Proyecto de
Documentación Ñuke Mapu
Conflicto etno-cultural en Chile:
Los Mapuches v/s el Estado moderno
Patricia Junge *
Revista El Canelo, edición 79
canelcom@reuna.cl
¿Se parecen en algo la Conquista Española, la
republicana Guerra de la Araucanía y su consecuente política
de reducciones, y la proyectada relocalización de las familias Pehuenches
en el Alto Bío Bío, tras el empeño de ENDESA por construir
la central hidroeléctrica Ralco? ¿Existen o no constantes
valóricas en todos esos momentos de la Historia Nacional? Este artículo
busca responder afirmativamente a esas interrogantes, sosteniendo la hipótesis
de que en la historia de Chile se ha ido configurando una forma de ver
y de relacionarse con el pueblo mapuche marcada por los valores de una
modernidad desarrollista. Y así ha sido porque ha primado como constante
en la actitud de los gestores del Estado moderno un afán homogenizador
que se basa en la «invisibilidad» de ese «otro»
mapuche, que debe ser incluido y adaptado a la modernización. No
olvidemos que históricamente el «encontronazo» intercultural
entre mapuches y huincas se inicia en los albores de la modernidad -con
el surgimiento de la moderna racionalidad del Estado imperial, español
y absoluto- y se mantiene hasta hoy sujeta a la racionalidad de expansión
económica del aún más moderno Estado chileno. Los
que han criticado esa forma de actuar han hablado de etnocidio cultural,
mientras quienes la defienden se resguardan en la defensa del bien común
y en el derecho al progreso y crecimiento del país. Y eso ha sido
así pese a que, es cierto, hubo una política de Parlamentos
durante la Colonia y una Ley Indígena creada recién en 1993,
en el primer gobierno de la concertación democrática, ambos
distintos intentos por reconocer que dentro de la unidad territorial y
administrativa llamada Chile existe una sociedad humana legítimamente
diversa. Pero hoy, todo eso, una vez más, amenaza con hacerse trizas.
Hace 500 años, en los albores de la modernidad, llegaron por estos
parajes un grupo de «embajadores» del más bollante Imperio
de esos tiempos; quienes, impulsados por el interés de aumentar
el poder y las arcas de su Estado-Imperio a través de la explotación
del rico nuevo mundo, lo declararon territorio de la corona española
y a sus habitantes súbditos de su rey.La lógica moderna de
estos hombres occidentales les indicaba que su deber y derecho como representantes
del rey era ocupar y explotar todo el territorio que estaba al servicio
de la corona española, así como sacar a los «salvajes»
de la barbarie profana en que vivían, evangelizándolos y
organizándolos como mano de obra útil al bien común
del Estado-Imperio español. Si existe un consenso entre los antropólogos
es que la racionalidad occidental moderna ha sido etnocéntrica,
es decir ha considerado su cultura como la única gestora del progreso
y la que ha alcanzado un sitial valórico más alto en la evolución
humana.En el sur de Chile la ocupación se transformó en guerra,
porque los súbditos mapuches se resistieron a formar parte del imperio
español, se negaron a entregar tierras y cambiar sus costumbres
en favor de los valores unificadores del rey y la Iglesia Católica.
Entonces se hizo la guerra para lograr la paz a través de la subordinación
de los indígenas y todo sacrificio fue justificado en aras de una
unificación homogénea.El pueblo mapuche, por su parte, fue
inscribiendo en su memoria histórica, esa que constituye uno de
los pilares fundamentales de su identidad, la conciencia de una Deuda de
parte de los huincas que habían llegado desde quién sabe
dónde a imponer violentamente sus intereses, ocupar sus tierras
y decirles qué tenían que hacer y pensar para «estar
bien», según un código valórico importado desde
otra cultura.Así pasaron dos siglos. La guerra se fue haciendo poco
provechosa, con pocas victorias y de corta duración. Y muy costosa,
ya que la inversión de la corona y de los encomenderos de la zona
central se veía escasamente recompensada con un dominio inestable
de las tierras araucanas.Por lo mismo, había que buscar otras estrategias.
