Centro de Documentaciˇn Mapuche Documentation Center
Mapuchito, 04 de noviembre de 2001

De la Patagonia al mundo

Mejorar la calidad de vida en sus comunidades y saber que no todo termina allí, son algunos de los objetivos del Centro Integral San Ignacio para sus alumnos, en su mayoría mapuches.

El cielo está en ensayos generales para el próximo diluvio universal, y ha decidido vomitarlo todo aquí, en este lugar donde no hay nada. Pasto desganado y seco, montañas con el lomo gris y la frente nevada, un río erizado por la lluvia. Dicen que el volcán Lanín está allá al fondo, pero no se nota. En este paraje líquido y pardo, a 56 kilómetros de San Martín de los Andes, sólo hay un invierno despiadado.

Un momento. Tal vez haya algo más. Porque uno a veces mira mal y piensa que no hay nada, y entonces se topa con cosas como ésta: cuatro puntos blancos, irregulares, levantados entre la pastura como dientes fuera de su sitio. Cuatro puntos que, vistos de cerca, son una escuela tremenda. Bienvenidos al Centro Integral San Ignacio: una agrotécnica privada y gratuita en el patio trasero del limbo patagónico que ofrece estudios de EGB y polimodal a chicos en un 70 por ciento mapuches. Chicos que viven en parajes mucho más recónditos que éste.

-Para ellos, es como una universidad -dice Sergio Rumene, uno de los directores, encastrado en un despacho chiquito y luminoso-. Los alumnos vienen desde comunidades muy alejadas, donde la educación se da en casa y donde en el mejor de los casos cursaron algunos años en una escuelita de campo. Entonces es como esos documentales de tortugas de agua: nacen miles y al mar llegan unas pocas. Esta escuela, lamentablemente, es algo así.

En las comunidades mapuches, unas 34 en todo Neuquén, muchas escuelas quedan a tres horas de camino, detrás de una y otra montaña, detrás del calor pastoso del verano y del frío paralizante del invierno. Pocos chicos sostienen sus estudios en esas condiciones. Entonces suelen quedarse en casa, criando chanchos y vacas, cortando leña y cultivando unas lechugas que la helada transforma en polvo. Desde 1982, sin embargo, la Fundación Cruzada Patagónica -a cargo del CEI (Centro de Educación Integral)- intenta recuperar a esos chicos para el sistema educativo. Van con micros y camionetas, hablan con sus familias e intentan demostrar que mandar al hijo a completar sus estudios sirve para algo. "Muchos piensan que acá los pibes pierden su cultura, pero todo lo contrario -aclara Rumene-. Muchos vuelven a la comunidad y aplican lo que aprendieron, arman invernaderos que permiten cambiar la dieta alimentaria de la familia, o hacen emprendimientos apícolas. De todos modos, en el campo no habrían servido: si tenés una parcelita y siete hermanos, no da para que todos trabajen. La idea es que ellos tengan herramientas para no terminar en el pueblo como albañiles."

Además de las materias tradicionales, ellos tienen talleres de carpintería, manejo de tractor y motosierra, producción agropecuaria, mecánica, electricidad, agricultura, apicultura, cría, forrajes, forestación, floricultura y -por si acaso- albañilería.
Entonces, una clase normal puede ser una clase con chanchos. Gordos, peludos, con el hocico tapado de rica porquería. Entre los bichos, en un cubículo que bien recibe el nombre de chiquero, está el profesor. Afuera están los chicos, palmeándole el morro a algún chanchito, aprendiendo a reconocer una hembra alzada, a alimentar al animal con el forraje correcto y a criarlo para que en las fechas de mayor consumo esté listo para faena.

-¿Cuándo se come mucho cerdo? -pregunta el profesor, Enrique Muro.
Silencio uno. Silencio dos. Sólo se escucha un diálogo entre chanchos. Un coro de alumnos entusiastas, finalmente, responde: -¡En Semana Santa!
A marzo.
-¡Locos están! ¡De acá nos van a echar a todos!

