Clarin (Buenos Aires), 15 de enero de 2005.
CULTURA INDIGENA
DIEGO ROJAS

El rito del CD mapuche

Un CD rescata las canciones rituales y las coplas de las comunidades mapuches que habitan en la Patagonia. Se documenta así una cultura que carga con saberes ancestrales y cuya característica central es la búsqueda de la armonía entre el hombre y su entorno natural.

 

EN LA ESCUELA. Un grupo de mapuches reunidos con su lonko (autoridad regional) en los preparativos para concretar la grabación.

GRABANDO. Celinda Leufu durante la grabación. Los aborígenes recuperaron una música antigua que corría peligro de desaparecer.
Con sonido ambiente

El disco "Feley" ("Así es" en lengua mapuche), fue grabado en las comunidades de Futa Huau, Costa del Lepá, y Vuelta del Río por sus propios habitantes, por una iniciativa del periodista Adrián Moyano, quien escribió una detallada introducción al mundo mapuche que acompaña la grabación. También intervino Mauro Millán, de la Organización 11 de Octubre (puelweycha@latinmail.com). Fue editado por el sello Superpatria, de Bariloche. Para contactarse: (02944) 525-696 o superpatria@hotmail.com


Hace una década los expertos y los mundanos daban por concluida la tarea que iniciara hace tanto tiempo el general Julio Argentino Roca. "Ya no hay mapuches en las tierras del Chubut", decían o, lo que es lo mismo, aducían que quedaba solamente una comunidad viva perdida en el desierto, como un entretenimiento antropológico, como un Jurassic Park de lo aborigen.

Pero los mapuches renacen hoy en cantos, literalmente. El sello Superpatria acaba de editar el disco Feley, que recopila canciones rituales y coplas cotidianas de los integrantes de la nación mapuche por primera vez, interpretadas por sus ancianos, acompañados en los coros por jóvenes y niños. Canciones que se entonan en la Patagonia desde siempre y que se desperdigan, diez años después del certificado de defunción y solamente en Chubut, entre más de 60 comunidades, núcleos de otro tipo de vida y de costumbres, sobrevivientes de una y varias masacres, que hacen música y dicen: "Aquí estamos. Estamos vivos. Gozamos de buena salud".

Un aire antiguo se instala desde el primer track del disco: es el llamado que se realiza con la trutunka, instrumento hecho con la caña del colihue y que tiene en la punta un cuerno de toro con el que se da la bienvenida todos los días a la luz del sol. "Es que no es un disco para contar solamente cosas del pasado: esta es nuestra cultura actual, nuestro arte cotidiano", dice Mauro Millán, werken (vocero) de la Organización 11 de octubre, una coordinadora de las comunidades mapuches de la región. "Con una camioneta y un equipito nos fuimos para grabar a las comunidades. Claro que ya se había dado la aprobación colectiva para el disco. Había algunas voces renuentes, que resaltaban el carácter íntimo de nuestro conocimiento. Pero prevaleció la posición de que nuestro pensamiento debe ser compartido con la humanidad", cuenta Millán. "Muchos de los cantantes son ancianos y ancianas que cuando fallecen se llevan consigo sus pensamientos. En este disco participaron gustosos para no perder saberes ancestrales. De algunos no sabíamos si iban a estar presentes cuando el disco apareciera. Alguna hermana es centenaria. Pero están todos y siguen cantando", agrega.

Un idioma extranjero que se habla en los confines de esta patria, una repetición rítmica de voces, compases varios de raros instrumentos, unos discursos en los que se infiltra el español de a ratos, unos relatos, unas risas, unos poemas. Así es la experiencia de escuchar Feley, que no se asemeja a la world music de David Byrne. "Se le canta a los otros elementos, al viento, a la lluvia, a un águila, a un puma. Para el mapuche lo más importante es la relación armónica con la naturaleza, de la que formamos parte sin tener privilegios por el hecho de ser humanos. Ese es parte del legado ancestral que se encuentra en estas canciones", comenta Millán. "Hay canciones que nacen de la experiencia personal del que canta. El cantor la transforma en música y la entona cuando hay una reunión. Porque el objetivo es que de esa experiencia surja un aprendizaje colectivo", dice el werken. Y al escuchar esa música se percibe el espíritu de ese tipo de reunión.

En la batea

¿Dónde ubicará el encargado de una casa de música al disco Feley? ¿En la batea del folklore, en la de músicas del mundo, prepararán una especial quizás? Mientras se deciden, los protagonistas de esta apuesta mucho más que musical tienen otro tipo de preocupaciones. "Somos más de sesenta comunidades. Queremos que llegue un disco a cada una, pero nadie tiene reproductores de CD. Les hemos dicho a la discográfica que haga una edición en casetes, pero nos dicen que ya no se hacen. Y para nosotros es muy importante que nuestra propia gente escuche y resguarde del olvido esta música, estos rituales", dice desde ese sur desértico, como aguardando las buenas nuevas del destino, como quien no pierde las esperanzas.

"En la comunidad de Futa Huau grabamos las canciones en una escuelita recuperada", cuenta Millán. Y cuenta cómo al comenzar la dictadura de Videla unos terratenientes agrandaron los límites de su estancia, primero con alambres, luego con balas de fuego. Y dentro del territorio ganado a los mapuches quedó la escuelita, que fue clausurada por sus nuevos dueños. "En 1993 decidimos recuperarla y, desalambrando, la tomamos de vuelta. Ahora es nuestra nuevamente. Mientras las viejitas y los jóvenes grababan los cantos dentro de esas paredes, yo recordaba con emoción", confiesa. Y es que grabar este disco es otra forma de plantar soberanía. Feley, que en lengua mapuche significa "así es", es una nueva manera de dar batalla contra los efectos depredadores de una añeja dominación cultural.