LA NACION LINE | 23.11.01 

La Nación (Buenos Aires), 23 de noviembre de 2001.

Mapuches rodeados por el agua

Es una comunidad afincada en el partido de Gral. Viamonte
 
Los chicos mapuches, a caballo, llegan a la escuela

LOS TOLDOS.- Afincada a mediados del siglo XIX en el noroeste bonaerense, una comunidad mapuche, integrada por unos 200 aborígenes -alrededor de 40 familias- y sus descendientes, lucha por mantener su identidad en medio del drama de la inundación.

Cuentan que en 1862, después de salir de Temuco -al sur de Chile- y peregrinar por La Pampa, Córdoba y Buenos Aires, el cacique Ygnacio Coliqueo (1796-1871) llegó hasta esta zona y, en un paraje conocido como Tapera de Díaz, asentó junto a su tribu mapuche -integrada por unos 400 indígenas- el caserío de Los Toldos en lo que es hoy el partido de General Viamonte. En 1857, Coliqueo, un defensor de la integración, se había incorporado al Ejército, donde llegó al grado de coronel.

Por su carácter de "indio amigo", en 1868, durante la presidencia de Bartolomé Mitre, se produjo la cesión de las tierras -unas 16 mil hectáreas- a la tribu, para facilitar su establecimiento, tal como lo afirma el cura benedictino Meinrado Hux, en su libro "Coliqueo, el indio amigo de Los Toldos".

Hoy, el agua tiene cercadas a las pocas familias mapuches que aún permanecen afincadas en los terrenos originales. Hasta hace una semana estuvieron totalmente aislados. Un estrecho camino, cubierto por el agua en varios tramos, lleva al paraje hoy conocido como La Rinconada, donde aún existe un antiguo cementerio indígena.

Así lo cuenta Liliana Inés Antimán (Cóndor del Sol), que, junto a su marido y dos de sus cinco hijos, vive en el lugar y se las arregla apenas criando unos pocos animales.

Siguiendo por el sendero que conduce a La Olla, un extraño accidente geográfico -paradójicamente seco en medio de miles de hectáreas anegadas- al que se le atribuyen virtudes energizantes, se llega hasta la Escuela N° 18 Olegario Víctor Andrade, a la que asisten siete chicos con ascendencia mapuche. Allí, la docente, Mariana Ibarra, elaboró un proyecto de rescate de la identidad. Desde mayo último, cuando se hizo cargo del establecimiento, organizó un coro que canta canciones mapuches, integró a sus alumnos a un taller de telar y trabaja para difundir la historia del lugar mediante el testimonio de sus moradores más antiguos.

Al borde del casco urbano está la Casa Cultural Mapuche (Ruca Kimun Mapuche Feiantu). Allí, descendientes y mestizos tienen un espacio para desarrollar actividades culturales. En ese lugar, Martín Antimán, de 72 años, amasa el pan para los otros mapuches mientras recuerda los tiempos en que, junto con sus hermanos, araba el campo tirado por dos caballos y el trabajo no escaseaba. "Con el tiempo todo se fue perdiendo, la gente se disgregó, pocos nos ayudaron y hoy peleamos para no desaparecer", concluyó.

Pablo Morosi

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