El CEI nació en una parroquia de Olivos. Hace dos décadas, dos matrimonios de veintipico decidieron hacer patria en el Sur. Vendieron sus casas y cambiaron posiciones económicas muy tranquilas por el frío helado y el viento de calce profundo de Junín de los Andes. Un video de esa época lo muestra a Germán Pollitzer, el cerebro de toda esta cuestión, agarrando un puñado de tierra en el medio de la nada -en Junín, había sólo tres casas y un asentamiento militar- y diciendo esto va a ser una gran escuela.

El comentario, en ese contexto, daba un poco de vergüenza ajena. Pero la propuesta se cumplió. Levantaron una salita del tamaño de un living y fueron a las comunidades mapuches -ubicadas entre 20 y 400 kilómetros- a buscar alumnos. Al principio, había rechazo: los huincas (blancos) tenían un prontuario de varios siglos. "Era difícil, porque los mapuches habían sido defraudados tantas veces que pensaban que nosotros éramos una promesa más -recuerda Pollitzer-. Son tantos los políticos que van, prometen, captan votos y no vuelven que ellos siempre nos preguntaban: ¿Ustedes van a quedarse acá? ¿Y en invierno también? Y lo miraban a mi hijo Francisco y decían: ¿Y el rubito también se queda? Sólo cuando vieron que pasaban los veranos y los inviernos y nosotros seguíamos con ellos, se relajaron un poco."

Al principio, eran cinco hectáreas de terreno y un aula diminuta. Ahora son quince hectáreas, y un establecimiento inmenso con comedor, dormitorios, gimnasio, muchas aulas y también una capilla.

Los mapuches no son cristianos. Hacen rogativas a Nguenechen, su dios, y desde hace algunos años se vuelcan al culto evangélico, que puso el pie hasta en la punta del Lanín. En la escuela aseguran que el rezo no es obligatorio y que los alumnos no pierden su acervo cultural: hay también clases de lengua y cultura mapuches para reforzar los lazos propios. Las cruces del comedor, los pasillos y las habitaciones, dicen, sólo están para reflejar las creencias de los fundadores.

-Da igual. Por lo que entiendo, todos rogamos al mismo dios.
Segundo Curiñanco entiende. Y no dice mucho más. Hablar con él o los alumnos es como hacer pesas. Nada fluye livianamente porque la gente de las comunidades habla sólo lo necesario. Uno se entera de la vida de estos chicos por medio de sus maestros. Ellos contaron la historia de Segundo: 22 años, siete hermanos, vive en una comunidad con un lognco (especie de líder o intendente) que es también ex alumno del CEI. Segundo es, además, un caso de excepción: fue enviado a estudiar por impulso de sus propios padres.

-¿Qué pensás hacer cuando termines?
-Quiero seguir como técnico forestal o veterinario, que se estudia en San Martín de los Andes o en La Pampa. Pero va a ser difícil... por la plata, ¿vio?

Un pasaje en colectivo hasta Chiquilihuin, su comunidad, cuesta 5 pesos. Algunos viernes, a las 6 de la tarde, Segundo se arma el bolso y se va caminando. Son casi doce horas parando apenas, cincuenta kilómetros que se terminan de cruzar a las 5 de la mañana del día siguiente. A veces lo levanta algún coche. Pero, en general, la vida parece transcurrir muy lejos de estas rutas.

El camino de Segundo está atorado de sauces con las puntas moradas por el frío. Hay también ovejas y vacas y caballos que no entienden eso de que las carreteras son para los coches; y al final de todo, detrás de esta montaña y de la otra, justo en ese paraje con lamparones de nieve como manchas de nacimiento, está Chiquilihuin: una comunidad de 85 familias que tiene luz, cooperativa, FM, un edificio con grupo electrógeno y unas casitas que antes eran de adobe y ahora -plan de vivienda mediante- son de material.