Hacia finales del siglo XVII se instauró la política de los
Parlamentos. Con ella los españoles reconocieron la existencia de
un pueblo y un territorio mapuche, distinto de la colonia española,
con el cual comenzaron a tener relaciones fronterizas políticas
y comerciales, interrumpidas esporádicamente por algunas batallas.
Según algunos historiadores la guerra se mantuvo igual, según
otros, éste fue un tiempo pacífico de intercambio y cooperación.
Para no pocos cronistas los Parlamentos eran festines en que los españoles
obtenían los acuerdos de su conveniencia mientras llenaban a los
lonkos mapuches (líderes) de comida, alcohol y baratijas. Ocurrieron
cambios al interior de la sociedad mapuche en función de los intereses
comerciales y las relaciones de poder, surgió la acumulación
y con ella las envidias internas; en resumen, cambió la forma de
vida. Sin embargo, el pueblo mapuche tiene recuerdos no tan malos de este
período, en que los españoles por lo menos los reconocieron
como nación y respetaron sus territorios.Con la independencia y
la organización del moderno Estado de Chile, resurgieron una serie
de valores desarrollistas que buscaban optimizar los recursos nacionales
en función del crecimiento de la república.El Estado se declaró
dueño del territorio nacional y defensor del bien común de
toda la nación. Era necesario maximizar la producción agrícola
para la exportación a los mercados del norte, actividad que constituía
el motor principal del crecimiento del país, de manera que el Estado
empezó a promover la expansión y la ocupación de las
tierras al sur del Bío Bío. Hubo fuertes rebeliones y levantamientos
indígenas frente a la usurpación de su territorio, pero las
leyes y el ejército chileno defendieron férreamente los intereses
del progreso nacional.«Hordas salvajes al interior del territorio
nacional, hacen peligrar el futuro del país», decían
los titulares de El Mercurio de la época (comentario aparte es reconocer
la coherente continuidad editorial del matutino). Porque los valores de
la unidad nacional, la propiedad privada y el desarrollo para el bien común,
junto con la superioridad de la cultura republicana y de la raza blanca
chilena llevaban a justificar la necesidad de apaciguar, a través
de los medios que fuera necesario, a estos indios salvajes y rebeldes que
frenaban el crecimiento económico del país.Para terminar
con esta insubordinación, el Estado chileno decidió poner
orden: y así planificó estratégicamente las reducciones.
A través de los Títulos de Merced entregados entre 1866 y
1929, se dió derechos a algunos linajes sobre un total de 510.000
hectáreas de terrenos al sur del Bío Bío, quedando
las otras 9.500.000 hectáreas restantes de ex-territirio mapuche
a disposición de los colonos chilenos y extranjeros.No todas las
familias de las comunidades mapuches, huilliches, pehuenches y lafquenches
-entre otras- lograron recibir tierras. Además, al ir creciendo
la población indígena reduccional y no poder expandirse más
allá del par de hectáreas asignadas por familia, se inició
un ciclo de sobreexplotación de la tierra, menor rendimiento y empobrecimiento
de las comunidades.Además de provocar fenómenos como la inmigración
forzada de parte de la población indígena a las ciudades
y todos los «males» asociados a la pobreza, la política
reduccionista de principios de siglo profundizó aún más
la conciencia de la Deuda sentida por las comunidades mapuches. Deuda por
la usurpación de territorio y por las condiciones de vida a las
que fueron forzados; esta vez los responsables no eran los españoles
de casco y caballo, sino que el Estado chileno que se tomó el derecho
de decidir cuál era la manera correcta de administrar a la población
indígena del sur de Chile en favor del crecimiento y desarrollo
de la joven república.Hacia fines del siglo XX el presidente Patricio
