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escrito por Pamela Jiles
miércoles, 27 de mayo de 2009
Facundo no sabe que lo amo con locura. No ve que muero de amor por él.
Está atento a la gata que juega con sus calcetines y que se revuelca
ante él como yo querría hacerlo en este mismo instante. Facundo
no conoce ni dios ni patrón ni sabe elaborar una bomba casera. No
tiene idea que mezclando azufre, carbón vegetal, salitre, nitrato
de amonio y pólvora negra en proporciones precisas, luego comprimiendo
estos elementos dentro de un envase metálico, es posible volar la
portería de una institución burguesa.
Facundo no entiende por qué estoy triste cuando él
me muestra el lucero de la tarde en el fondo del cielo.
Simplemente quisiera
poder velar el cuerpo del joven Mauricio Andrés Morales Duarte, que
explotó en la noche brutal de Santiago, en este mayo de medias tintas,
justo cuando el país estaba preocupado de evaluar el color del vestido
de la primera mandataria en su cuenta anual.
Nada dijo ella sobre
la muerte de este joven chileno. Un cabro humilde, estudioso, entregado a los
demás. Tal vez la mandataria esperará a que muchos muchachos
desesperados salgan en sus bicicletas portando bombas en sus mochilas. Quizás
se conmoverá cuando docenas de ellos estallen por los aires.
Ojalá los policías
que hicieron “el procedimiento” hayan tenido la humanidad de tratar
a Mauricio con respeto. Yo hubiera querido recoger los trozos de su cuerpo
esparcidos en setenta metros (los medios de comunicación repiquetean,
repiten, se solazan en este detalle truculento), recuperar sus mangas de ese árbol,
reunir sus restos y abrazarlo. Sentir su último calor y darle el mío,
con la ilusión de arrancarlo de la muerte. Así de furiosa estaría
como llena de ternura maternal para el anarquista muerto.
Estudiante de historia,
seguramente Mauricio repasó las materias de rigor: “El anarquismo
es una corriente filosófica, una ideología y un movimiento político
que promueve la autonomía e igualdad de cada persona y su organización
social directa, por lo que llama a la abolición de todas las relaciones
de dominación del ser humano por parte de sus congéneres, al
considerar éstas indeseables, innecesarias y nocivas. La palabra "anarquía" deriva
del prefijo griego αν [no], y la raíz del verbo arkho, [jefe]”.
Es decir, el significado de la palabra es “sin gobierno”.
Seguro que Mauricio,
supo que esta teoría del utopismo surgió en 1800 e influyó en
el movimiento obrero que se desarrollaba a fines del siglo diecinueve. La llegada
del posmodernismo obligó a reformular muchas de las nociones anarquistas,
pero lo que sigue en el centro de su ideario es la posibilidad latente de generar
sistemas de organización social ausente de figuras institucionales normativas.
En cualquier
caso los datos históricos no importan ahora que Mauricio ha muerto.
Tras tanta lucha silenciosa no fue la muerte la que decidió atraparlo,
no se cansó él de vivir ni dijo basta ni se durmió para
no despertar más. Un estallido traicionero le quitó la vida.
Quiero creer que no alcanzó a vislumbrar que era el final, y que simplemente
siguió pedaleando en el anonimato para cumplir su tarea de amor por
los excluidos, los invisibles, los que sobran. No es una tregua su muerte sino
un lamentable error que nos recuerda el nombre de la obra de Darío Fo: “Muerte
accidental de un anarquista”.
Facundo prefiere
un auto verde y cree que su abuelo es inteligentísimo. Coincidimos.
Ya es tarde y lo gana el sueño. Entonces me pregunta: “¿qué pasa
mañana?”. Le acaricio la frente y no contesto porque mañana
no hay nada, nuevamente el dólar, las deudas, el transantiago, la marginalidad
de tantos hermanos, el lavado de dinero, la narcopolítica de marquitos
y sebastianes, la diosa blanca que les hace pedazos sus narices de portada,
la asimetría económica, el triunfo de los desalmados, el dolor
de mi pueblo. Facundo abraza el caos antes de dormir.
Los camaradas
de Mauricio lo cuidan hasta que está bajo tierra. Durante el funeral
cuelgan un lienzo que dice “¿qué sabes de ti mismo si nunca
has peleado?”. Es verdad que sólo en el combate es posible saber
quién y cómo es un ser humano.
La anarquía
es el ejercicio del poder por parte de cada individuo y la cooperación
mutua entre estos seres autónomos, configurando asociaciones voluntarias
e igualitarias en base a contratos libres y democracia directa. Existen varios
métodos propuestos para concretar estos puntos, como el desarrollo de
pequeñas empresas artesanales autogestionadas, el distrito autogobernado
y la acción directa. Mauricio creía que era posible la anarquía.
Ahora,
después de su lamentable muerte, el estado investiga noventa y seis
bombazos desde el 2004. La policía allana las casas “okupa” e
impone el contenido de que todos sus habitantes son unos terroristas de temer.
A eso dedican sus energías los aparatos del estado. ¿Tal vez
esperan que muchos muchachos desesperados salgan en sus bicicletas portando
bombas en sus mochilas? ¿Quizás se conmoverán sólo
cuando decenas de ellos estallen por los aires? ¿Puede que sólo
entonces descubran que estos jóvenes son capaces de dar su vida para
combatir la injusticia en que vivimos?
Mauricio
propuso que el estado sea sustituido por una sociedad sin clases y sin violencia.
El se entregó a una comunidad sin jerarquías, en la que nadie
manda, nadie obedece, todo se decide en conjunto, compartiendo la pobreza,
viven con el mínimo de recursos, comen de una olla común donde
preparan cada día los vegetales que pueden conseguir, trabajan laboriosamente
sobre todo con niños pobres, les enseñan a leer y dibujar, hacen
teatro callejero y talleres artísticos, no hablan por teléfono
ni ven televisión.
El
anarquismo es una corriente filosófica que promueve la igualdad y autonomía
de cada individuo. De esta manera, propone la abolición de toda institución
que implique dominación de unos sobre otros, como por ejemplo, los gobiernos,
excepto la democracia directa o algún sistema donde claramente el poder
sea de todos al mismo tiempo, pero de ningún grupo en particular. No
reconoce patria, ni estado ni dios.
Un
anarquista lo es por decisión y convicción, elige el difícil
camino de la pobreza, no acepta patrones ni ataduras a bienes materiales, está en
el mundo para destruir lo establecido, crear reglas nuevas y equitativas entre
todos los seres humanos, está dispuesto a dar peleas perdidas y a estallar
por los aires en pos de un sueño.
El
anarquista no tiene rostro, su identidad se diluye en la de todos los marginados.
Un anarquista es un soñador. Un soñador que no tiene nada que
perder, aquel que considera que el pueblo se debe gobernar a sí mismo.
Así que mientras Facundo descansa serenamente, lejos de los dolores
de la vida, yo abrazo el caos antes de dormir y me entrego a la convicción
de que es posible llenar de magia el corazón de otras personas y reconocer
a nuestros hermanos en esos que hacen teatro en las calles, que levantan bibliotecas
en casas derruidas, que portan explosivos en sus mochilas pedaleando hacia
la muerte.