| OPINIóN
EDITORIAL
11 de Junio de 1999 |
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El desafío de la miseria Mientras el descenso en la pobreza ha
sido un éxito irrebatible de los dos gobiernos de la Concertación,
los números sobre la extrema pobreza son más desesperanzadores.
El estancamiento en la batalla contra la indigencia viene percibiéndose desde inicios de la década. Mientras el descenso en la pobreza ha sido un éxito irrebatible de los dos gobiernos de la Concertación -que ha llevado a caer la tasa de pobreza de un 38,6 % en 1990 a un 21,7 %-, los números sobre la extrema pobreza son más desesperanzadores. En 1992 un 8,8 % de la población era indigente, en 1994 un 7,6 % y en 1996 un 5,8 %. Combatir la extrema pobreza (que incluye a hogares con ingresos por $ 18.944 per cápita) es mucho más difícil y complejo que luchar contra la pobreza ($ 37.889 per cápita). Mientras los pobres pueden salir de su condición sobre la base del crecimiento del país, ya que la prosperidad general termina por tocarlos a través de más empleos, oportunidades o educación, los indigentes se encuentran en una situación diferente. Fuera del circuito de una economía pujante, las causas sociológicas del fenómeno han dificultado su erradicación en todas las sociedades modernas. La prueba más evidente de esto es que Estados Unidos, siendo un gigante económico, aún mantiene bolsones de marginalidad e indigencia. Este especial obstáculo para revertir la situación de los más desposeídos ha sido objeto de innumerables teorías y estudios a lo largo del mundo. Hasta el momento lo más eficiente, si bien persiste la sensación de que constituye un círculo maldito, ha sido aplicar una diversidad de medidas aunadas como educación, programas especialmente focalizados, asistencia social, asesoría familiar y salud. Dado lo complejo del tema y los recursos limitados con que cuenta el Estado, durante la última década en Chile se ha priorizado el combate a la pobreza, más que a la indigencia. Desde un punto de vista económico,es más "rentable" y eficiente potenciar a esos sectores, que emergen con menos dificultad. De todos los planes aplicados por Mideplán para combatir la pobreza general en los últimos cinco años, son escasísimos los que apuntan directamente a los indigentes. Además, existe en el país una escasez de recursos intelectuales abocados al tema. Por todo esto, se hace necesario que tanto este Gobierno, como el próximo, redoblen los esfuerzos para cumplir con un imperativo ético que no subsanará en forma aislada la prosperidad económica.
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