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LA HISTORIA DE LOS ABORIGENES CAUTIVOS EN MUSEOS
Una pieza viva de colección

Por C. A.

Cautivos hubo de los dos bandos. Así como mujeres blancas fueron a parar a manos de los indígenas, y el cráneo de Mariano Rosas se expuso durante dos décadas y durmió durante un siglo más en los depósitos del Museo de Ciencias Naturales de La Plata, así también hubo aborígenes cautivos en manos de huincas. “A principios de siglo el cacique Inacayal y otros capitanejos fueron llevados vivos al museo donde se los alojaba para que dieran informaciones sobre su pueblo a los etnógrafos y los antropólogos”, recordó el arqueólogo, doctor honoris causa, Alberto Rex González, en su discurso, destinado a las filas de la academia que no vieron con buenos ojos entregar lo que consideraban una valiosa propiedad museológica, aunque haya estado “guardada”, como un secreto fetiche, en un depósito del edificio por puro pudor positivista.
Don Alberto tiene 83 años y ha sido uno de los estudiosos que defendió desde el comienzo la entrega a su pueblo del esqueleto del cacique Inacayal. Los escritos de Clemente Onelli, dice, dejaron pruebas claras del horror que significó para los aborígenes vivir en un museo, en el que además de ser informantes, “desempeñaron las tareas más humildes, las más simples”. “Yo cacique en mi tierra, huincas robar mi tierra, matar mi gente, y robar mis caballos”, dicen que repetía Inacayal por los pasillos del museo, condenado a limpiar y cuidar hasta los restos de sus propios antepasados. Onelli se detiene, se confiesa emocionado por la escena final del cacique, cuando cerca del atardecer, presintió su muerte.
Inacayal caminó hasta el atrio del edificio de columnas griegas decorado con bustos de científicos y buscó el poniente. Se quitó las ropas que lo obligaban a usar, dejó su torso desnudo y pronunció una oración fúnebre que se perdió para siempre. “Los araucanos tenían poesía, oratoria de padres a hijos, había una elaboración de la palabra. Ese rezo se perdió como se perdió tanto más por imperio de los positivistas”, dice González. En el museo donde vivió Inacayal continúan ahora los cráneos robados de los caciques Brujo, Baigorrita y el gran Calfulcurá.