Aylwin, en representación del gobierno chileno, firmó el
acuerdo de Nueva Imperial. En él, como parte de la reconstrucción
de la democracia en Chile, se valoraba la diversidad cultural y se reconocía
una deuda histórica de la sociedad y del Estado chilenos para con
los pueblos indígenas. La suscripción de este acuerdo suponía
el inicio de una política indígena, de reconocimiento y respeto
de las diferencias culturales al interior del país.Se creó
la Ley Nº 19.253, la Ley Indígena que sentaría las bases
para legalizar las buenas intenciones del acuerdo de Nueva Imperial.La
ley indígena: un nuevo obstáculoHoy día la modernización
y crecimiento económico del país necesitan de megaproyectos
de desarrollo que requieren hacer uso de tierras que son propiedad de comunidades
indígenas, pero existe esta joven ley que se ha tornado en un nuevo
obstáculo para el desarrollo.La Ley Indígena declara que
los territorios pertenecientes a comunidades indígenas son inenajenables
y que sólo se pueden vender entre indígenas, pero los propulsores
de los megaproyectos necesitan justamente de esos territorios para poder
hacer crecer al país; entonces hay que revisar la ley, porque «toda
ley es perfectible», como dijera el recién impuesto por el
gobierno como nuevo director de la CONADI, Domingo Namuncura. Y la historia
comienza otra vez.Los actuales conflictosAl reconocer distintos testimonios
públicos de los últimos días, que aluden a los recientes
conflictos entre el desarrollo económico que algunos quieren para
Chile y la autopercepción mapuche sobre la Deuda histórica
hacia con ellos, demuestran la fatal e irremediable continuidad de las
lógicas desatadas en este largo encontronazo intercultural.- «Nos
dirigimos a Uds. para plantear nuestras inquietudes como pueblo afectado
por los Megaproyectos que vuestro gobierno está impulsando y que
están siendo emplazados en forma unilateral en nuestro territorio
ancestral» (23.01.1997, carta pública del comité de
defensa de comunidades mapuches afectadas por la carretera By Pass en Temuco
al señor Presidente de la República don Eduardo Frei Ruiz-Tagle,
ministros de Estado y autoridades).- «Lo que está sucediendo
en estos momentos en las comunidades mapuches es un lento proceso de cambio
que ellos tendrán que asimilar» (04.02.1997, Yasmin Balboa,
Seremi MOP IX Región).- «Las chauchas se van entre los dedos,
la tierra es la únicariqueza eterna» (nota de Juan Andrés
Guzmán en Internet).- «Insistiremos en nuestra postura, porque
la tierra no sólo tiene un valor económico, sino social y
cultural» (03.01.1997, José Quidel- Comité de Defensa
de Comunidades Mapuches afectadas por el By pass).- «Chile nunca
va a poder renunciar, por razones estratégicas, a desarrollar la
única riqueza energética que tenemos, como lo son los recursos
hidroeléctricos» (Marzo 1997, presidente Eduardo Frei Ruiz-Tagle
en la inauguración de la central hidroeléctrica Pangue).-
«Bajo ningún punto de vista permitiremos que una vez más
el gobierno aplaste nuestros derechos como pueblo...Ralco es tierra mapuche»
(18.03.1997, carta de la Coordinadora de Pueblos Mapuches a Consejeros
Indígenas Conadi).- «Por qué no se nos escucha, acaso
no tenemos los derechos como otros chilenos? (24.01.1997, carta de las
comunidades pehuenches al Presidente de la República).- «En
el mundo hay dos tipos de personas: algunas que tienen una profunda convicción,
con las cuales se puede conversar. Pero otras, que son absolutamente irracionales,
que creen que el desarrollo del país debe detenerse» (Marzo
1997, José Yuraszeck, Gerente General de Endesa).- «Hacemos
un llamado a cumplir con el mandato de la Ley 19.253, que señala
expresamente que es deber de la sociedad en general y del Estado en particular,
a través de sus instituciones, proteger las comunidades y tierras
