miércoles 9 de mayo de 2001


El barco pehuenche

En una reciente nota de este diario, ''Turismo pehuenche'', se lee que a partir de la conformación de un Consejo de Administración de Indígenas se iniciará la explotación turística de la hermosa laguna El Barco, ubicada en el fundo del mismo nombre, en el Alto Biobío.

Allí se plantea que este recurso paisajístico ''se convertirá en una importante entrada para las decenas de familias pehuenches relocalizadas por Endesa en el marco del proyecto de construcción de la Central Hidroeléctrica Ralco''. En verdad, ese predio y el espejo lacustre indicado fue adquirido por la empresa generadora hace ya varios años a instancias del anterior proyecto de la Central Pangue, cuando fue necesario reubicar a las 50 personas no pehuenches que habitaban el área de inundación de esa primera represa.

Entonces, el fundo El Barco fue rechazado por los indígenas, puesto que se argumentaba que era demasiado riguroso en la época invernal y por tanto de muy difícil habitabilidad. Esa opinión fue sostenida durante bastante tiempo por las comunidades, oponiéndose a cualquier acuerdo que buscaran algunos parceleros más conscientes y menos influidos por los tenaces opositores a los proyectos hidroeléctricos.

Hoy, sin embargo, vemos que 33 familias de las que antes subsistían en el área de inundación de Ralco ya viven en ese campo, al igual como sucede en la comunidad de Ayin Mapu, correspondiente al fundo El Huachi, el otro predio considerado para el traslado. Ello revela que una reevaluación de El Barco llevó a definir la aceptación de habitarlo, al considerar la potencialidad del terreno donde podrían desarrollarse actividades no tradicionales para la forma de vida pehuenche que, como otras opciones económicas, permitieran mejorar sustancialmente la calidad de vida de las comunidades, como ya ocurre con las personas que allí viven.

Ciertamente, la explotación silvoagropecuaria y turística, junto a la conservación de su lengua y tradiciones, son posibilidades ciertas de alcanzar el objetivo de una mayor realización de estas familias, ya que con mejores ingresos pueden conservar mejor su cultura y tener también la ventaja de una mejor vida, salud y educación. Por fortuna, varias de las familias que antes se negaban a aceptar el traslado, hoy se han sumado con fuerza a esas iniciativas, obteniendo importantes mejoras de productividad agrícola y ganadera, lejos de las visiones oscurantistas de los fundamentalismos indigenistas y ecologistas que pretendían detenerlos en el tiempo.

Si bien siete familias permanecen al margen y no se han sumado a esos proyectos, complaciendo las enfermizas visiones de algunos de poder conservarlos en la vitrina de la pobreza de la alta cordillera, bajo el pretexto de lo ''auténticamente pehuenche'', es posible augurar para ellos también un buen futuro en la medida que logren reparar en lo equivocado de sus posturas, que sólo satisfacen objetivos ajenos y lejos de sus reales intereses. Es una cuestión de tiempo, ya que también se lo merecen.

Alfredo Palacios Barra


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