La República (Uruguay), 3 de diciembre de 2004.
REQUIEM PARA H.D.
JUMA

Los uruguayos tendremos que aceptar cambiar nuestro pasado guerrero por otro agricultor

Una noticia nos removió ayer visceralmente a los orientales casi un siglo de conocimiento sobre nosotros mismos, y nos catapultó hacia una protohistoria regional hasta ahora inédita, o al menos, apenas conocida entre científicos e iniciados.
 

Nuestros ancestros más remotos no serían aquellos hombres anárquicos, trashumantes, guerreros bravíos, que vivían "de la caza y de la pesca", indoblegables y en cierta forma románticos charrúas, que incluso dieron origen a la leyenda de una "garra" -que aunque devaluada por los siglos- sirve a veces para justificar muchas debilidades.

Muy por el contrario, la noticia, publicada por la revista británica "Nature" y que recorrió hace pocas horas las redacciones del mundo nos habla del resultado de unas investigaciones llevadas a cabo por un grupo internacional de científicos dirigido por el doctor José Iriarte, antropólogo, arquéologo y paleobotánico del Instituto Smithsonian para la Investigación Tropical de Panamá, las que revelan la existencia de una compleja sociedad agrícola ubicada en la Sierra de Los Ajos en una zona pantanosa del departamento de Rocha, a unos cien kilómetros aproximadamente de la capital departamental. En los cerritos de Los Ajos, se ha podido reconstruir una red de 10 aldeas donde se cree vivieron entre uno y cinco centenares de personas.

Estas aldeas estaban diseminadas en la zona de los bañados y no alejadas mucho más de unos 10 kilómetros una de otra y sus habitantes cultivaban maíz, zapallo porotos y achira de la cual consumían sus tubérculos que hasta hoy en algunas zonas rurales de nuestro país hay quienes incluso les asignan propiedades curativas y alimenticias.

Pescaban y cazaban también algunos animales que entonces proliferaban en estos territorios como el venado, el carpincho, la nutria y la comadreja.

El agua la conservaban en calabacines secos, vasijas de madera y de cuero.
 

Los testimonios

Los testimonios arqueológicos encontrados consisten en algunos trozos de cerámica, las clásicas puntas de flecha, morteros de piedra, huesos de animales con muestras de haber sido utilizados como alimento, pero sin embargo todo ello no era suficiente para determinar la relevancia del asentamiento. Los científicos extrajeron de los "cerritos" en laboratorios los fitolitos con minúsculas células mineralizadas que integraron tejidos botánicos.

En los útiles de molienda de vegetales encontraron granos de almidón y uno y otro detalle refrendados luego por estudios dirigidos por Eduardo Alonso del Departamento de Botánica de la Facultad de Química en nuestro país que efectuó relevamientos comparativos en los fitolitos de plantas actuales en la región con los fósiles encontrados por el grupo del doctor Iriarte.
 

Presencia indígena hace 12.000 años

Al respecto LA REPUBLICA se contactó con Rodolfo Martínez Barboza, integrante de INDIA (Integrador Nacional de Descendientes Indígenas Americanos), quien nos manifestó que "estas investigaciones que integran un conjunto de iniciativas similares que desde hace muchos años vienen llevando a cabo distintos estudiosos uruguayos, dan por tierra con 'la historia mito de H.D.' que de una forma u otra hasta ahora ha sido el referente de varias generaciones que fueron educadas creyendo que el indio charrúa era nuestro único antecedente indígena o al menos el más significativo".

"Incluso, de acuerdo con investigaciones llevadas a cabo por el antropólogo Suárez, profundo estudioso del tema en silencio como tantos otros, se ha comprobado que existen referencias que datan de unos 12.000 años de presencia indígena en estos territorios y ello ha quedado demostrado por ejemplo con las pinturas encontradas en el Cerro de los Burros en las cercanías de Piriápolis en el departamento de Maldonado". Los primeros habitantes del continente americano arribaron a estos territorios hace unos 15 o 20 mil años, y lo hicieron atravesando el Estrecho de Behring.