-¿Y es mejor?
-En invierno, casi viene a ser lo mismo porque igual se filtra el agua.
Las palabras nacen de un ventanuco oscuro que alguna vez estuvo lleno de dientes. Doña Felicinda Calfu, la mamá de Segundo, habla y ceba mate: una agüita fuerte y caliente en esta casa oscura y helada. Hay una radio chiquita y rechinante, piso de un material agrietado, un espejo que dice Happy new year!, y un bonsai que corre y ladra y que en realidad es un perro. Pronto llegará José Valentín Curiñanco, el padre de Segundo: botas de caña alta para la lluvia y la nieve, mejillas arañadas por el frío. Llegará y dirá: -Si al hijo no le damos el estudio, al final termina como uno, de pionero, trabajando al aire con lluvia, nieve, de sol a sol.

Hay familias que no pueden mandar al hijo a estudiar: cada núcleo (de por lo menos ocho personas) vive con un total de 150 pesos. En algunos casos, cuando las casas están a 400 kilómetros del CEI (800 ida y vuelta) el transporte cuesta 60 pesos, un dinero equivalente a la producción del chico durante todo el año. De peón o de criancero, el hijo queda en la casa y crece y tiene hijos que también quedan allí. "Otro motivo por el que se resisten es que a veces el padre hizo la primaria y después siguió en el campo criando las mismas ovejas de toda su vida" -explica Christian Hick, otro de los directores del CEI-.
"Entonces el tipo dice para qué voy a mandar al pibe si yo estudié y no me sirvió de nada. Pero finalmente los convencés. A esta altura, la escuela es conocida en la zona y nosotros, cuando sabemos que no pueden pagarse el viaje, los vamos a buscar con una camioneta."

El CEI tiene un gasto de un millón de pesos por año. De ese dinero, 400 mil son enviados por el Consejo Provincial de Educación neuquino: alcanza para cubrir los sueldos de los docentes, y para aportar 52 centavos diarios, por alumno, para alimentos. Para todo lo demás (alimentación digna, calefacción, transportes y otros) están los aportes privados que consigue la Fundación Cruzada Patagónica. Esta ONG -responsable del CEI- decidió apelar al llamado "marketing filantrópico" para obtener de las empresas los 600 mil pesos restantes.

Las compañías quieren lavar su imagen, y apelan a las obras de bien para hacerlo. "Es algo habitual en Estados Unidos, donde no se conciben firmas sin un pilar de conciencia social" -explica Diego Baudo, jefe de albergues del CEI-. "Pero acá todavía no está funcionando demasiado. Tratamos de convencerlos de poner dinero y a veces los enganchamos; te dicen que no están interesados o que ya colaboraron con el padre Farinello. Pero, si encarás a un gerente y le decís que hay cien chicos que se levantan y hace 5 grados bajo cero y no hay calefacción, y que con 7 mil pesos lo arreglamos, ellos suelen ceder."

Imaginen una mañana de invierno: los gallos quiquiriqueando, el frío de la escarcha subiendo como un vapor helado. Al principio, y en estas condiciones, levantar a los chicos requería planeamiento estratégico. Plan A: entra el director del albergue con una armónica marca Acme. Sopla al estilo La novicia rebelde, pero no funciona. Plan B: entra el mismo director, armado con olla y cuchara y montando un candombe insoportable. Nada. Plan C: misma olla, pero esta vez cargada con agua. Sólo unas gotitas por alumno. Tampoco. "Probé con un grabador y música, dándoles vuelta el colchón...", recuerda Ricardo Rivero, docente de computación, director ejecutivo y uno de los fundadores de la escuela. "Sólo cuando se empezó a servir el desayuno estrictamente a las 7:30 comenzaron a levantarse a horario. Y ahora, vos vieras la disciplina que tienen." Vos vieras.