indígenas» (Marzo 1997, declaración pública,
coordinadora de instituciones mapuches).- Mientras el gerente general de
Endesa José Yuraszeck acompaña al presidente en su gira por
Estados Unidos y declara a La Tercera que se siente parte de una especie
de «Selección Nacional» o ejecutivo de «Chile
Sociedad Anónima».Así, una vez más, el Estado
chileno y sus aliados del desarrollo económico, se ven confrontados
con uno de los sectores de la sociedad civil históricamente más
«rebeldes» del país: el pueblo mapuche.Y esta vez son
varios los casos que tiene en mente la dirigencia mapuche cuando apela
a derechos tradicionales y también a los derechos resguardados por
la Ley Indígena.El caso Ralco, en el Alto Bío Bío,
donde Endesa S.A. ha gastado millones de pesos en un plan de relocalización
y una campaña publicitaria para contrarrestar la inundación
de 9 predios comunitarios, 17 cementerios, decenas de sitios arqueológicos
y lugares sagrados de las comunidades pehuenches. Esto afectará
directamente a 76 familias pehuenches.Las comunidades de Truf Truf y Coyawe,
a las afueras de Temuco, rechazan la construcción del by pass que
pasará por 28 comunidades y 59 sitios sagrados y cementerios, y
que en algunos casos dividirá propiedades indígenas en dos,
afectando a un total de 600 familias.Aquí se alega que, existiendo
alternativas de trazado que no pasarían por tierras mapuches, el
gobierno regional ha decidido emplazar esta carretera de alta velocidad
enajenando territorios mapuches. De hecho el mismo Comité de Defensa,
compuesto por dirigentes de las comunidades, elaboró con la asesoría
de un equipo de la escuela de arquitectura de la Universidad de Temuco
una propuesta de trazado que permite la construcción de la carretera
sin agredir comunidades mapuches. Sin embargo, ésta no fue la alternativa
seleccionada.En el sector de Isla Huapi la construcción de la carretera
de la costa entre la Octava y Décima Regiones, cruza 10 comunidades
indígenas lafquenches, además de pasar sobre dos nguillatúes,
lugares ceremoniales donde se realizan los nguillatunes.En estas zona los
mapuches no sólo están defendiendo sus derechos de propiedad
sobre las tierras, sino que también aluden al deterioro ambiental
y a la degradación de la biodiversidad que producirá la construcción
de la carretera.En Malleco hay comunidades que se enfrentan a la agresión
ambiental de empresas mineras que contaminan los ríos.En Quellón,
San Juan de la Costa, Huatripulli y Arauco, otras comunidades se levantan
a defender sus tierras comunitarias ante las empresas forestales.Asimismo,
comunidades huilliches se sienten amenazadas por la instalación
de una planta de celulosa en San José de la Mariquina.Si le preguntamos
a los mapuches de Chile y a sus representantes, el Estado chileno está
actuando de manera ilegal al apoyar estos proyectos. Si le preguntamos
al gobierno, los indígenas del sur están frenando el desarrollo
del país. Unos hablan de etnocidio desarrollista, otros de una negación
del progreso.Para los impulsores del progreso material nacional se trata
de un problema menor que se soluciona con planes de relocalización
y compensaciones económicas para los indígenas. El alegato
y la oposición no son más que parte de intereses políticos
de fundamentalistas ecológicos que buscan relevancia hablando a
nombre de los indígenas. Dentro de esta perspectiva sería
desquiciado suponer que se deba detener el crecimiento de todo un país
por evitar el impacto sobre 550 personas del Alto Bío Bío,
o por unas docenas de campesinos a las afueras de Temuco u otras diez comunidades
en Isla Huapi; resultaría antidemocrático suspender las posibilidades
de bienestar para todo el país por satisfacer los intereses particulares
de pequeños grupos aislados de personas que exijen derechos especiales,
