lunes 29 de octubre de 2001

Entre aucanes y volcanes

El conflicto indígena que se presenta con fuerza en el país, provocado desde sus inicios por agentes externos de cierta figuración pública, ha tomado hoy el rumbo que sus instigadores se propusieron y del que probablemente ya no es posible volver atrás.

Desde la oposición inicial del Grupo de Acción por el Biobío, Gabb, que enfrentó virulentamente la construcción de las centrales hidroeléctricas, pasando por la destrucción y toma de predios forestales por activistas ecologistas, se sumó pronto a esa campaña fundamentalista la vocinglería de un negativo parlamentario de la región que esgrimió los argumentos más bajos para frenar el desarrollo regional. Mientras los culpables se han ido y observan su ''obra'' desde Santiago, Valparaíso y Concepción, su siembra de odio crece hoy en las planicies costeras araucanas de los mapuches lafkenches y en los cajones cordilleranos de los pehuenches andinos.

Su veneno ha dado sus frutos y es clara hoy la división que se observa en las comunidades de Arauco y del Alto Biobío, antes tierras pacíficas y de convivencia plena en la vida y cosmovisión indígena. Muchos de los peores enemigos que hoy tienen las comunidades son algunos de los propios hermanos de raza, los que están esgrimiendo oscuras prácticas aprendidas de los agentes externos, como el manejo del terror para imponer sus ''liderazgos'' y a través del cual expresan las posiciones más extremas del ecologismo y el indigenismo actual.

En una articulación progresiva de organización y coordinación creciente de varias agrupaciones indígenas, el Consejo de Todas las Tierras surge con mayor fuerza en un contexto en el que este conflicto ha resultado un caldo de cultivo de enorme potencial y a partir del cual controla la voluntad de incautos indígenas listos a servir las órdenes de esa asociación extremista. Es lo que ha propiciado que en la actualidad, en varias comunidades mapuches, costeras y andinas, casi sin excepción, se estén enfrentando con violencia creciente las distintas visiones que existen respecto al tema de reivindicaciones de tierra.

Mientras para la mayoría de las comunidades, pacifistas por esencia, el diálogo y las conversaciones deben ser el camino para avanzar en ese reclamo, unos pocos alienados alientan la lucha directa y el enfrentamiento armado, atentando contra la integridad física de los comuneros que no comparten sus afiebradas posiciones. Es claro que hay un tema pendiente respecto de la situación de los pueblos indígenas en cuanto a sus opciones de igualdad para alcanzar el camino del desarrollo, pero es igual de evidente que es necesario entender que ello no puede ser motivo para quebrar una sociedad organizada que vive en pleno estado de derecho como es la nuestra.

Alfredo Palacios Barra


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