lunes 5 de junio de 2000
Puntos de vista
Rostros huincasMientras un mapuche alterna sólo con mapuches tiene la vivencia clara de hallarse entre iguales: entre personas que no tienen prejuicios raciales y que no ejercen discriminaciones negativas respecto de ellos. Tan pronto un mapuche alterna con gente de la etnia mayoritaria de Chile, la de los huincas, el mapuche, niño o adulto, hombre o mujer, encuentra rostros que reflejan, de modo evidente, sentimientos de menosprecio y una alerta predisposición a practicar discriminaciones negativas. En algunas circunstancias el menosprecio y las discriminaciones se presentan bajo ropajes superficiales de curiosidad antropológica, turística o de compasión. Para los que son objeto de menosprecio, esos ropajes son demasiado traslúcidos: no logran ocultar el sentimiento íntimo de superioridad de los curiosos benevolentes o de los dadivosos filántropos.En su vida cotidiana nuestros compatriotas mapuches se encuentran con huincas que les venden mercancías o servicios de transporte, entre otros; con huincas que les compran el producto de su trabajo; con huincas que los ocupan como dependientes asalariados; con funcionarios huincas del Estado o municipios encargados de darles atención en salud, en educación, en capacitación laboral y en fomento productivo, etc. Tan pronto el mapuche observa el rostro, los ademanes y palabras de su interlocutor huinca, se percata de inmediato que está íntimamente convencido de su superioridad racial y cultural y que actúa haciendo valer su prejuiciada superioridad, consciente o inconscientemente.
Basta colocarnos en una actitud de observadores agudos y atentos para descubrir la asombrosa profusión de actos de discriminación antimapuche en casi todos los ambientes en que los mapuches conviven con huincas corrientes. (Y el único ambiente en donde no se dan señales evidentes de racismo antimapuche es el de académicos universitarios).
Las investigaciones empíricas del racismo en otros países nos permiten hacer comparaciones de resultados muy negativos para Chile. Las personas mayores de 14 años que se autodeclaran mapuches superan el 7% de la población. ¿Cuántos parlamentarios mapuches hay? ¿Cuántos alcaldes y concejales? ¿Cuántos ministros, subsecretarios, intendentes, gobernadores y jefes de servicios importantes? ¿Cuántos jueces y ministros de corte? ¿Cuántos médicos, ingenieros, abogados, arquitectos o profesionales? ¿Cuántos empresarios? Y, etc. Una recopilación acuciosa de las respuestas a estas preguntas nos llevará a la triste conclusión que la República de Chile, desde su nacimiento hace ya casi dos siglos, ha sido incapaz de incorporar a los mapuches a su seno en condiciones de igualdad, respeto y oportunidades de educación, de trabajo y de movilidad social. Los ha mantenido en condiciones de contumaz inferioridad.
Sí, podríamos usar el argumento del consuelo de los tontos: los prejuicios y las discriminaciones raciales se han dado desde siempre en todas las naciones. Un poco de escarbar debajo de la superficie de la historia de Chile nos pone a la vista manifestaciones públicas de rampante chauvinismo racista.
El gigantesco holocausto de judíos ejecutados para imponer una pureza racial hizo que la humanidad entera comenzara a tomar conciencia de la monstruosa realidad incubada en los prejuicios y discriminaciones raciales. Lentamente, primero en el campo de las elites intelectuales y después en las clases políticas, se ha formado la conciencia de un firme repudio moral de toda forma de prejuicio y discriminación racial. En todas las democracias avanzadas se castiga como delito grave tanto los actos como las incitaciones verbales a las prácticas del racismo.
Chile aspira a ser considerado en igual dignidad y respeto por las democracias europeas y angloparlantes. ¿Podría pasar con buenos resultados un examen objetivo de ausencia de prejuicios y de prácticas de discriminación en razón de razas en contra de mapuches, aymaras, quechuas, atacameños y rapa nui? Demos por prescritos los reclamos por los genocidios exhaustivos de los changos, diaguitas, picunches, tehuelches, alacalufes, onas y otros ya desaparecidos.
Insistimos, una vez más, las naciones, al igual que los individuos, inician la curación de sus patologías de pensamiento cuando se reconocen enfermas.
Carlos Neely I.
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