Las habitaciones son colmenas de disposición inmaculada y geométrica, aire ligeramente tibio, ausencia de pósters en la pared y camas hechas. No hay una media fuera de su sitio. La disciplina también se siente fuerte a la hora de comer. En el comedor -una guarida tibia, con olor a guiso o leche o torta frita- algunos se encargan de servir: kilos de alimento saliendo de unas ollas que parecen Ovni. A otros les toca lavar. Otros, la mayoría, comen bajo el sopor de un murmullo áspero y constante.
Pero ahora, a las 9 de la noche, ni el murmullo queda.

Es el momento de los mensajes. Si alguien tiene alguna queja, sugerencia o comentario, lo puede hacer ahora. Un alumno se levanta y retoma un tema que se viene discutiendo desde hace algún tiempo: organizarse para comprar entre todos una tele 29 pulgadas, y poner DirectTV. "A las escuelas rurales, les dan gratis los canales de educación, porque son estatales. Pero al CEI no porque es privado -explica Christian Hick-. Podríamos gestionarlo, pero tampoco queremos que los chicos se acostumbren a conseguir todo por caridad."

En la escuela rural donde trabaja Miguel Huenuquir (ex alumno del CEI) hay DirectTV. La antena es un chiste cruel, una oreja helada y blanca escuchando el viento. Para llegar hasta donde el cable llega, hay que cruzar un camino parecido al hipo, y un paisaje que no cambia: laderas de un verde raído, cerros con cimas plomizas por la lluvia. La escuela queda en Costa de Malleo, un paraje de la comunidad Painefilu. Ahí está Miguel Huenuqir, cebando mate con azúcar y diciendo que "antes era puro amargo, hasta que en un momento preferí dulce porque es mejor." Una metáfora cursi de su vida. Miguel egresó del CEI en agosto de 1999. Quería seguir el profesorado en Neuquén, pero por cuestiones económicas volvió a su casa. Acá lo esperaban una madre viuda, una abuela, una prima y seis hermanos. Con lo aprendido en el colegio, Miguel mejoró la huerta. Tiempo después, se largó a la vida dulce y empezó con la apicultura. Ahora vende miel en su comunidad. "Me pareció fácil tener tantas abejas. Fácil y lindo. Veo cómo trabajan, tan organizadas, y me gusta. La apicultura no era normal en Painefilu. Si usted le pregunta a una anciana qué es una abeja, le dice si son esos bichitos que dan miel."

-¿Cuál es tu meta? ¿Vender miel en Junín?
-Ojalá. Pero yo sueño con tener trabajo y que me paguen acá en la escuela.
Miguel da clases y ayuda a mantener el invernadero del colegio. Esta última actividad siempre fue patrimonio femenino: desde siempre, las mujeres se encargan de la tierra y de parir hasta la menopausia. Por eso, cuando se trata de convencer a los padres para que manden a sus hijos a estudiar, se complica doblemente si ese hijo es mujer.

Desde hace cinco años, hay chicas en el CEI. Todas, actualmente 40, se hospedan en un albergue llamado La Casa de Alejandra, a prudente distancia del dormidero masculino, en Junín de los Andes. Fue construido con las donaciones del Saint Brendans, una escuela de Olivos que, justo cuando se hizo esta nota, estaba enviando a sus alumnos al Sur. Los chicos habían ido a un campeonato de esquí en San Martín de los Andes y, ya que estaban, aprovecharon el viaje para visitar el colegio al que habían ayudado.