distintos al resto de la ciudadanía.Pero, según los detractores
de este progreso, el punto es otro. No se trata de una centena de personas
defendiendo egoístamente su metro cuadrado, sino que el tema se
ha transformado en un problema indígena, del pueblo mapuche como
grupo cultural completo. Para ellos la deuda histórica se está
acrecentando con la actitud prepotente y etnocida del Estado que los niega
y no los respeta, por la agresividad con que se imponen proyectos que,
de acuerdo con la ley indígena, son ilegales, por la negativa de
los grupos de poder a escuchar sus razones, por la manipulación
frente a la opinión pública. Para ellos la democracia se
entiende como respeto de la diversidad y equilibrio entre las distintas
partes que tienen algo que decir sobre determinados aspectos del desarrollo
nacional, y el Estado está siendo totalitario al negarse a escucharlos
y pretender la «clonificación» de intereses entre los
miembros de la sociedad civil.Una nueva mirada interculturalAfortunadamente,
la forma histórica de solucionar este tipo de conflictos no da para
más. Hay nuevas energías y sensibilidades culturales que
son comunes a una emergente crítica a los valores absolutistas de
la modernidad occidental.La comunidad mapuche y sus representantes se encuentran
organizados y dispuestos a desarrollar todos los recursos necesarios para
defender su postura; además cuentan con el apoyo de una reciente
ley chilena y de una parte cada vez menos despreciable de la sociedad huinca
(ecologistas y ambientalistas, nuevos movimientos sociales y culturales,
políticos no tradicionales y no pocos cientistas sociales), desde
la que se han levantado fuertes cuestionamientos a la política de
«desarrollo a toda costa».Ya no son sólo «esas
hordas de salvajes insubordinados» que quieren retener parte del
territorio nacional subexplotado y en función de derechos anacrónicos
e intereses irracionales; sino que se trata de una sensibilidad cada vez
más creciente que apela al reconocimiento de derechos tradicionales
y de la legitimidad del pueblo mapuche como interlocutor en la toma de
decisiones respecto de territorios que tienen para ellos un valor cultural
distinto que aquel presupuestado por quienes impulsan la modernización
del país.¿Cómo distinguir y reconocer legítimamente
esa diferencia, pero a la vez integrarla dentro de un futuro que sea bueno
para «todos los chilenos»? Porque no es que la intervención
cultural sea necesariamente mala, ni que las comunidades indígenas
no la quieran; tampoco se trata de luchar por la mantención de «zoológicos»
étnicos emburbujados en condiciones de vida de hace 500 años,
mal que mal algo bueno se puede sacar del contacto intercultural y no en
vano el mundo del mañana, si quiere ser un mundo vivible, viene
por el lado de la diversidad y la fusión. Se trata más bien
de un valor muy arraigado en la tradición mapuche: la reciprocidad
para entablar un diálogo respetuoso entre representantes de formas
distintas de ver las cosas.Esta resistencia de la sociedad civil, que ya
se perfila como una postura política, compromete al pueblo mapuche
a vencer sus divisiones internas y transformarse en un interlocutor válido
y consistente en la toma de decisiones.Es un desafío cultural de
primer orden el avanzar con estas sensibilidades. Las distintas comunidades
pehuenches, huilliches, mapuches y lafquenches se encuentran aglutinadas
en organizaciones representativas que levantan a partir de las distintas
experiencias locales un discurso reivindicativo de los derechos del pueblo
mapuche en general. Porque de nada sirve que muchos hablen en nombre de
los mapuches si no sacan la voz ellos mismos; de nada sirve cobrarle la
deuda al Estado y la sociedad chilenos si no se tienen propuestas que apunten
a saldarla.
* La autora es Licenciada en Antropología de la Universidad
de Chile.