Lentamente las comunidades fueron dispersándose por esta nueva geografía y recién unos dos mil o dos mil quinientos años después América del Sur comenzó a poblarse. Un milenio más tarde aproximadamente llegaban desde el anchuroso noroeste continental los primeros seres humanos al espacio territorial que es hoy nuestro Uruguay.

El hallazgo de las grandes culturas indígenas andinas hizo pensar durante mucho tiempo -y así lo leímos varias generaciones en nuestros manuales de historia- que los moradores en los Andes se habían sedentarizado mientras que en las penillanuras especialmente en las zonas de tierras bajas del Amazonas sudeste de Brasil y Uruguay, las comunidades continuaron como simples cazadores y recolectores.

Sin embargo hace un tiempo ya en la zona amazónica se hallaron vestigios de sociedades indígenas sedentarizadas con una antigüedad revelada entre tres y cuatro mil quinientos años. El asentamiento de que se trata en nuestro país parecería ser aun más antiguo que aquellos.
 

"Socializar el mundo académico"

"Ya en el año 1999 en un congreso efectuado en Rocha precisamente se hicieron conocer investigaciones que revelaban que habían existido ancestros que cultivaban maíz, algún tipo de porotos y otros frutos".

Manifestó también que lo que algunos cuestionan son las dificultades que existen para "socializar el mundo académico", aunque aclaró Martínez Barboza que muchos jóvenes investigadores con la consigna de "sacar la arqueología a la calle" están tratando de unificar criterios y conocimientos en beneficio de un resultado común. El estudio que ha dado motivo a esta nueva visión de nuestros origenes informa en un comentario de Peter Stahl de la Universidad de Binghamton -Estado de Nueva York- publicado por la revista especializada "Nature", que este descubrimiento "elimina la masa de interpretaciones trasmitidas por generaciones de arqueólogos".

Esa cultura agrícola primitiva, habría desaparecido luego paulatinamente con la introducción por parte de los europeos del caballo y del ganado bovino en estos territorios, entonces solamente enormes praderas muy distintas morfológicamente a lo que hoy conocemos como tales, ya que el caballo atentó contra su sedentarismo facilitándole el trasponer grandes distancias e incluso utilizarlo como estrategia militar de defensa y ataque y los vacunos alteraron su cultura de vida aportándole nuevos elementos de sustento y materias primas para su cotidianidad. Pero otros factores también habrían incidido notoriamente en su desaparición o al menos en su disgregación. Por un lado los fazendeiros portugueses que incursionaban por estas comunidades capturando a los hombres, mujeres y niños más fuertes para venderlos como esclavos en el territorio paulista y por otro los procesos de contagio adquiridos por enfermedades trasmitidas por el hombre blanco que diezmaban las comunidades indígenas.
 

Y los charrúas ¿qué?

El licenciado en Antropología Diego Barco ha realizado largas investigaciones en el Archivo de Indias y acaba de publicar un libro sobre los Guenoas en el que plantea que estos territorios, contrariamente a lo que la tradición y la historia "oficial" hasta ahora indican, no serían predominantemente charrúas, ya que estos habrían sido los más tardíos en incorporarse a las comunidades residentes en estos sitios, por lo que afirma que nuestros ancestros fundamentales serían guenoas.

Hay noticias que refieren incluso, desmitificando la leyenda que se ha generado sobre la etnia charrúa, que estos indígenas habrían capturado chanaes y guenoas para venderlos en el mercado de los blancos esclavistas de Rosario, junto al Alto Paraná.

Pero más allá de la importancia de continuar con estas investigaciones que nos están descubriendo quizás hasta una raíz de identidad distinta a la que ha sido hasta ahora nuestra definición de tal, está la trascendencia del aporte que los científicos compatriotas le entregan a las futuras generaciones de uruguayos que quizás, en algunas décadas más, acepten que "la garra charrúa" no significa nada para nosotros, sin que ello signifique que se refieran a las venturas o desventuras de un seleccionado de fútbol celeste, sino a la verdad histórica que por fin, después de un largo y silencioso exilio de varios milenios, habría aflorado a la memoria y el conocimiento colectivo de los orientales.

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