Ahí están. Avanzan por el largo camino que une la entrada al CEI con las instalaciones. Todos tienen uniforme naranja.
"Uf, mirá qué altos", dice alguien que los ve acercarse. Es hora de la merienda y entran los Brendans en el comedor, se sientan en medio de un silencio incómodo. Huele a chocolate y tortas fritas, y los Brendans empiezan a repartir chicles y caramelos. Mientras tanto, los docentes locales cuentan a los docentes Brendans lo difícil que es hacer que la leche y la comida alcancen.
Antes de pisar el colegio, la mayoría de los alumnos no sabía lo que era un baño. No entendían el propósito de un azulejo, la ducha era un monstruo y usaban la toalla en vez del papel higiénico. Cosas como éstas también fueron parte del aprendizaje, pero no por cuestiones de "civilización o barbarie". A estas alturas, el buen uso del papel higiénico puede ser sinónimo de empleo. "Si en un trabajo se limpia así lo echan -explica Sergio Rumene-. Hay mucha discriminación por parte de la gente, e incluso por parte del Estado. Si, por ejemplo, querés meter a estos chicos en el plan nacional de becas, que depende del Ministerio de Educación, no entran en las planillas porque no los cargan. Saltan porque tienen más edad. Acá todavía no les entra el concepto de Universidad. Una abuela una vez preguntó: ¿Universidad es esa casa grande donde se estudia? Porque una cosa es una abuela inmigrante que tenía tercer grado hecho y otra, la abuela que no conoce un baño."

No conoce baño, pero sí conoce a Sobisch Gobernador. Porque las calcomanías de campaña, como las estampitas, llegan hasta donde llega el oxígeno. Según Laura Costa, la profesora de Lengua, Sobisch Gobernador muchas veces es el único material de lectura que hay en las casas de los alumnos. "No saben manejar un libro, no saben cuál es la tapa, la contratapa o el índice, y es lógico, entonces cuando los llevás a conocer la biblioteca de la Universidad del Comahue se les salen los ojos" -dice ella: 31 años, y un bebé recién nacido durmiendo a su lado-. Es discutible, pero para mí que vengan del campo no significa que no tengan que conocer a Cervantes. Hacemos concursos literarios y son muy buenos en payada y literatura gauchesca, pero nunca una hache."

Al lado de Laura, el bebe está en su pequeño limbo ensoñecido. La charla se hace en el comedor del colegio, y eso significa alumnos pasando una y otra vez: paran, miran al nene en silencio, se emocionan en silencio, dan un beso a su maestra y se van.

-Tendría que haber vestido de rojo al nene.
-¿Por qué?
-Porque la mía es una materia filtro y casi todos los alumnos se la llevan. Me deben odiar. Porque a veces me preguntan para qué les sirve saber La Celestina, y yo a veces también me lo pregunto.

Laura se desespera mientras los chicos pasan y besan y sonríen con sonrisa que parece sincera. Como si ellos, a estas alturas, supieran para qué.

Texto: Josefina Licitra
Fotos: Rodrigo Abd

El valor de la tierra

La Fundación Cruzada Patagónica desarrolla actividades por afuera del colegio. Las tres principales consisten en asesorar a las comunidades para que mejoren sus sistemas de producción, para que saquen su DNI y para que conserven sus tierras sin riesgo de que el poder económico se las arrebate. Este tercer tema no es menor: la gente de las comunidades mapuches antes vivía en pampitas lindas y fértiles donde hoy está Junín de los Andes. Pero desde la Conquista del Desierto en adelante, se los fue empujando hacia la Cordillera, a zonas con malos suelos y pésima comunicación. "La Conquista no terminó el siglo pasado -aclara Germán Pollitzer-. Los estancieros, gente como Turner y derivados, siguen acorralándolos y entonces los campesinos vienen a verme y me dicen Don Germán, nos está moviendo los alambrados."

Pollitzer es abogado. Desde hace veinte años asesora a las comunidades para que consigan el título de propiedad de sus tierras. Porque, si bien inmensas áreas de terreno históricamente les pertenecen, a estas alturas es imposible recuperar lo perdido. Lo que se intenta, por lo tanto, es que lo poco que les queda no les sea también arrebatado. "Hay muchos intereses puestos en estas tierras, y por ese tema yo recibí varias amenazas de muerte"-asegura Pollitzer-. "Las razones son obvias: ahora, por ejemplo, acaba de salir el título de propiedad de la comunidad Vera. Recuperaron 263 hectáreas en el ejido urbano de San Martín de los Andes, y eso en términos económicos significa once millones de dólares que el municipio pierde. Acá hay muchos intereses en juego."