de hembras, y generalmente ganan la contienda. El resultado de la cruza: ni buena carne ni buena lana.

En emprendimientos de este tipo, un aspecto clave es la clasificación de la lana, de manera que era necesario entrenar al personal, y para eso recurrieron a especialistas del Perú. La Asociación Argentina de Criadores de Camélidos también aportó a esta empresa un soporte técnico importante, sobre todo en lo que se refiere a registros genealógicos que lleva la Sociedad Rural Argentina.
 

Los dueños del tiempo

El proyecto quedaría a mitad de camino si no se contara con un grupo de mujeres dispuestas a la producción regular de ponchos. Claro que, para encontrarlas, había que recorrer los áridos caminos del centro-oeste de Neuquén. Alicia Sorzana fue quien organizó un grupo de 60 tejedoras, de entre 16 y 80 años, localizadas entre Zapala y Loncopué. "Les costó mucho acostumbrarse a este tipo de fibra porque los mapuches trabajaron tradicionalmente con lana de guanaco y de oveja", explica. Después de varios intentos, las tejedoras lograron un hilado bien fino, para obtener ponchos cada vez más livianos (de hasta 1,300 kg).

Coordinar el trabajo de tantas mujeres no es fácil: no sólo hay que recorrer muchos kilómetros para visitarlas, también hay que evitar que coincidan en los diseños y controlar que no haya el mínimo error en todas las instancias del proceso, que va del hilado a la confección del poncho en telares verticales de 3 metros de altura. Pero lo más difícil es lograr cierto compromiso, pues los mapuches no son incentivados por el dinero. "Son los dueños del tiempo; no se los puede apurar ni exigir. En marzo empieza la cosecha del piñón, alimento muy importante en su dieta, y por ahí abandonan el poncho para salir a recolectar", explica Alicia Sorzana.

Para hacer un poncho intervienen tres mujeres y demoran hasta tres meses. Por estas razones, la producción anual no supera las 30 piezas. También tejen ruanas, cubrecamas, alfombras y matras. Todos estos productos se comercializan con la marca Cabaña Las Lilas, Artesanías Argentinas, en las exposiciones ganaderas de Palermo y Junín de los Andes, en ciertas hosterías de la provincia de Neuquén, y en el remate de hacienda que organiza la empresa en Pasteur, por valores que van desde 350 hasta 700 dólares. Según comenta Sorzana, lo que se obtiene se reinvierte en la producción.
 

Por Analía H. Testa
Enviada especial

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