Puerto Williams, Provincia Antártica Chilena, se siente a diario la clásica sensación del fin del mundo. Una capa de ozono inexistente, una luz natural blanca y brillante, vientos fríos, montañas nevadas y aguas oscuras componen un paisaje austral extremo, el verdadero final. Al contemplar el Canal Beagle desde el Cementerio de Puerto Williams, la sensación del fin adquiere toda su crudeza: cada tumba contiene un último yaghan. Jorge Pavez Ojeda, sociólogo

 
   

 

El fin del mundo o la política de la desaparición

Jorge Pavez Ojeda, sociólogo

En Puerto Williams, Provincia Antártica Chilena, se siente a diario la clásica sensación del fin del mundo. Una capa de ozono inexistente, una luz natural blanca y brillante, vientos fríos, montañas nevadas y aguas oscuras componen un paisaje austral extremo, el verdadero final.

Al contemplar el Canal Beagle desde el Cementerio de Puerto Williams, la sensación del fin adquiere toda su crudeza: cada tumba contiene un último yaghan: Rosa Yaghan Yaghan, Carlos Yaghan Yaghan, y otros yaghan apellidados Calderón, Cárdenas o Chiguay. A pesar de esta impresión de extinción (propia de los cementerios), la visita a Villa Ukika nos recuerda que aún viven los yaghan, agrupados en la Comunidad Yaghan de Bahía Mejillones, en recuerdo del último asentamiento voluntario de este pueblo, antes de su radicación forzada en la plaza naval de Puerto Williams. Ahí viven las abuelas Ursula y Cristina Calderón, sus hijos y nietos, vive Patricio Chiguay, dirigente de la organización. Viven a pesar de todo, y se resisten a lo que se ha llamado eufemísticamente la extinción de los canoeros, como si ese fuese un proceso natural, olvidando una historia de ocupación y colonización por la República, historia que más se parece a una exterminación. La consecuencia histórica final se puede resumir en una palabra más fría, menos acusadora, la desaparición. Sin embargo en esta República, hablar de desaparición ya es una acusación, porque no hay cementerios para todos los seres extintos, desaparecidos, exterminados.

Los yaghan no tuvieron tiempo de reaccionar ante el peligro, para entender la arrogancia de un Darwin que, incapaz de diferenciar entre plantas y humanos, los condenó a la indignidad como repugnantes, abyectos y cretinos (sic), que poco merecían vivir. Desgraciadamente, Darwin al igual que muchos militares y aristócratas chilenos, ha logrado eludir su responsabilidad moral ante la exterminación de un pueblo, responsabilidad moral y práctica, ya que no es difícil creer que los resfríos que traía el científico desde su Inglaterra natal hayan dejado varios cadáveres yaghan tras su huella. Así también, los yaghan recuerdan el engaño de un día de 1978, en que fueron enviados como carne de cañón a poblar las islas Picton, Lennox y Nueva, para hacer ocupación efectiva de unas islas hoy prohibidas a la circulación civil.

El agua, ese mar que tranquilo nos baña, no solo nos baña sino que ha absorbido las huellas de la exterminación, o al menos eso quieren hacernos creer. Según Occidente, el mar, como en las cosmovisiones marinas, ha absorbido los pueblos canoeros, según las fuerzas armadas, el mar se ha tragado los restos de los que detuvieron e hicieron desaparecer. Ahora al ver el mar, vemos como la gran continuidad del olvido, y sentimos como es usado para la transfiguración del exterminio en desaparición e extinción. Esta ahora más claro, el mar es el espacio donde desaparecen las diferencias, donde se extinguen los otros, es el espacio donde muere la tierra y todos los seres que han sido expulsados de ella.  Para el historiador Villalobos, la detención delas aguas del Bío Bío por medio de una represa solo confirmaría su teoría, los pewenche como pueblo de otro tiempo, tienen que desaparecer, extinguirse. Endesa solo se suma a esta supuesta necesidad histórica, para bien de la clase  media consumidora. El agua aquí ya no recibe a los cuerpos, el agua es retenida sobre ellos, en un esfuerzo hidráulico supremo que ignora cosmogonías, ecosistemas, historia, culturas, sustentabilidad energética, que ignora la vida en todas sus formas, ya que solo sabe de negocios, propios y ajenos.

Para todas estas máquinas y agentes del exterminio, algunos seres y sus mundos están condenados a desaparecer, condenados por los mismos que los juzgan, los eliminan y luego se hacen de sus tierras, sus aguas, sus fuerzas, sus valores. La exterminación de 3000 dirigentes del régimen popular le permitió a la dictadura y sus aliados apropiarse del país, extinguiendo su diversidad política, trasformándolo en una gran máquina homogeneizada de producción, consumo y destrucción, el gran circo del absurdo, como el despoblador de Samuel Beckett.

Este teatro también está poblado de yaghan, selknam y detenidos desaparecidos, que nos permiten juntar fuerzas para derrocar los que han vivido a costa de ellos. Y esa fuerza la podemos usar los que aún vivimos para exigir el fin de este régimen colonial, y sus políticas de exterminación, desaparición, y extinción sistemática de toda diversidad, con el único fin de reproducir la dominación. Cuando kai kai vilu aparezca en el territorio de Chile, no habrá tren tren para tanto winka responsable del fin del wenu mapu. Las abuelas Quintreman lo saben, por eso viven y vivirán siempre en Ralco Lepoy.

Hay que entender que Chile es un país colonial, y que, como la mayoría de las cosas en el Chile occidental, la reflexión sobre la vocación colonial está a sesenta años de los modelos europeos que las elites pretenden emular. Porque Francia e Inglaterra conquistaron África a finales del siglo XIX, y decidieron retirarse en los años 50 del siglo XX. Chile conquistó la Araucanía en la misma época, y su Gobierno, su Parlamento, y sus empresarios insisten hoy en perpetuar mas allá del siglo XX esta colonización, por la razón económica y por la fuerza militar. Y si observamos el teatro del hemiciclo senatorial, entenderemos que existe en ciertos grupos retrógrados un deseo inconfesable, pero perfectamente practicable, de extinción de los pueblos originarios, de su desaparición por medio de la exterminación de un pueblo como pueblo. De esto, el caso Ralco es un  magistral laboratorio, orquestado por un Presidente, varios tecnócratas, empresarios y un par de historiadores, todos dueños de una mente depredadora, de cuyo tipo vemos copados los poderes de la República. Este teatro tiene en el diario El Mercurio su escenario predilecto y su principal dispositivo de manipulación colonial. La arrogancia y la ambición los han enceguecido. Porque si le preguntaran a otros, diferentes de ellos mismos, les dirían lo que no quieren escuchar, porque no quieren otros que les arrebaten su poder. Pero el kimun y el epew mapuche son drásticos: la tierra hay que defenderla por la buena o por la mala, de esto va la sobrevivencia del pueblo.

Ante los peligros que ciernan hoy la vida de los pueblos en los territorios de Chile, surgen varias preguntas: ¿es necesario morir por sobrevivir como grupo, como pueblo, como nación, con identidad propia? Si fuera así, estamos condenados a desaparecer, y habrá que hacerlo con dignidad. En el caso contrario ¿cómo juntar fuerzas para detener la exterminación e imponerse a los agresores? ¿como tener el poder de sobrevivir y multiplicarse, multiplicar las diferencias, multiplicar los idiomas, las mezclas y también las fronteras del respeto?Y desde el cementerio de Puerto Williams, estamos tentados decir que en la política de la desaparición, los últimos serán los primeros. Algo así como ¡MARICHI WEU!
 
 

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