CONSECUENCIAS DE LA VIOLENCIA
Buenos Aires, 13 de octubre de 2003.

Ola de suicidios de niños y jóvenes indígenas colombianos

Seis se ahorcaron en los últimos meses. Es un fenómeno sin antecedentes.


La sangrienta lucha territorial que libran la guerrilla y los paramilitares en el noroeste de Colombia desató una epidemia de tristeza y abatimiento entre los niños y jóvenes indígenas, que ha causado el suicidio de seis de ellos en los últimos meses, reveló ayer la prensa.

La muerte de los muchachos ha generado profunda preocupación en los cerca de 3.000 miembros de las comunidades nativas asentadas en la región del Bajo Atrato, en el departamento de Chocó, que desde hace dos años han tenido que familiarizarse con el suicidio, una experiencia de la que no tenían antecedentes.

Según los dirigentes de las etnias emberas, wounan, katíos, chamies y tules, la decisión de los jóvenes de quitarse la vida obedece principalmente al temor y depresión que ha causado en ellos la guerra que libran los grupos rebeldes y de ultraderecha.

La lucha entre ambos bandos se intensificó hace dos años con una violenta arremetida de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC, marxistas) que dejó unos 100 paramilitares muertos, cuyos cadáveres quedaron a merced de las aves de rapiña, reseñó el diario El Tiempo de Bogotá.

Desde entonces empezó a rondar la muerte en las comunidades ubicadas en el Bajo Atrato. Patricia Jumí, una niña indígena de 12 años, fue hallada el 15 de marzo colgando de una viga. A su suicidio le siguieron el de otros cinco jóvenes que también decidieron ahorcarse.

Los ancianos afirman que "una epidemia de abatimiento estaba acabando con sus hijos porque ahora, con la guerra, todos viven con miedo de que los van a matar y no pueden cazar, pescar ni traer mercaderías para el mercado".

Ante el pánico que generó la serie de suicidios, los aborígenes decidieron llamar al jaibaná (brujo) más sabio para que con sus rituales detuviera a la muerte, al tiempo que se colgaron cruces artesanales en el cuello atendiendo los consejos de un sacerdote católico.

El jaibaná Atensio Casama atendió el llamado y, tras varias horas de cantos y conjuros, aseguró que descubrió la causa de los suicidios. "Los indígenas no se están matando; esas muertes no son por voluntad propia. Espíritus malos se están metiendo en los indios débiles y tristes, y los están colgando. Son por los muertos de la guerra que no han sido enterrados", afirmó el brujo.

"Los emberas cuentan que de la batalla de ese diciembre, cuando ocurrió el primer suicidio, quedaron bajo una frondosa arboleda 30 cráneos de paramilitares, y que muchos muertos sin dolientes han sido arrojados por la guerrilla a las aguas de los ríos", indicó El Tiempo.

Al terminar su visita a los asentamientos indígenas, el jaibaná Casama recomendó a los indígenas que "no podían estar tristes y que nadie podía decir que se quería morir porque los espíritus aprovechaban esa debilidad y se les metían en el cuerpo".
 

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