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Santa Rosa (La Pampa), 14 de julio
de 2003.
"Hasta que los leones tengan
sus propios historiadores, las historias de cacería seguirán
glorificando al cazador" (proverbio africano citado por Eduardo Galeano).
Grande ha sido mi sorpresa al leer la nota de opinión del ministro de la Producción, Néstor Alcala, publicada en LA ARENA el pasado 7 de julio. El representante de un gobierno que _al tiempo que ha apoyado la repatriación de los restos de Mariano Rosas_ termina por justificar en este escrito el genocidio llevado a cabo en las mal llamadas "Campañas del Desierto" de fines del siglo XIX.
No voy a entrar en discusión respecto del proceso de evolución de la estructura productiva y los sistemas de tenencia de tierras en la provincia porque no es mi área de estudio, pero sí me interesaría hacer algunas observaciones respecto de las apreciaciones del ministro según las cuales "el proceso de apropiación de la tierra rural en La Pampa fue analizado y descripto por numerosos historiadores y estudiosos, que recurrieron a la abundante, detallada y precisa documentación existente. En forma muy resumida, puede concluirse que se fue concretando con posterioridad y como consecuencia casi inevitable de las campañas militares organizadas por el Gobierno Nacional para desalojar a los indios y terminar así con los daños que provocaban con sus malones y correrías en poblaciones y estancias establecidas más al este" y "el Estado Nacional dispuso de enormes extensiones de campo, sin población ni mensuras".
No puedo dejar de observar una serie de errores en que incurre el señor ministro sobre estos aspectos. En primer lugar, no todos los historiadores han llegado a este supuesto "consenso", y bien se sabe que, aunque es por supuesto posible que haya diferencias entre los profesionales, y que uno pueda recurrir a uno u otro para respaldar el punto de vista propio, hay explicaciones y reconstrucciones históricas que tienen más seriedad y otras que las tienen menos. Actualmente, se considera que un estudio histórico mínimamente serio debe contener:
1) el relevamiento de estudios preliminares y la confección de un "marco teórico" que le permita al investigador abordar problemas y formular explicaciones que vayan más allá de la simple descripción de los "hechos";
2) la crítica de fuentes, de manera tal de no reproducir acríticamente los términos volcados en los documentos que se consultan.
Ahora bien, aunque el señor
ministro no cita quiénes son los historiadores a los que se refiere,
una buena parte de los que defendieron y legitimaron desde los espacios
científicos las campañas militares lo hicieron en nombre
de las supuestas tropelías que cometían los indios (malones,
etc.), y argumentando _palabras más, palabras menos_ que los "indios"
eran nómades, y que su principal sustento era el robo de ganado,
sin que trabajaran la tierra, etc. Esos prejuicios en estos historiadores
provenían de una visión política fuertemente sesgada
(diríase que tendía más bien para el lado de los cazadores
que el de los leones) y que las últimas investigaciones en etnohistoria
(que han combinado metodologías y conocimientos de la historia,
antropología, lingüística, etc.) han permitido matizar,
quedando ya descartada a esta altura la imagen del "indio" nómade
cazador y "malonero" (y un largo etcétera), que ha sido reemplazada
_al menos entre los historiadores profesionales_ por la de complejas sociedades
articuladas espacialmente en diferentes niveles, con estrategias de obtención
de recursos diversificadas (caza, recolección, crianza de animales,
intercambios varios, y cultivos).
Insisto en que no sé a qué historiadores se refiere el señor ministro, pero está comprobado que la práctica de cultivos en diferentes intensidades era común entre las sociedades indígenas de la región pampeana ya para antes del siglo XIX (para no abrumar al lector con demasiadas citas sólo mencionaré aquí los de los historiadores Miguel A. Palermo y Raúl Mandrini), y que los partes de la Conquista del Desierto indican que las tropas avanzan _además de matando a los varones adultos, y llevándose a las mujeres y los niños_, quemando cultivos. Al menos una parte de los historiadores profesionales ha probado fehacientemente y también con abundante documentación que el argumento de que los grupos indígenas no aprovechaban la tierra, y que vagaban por las pampas a la deriva es una idea sin sustento empírico, y que ya ha sido totalmente superada. Es decir que estos espacios estaban poblados, itinerados, reconocidos, y puestos en producción en diferentes escalas en forma previa a las campañas militares. Lo cual deja al descubierto, como también lo han probado otros historiadores, que la obtención de las tierras que éstos ocupaban no era en nombre de los malones que éstos cometían _ésta sería en todo caso la excusa_ olvidando mencionar que esto también estaba relacionado con las ilegítimas apropiaciones por parte de los españoles y luego de los criollos ya en época posindependentista. Porque esas tierras le resultaban imprescindibles a las elites de la época para llevar a cabo la producción necesaria para exportación en el marco de los procesos económicos mundiales de fines del siglo XIX, que asignaban a países como Inglaterra el rol de productor industrial, y a países como Argentina el de proveedor de materias primas, oportunidad que le daría altos beneficios que justificaban la expropiación de las tierras a los grupos indígenas que éstos ocupaban y producían. Esta cuestión también ha sido ampliamente estudiada por diversos historiadores y no creo que sea necesario citar autores por tratarse de posturas ya incorporadas incluso a los manuales de historia escolares actuales.
En resumen, como miembro del "gremio de los historiadores" quizás deba hacerme una autocrítica porque nuestras posturas no alcancen a veces la necesaria difusión de manera tal que no se incurra en errores por ignorancia de las últimas tendencias en historiografía, de manera que quería aprovechar este espacio para destacar estos aspectos y para dejar en claro que todos los historiadores de una u otra manera tienen una visión parcial de la realidad: tanto aquellos a los que debe referirse el señor ministro como la que suscribe las tenemos, y ello no nos hace menos científicos, sino más o menos serios en el desarrollo de nuestra profesión.
Y no todos los historiadores reivindicamos
la empresa de la apropiación de tierras por parte del estado nacional
como un hecho "inevitable" que debía darse ineluctablemente (ya
se sabe que la historia no lleva un curso definido hacia un momento específico).
En ningún lugar estaba escrito que sociedades de este tipo debieran
sucumbir ante el avance de un supuesto "progreso" (la idea de "progreso",
también lo han comprobado numerosos estudios, lejos de ser un hecho
de la realidad, es una construcción ideológica en la que
jugaron factores de poder que no viene al caso mencionar). Se trató
de una "guerra" en la que la relación de fuerzas se definió
en ese momento específico a favor de la sociedad nacional. No hagamos
de ello una empresa heroica, menos aún cuando los partes de la conquista
no mencionan prácticamente bajas por parte del ejército nacional,
sino que la mayoría de las bajas pertenecieron al mismo lado. Claudia
Salomón Tarquini (Licenciada en Historia. Facultad de Ciencias Humanas.
Universidad Nacional de La Pampa).
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