El Tribuno (Salta), 12 de octubre de 2002.
LA OPINION
A 510 años de la llegada del navegante genovés Cristoforo Colombo, castellanizado como Cristóbal Colón, a tierras caribeñas, los sectores dominantes de este continente siguen "festejando" el llamado "Día de la Raza", imbuidos en la misma ideología expoliadora de cinco siglos atrás.
Pocos hay que hoy, en América -al menos desde el Río Bravo, de México al Sur- tienen motivos para festejar. No, al menos, entre los diezmados herederos de millones de aborígenes víctimas del colonialismo; entre los negros traídos como esclavos de Africa; y aun entre los que descienden de inmigrantes europeos pobres, que no fueron culpables de lo anterior.
Los europeos buscaban hacer negocios. Se habían quedado sin el correspondiente a las especias, encarecidas por el control de sus rutas de abastecimiento por parte de los musulmanes, lo que se agravó con la ocupación de Bizancio, en 1453, por el sultán Mohamed II. Y las especias eran particularmente importantes en una época en que no había heladeras y se las usaba como conservantes.
Cuando españoles y portugueses llegaron a América y se encontraron con producciones que no les interesaron de momento (Américo Vespucio llegó a decir que en Brasil no se observó "nada provechoso") centraron su preocupación en buscar la conexión con el Oriente de las especias hasta que les llegó la leyenda de "El Dorado", originada en las regiones de Bogotá y Tunja, Colombia.
Pero desde que Hernán Cortés, tras quemar sus naves -imitando a Juliano "El Apóstata" en su invasión a Persia- se apoderó de los tesoros aztecas; y luego se dieron éxitos similares en las otras altas civilizaciones americanas, el interés fundamental pasó a ser el de los metales preciosos, con los que se financiaron los delirios de Carlos I y sucesores.
En Brasil, la obtención de oro y piedras preciosas también tuvo una época de auge y fue la principal fuente de explotación durante el Siglo XVIII y así como los metales de México y la zona andina pagaron las guerras religiosas de los españoles, los minerales obtenidos por los lusitanos tuvieron como destino Gran Bretaña y ayudaron a acumular recursos para la revolución industrial.
En todos los casos, las víctimas principales fueron los viejos pobladores, los auténticos propietarios de estas tierras, los que murieron en combates, bajo el trabajo servil y, en una inmensa medida, como consecuencia de las enfermedades exóticas traídas por los conquistadores, como hoy el sida hace estragos en el Africa subsahariana.
Si, como señala un escrito
de indios mexicanos que circula por Internet, los europeos de las diferentes
naciones colonialistas de América y sus aprovechadoras -como las
que financiaron, a través de sus banqueros, las guerras de la corona
española- devolvieran sólo una décima parte del oro
y la plata -no se mencionan los diamantes- sacados, nuestras deudas externas
quedarían canceladas.
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