Domingo
14 de enero de 2001
COMUNIDAD
EN EL NORDESTE DE NEUQUEN
Campos
con olor a nafta
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Ingresar a la comunidad Kaxipayiñ, a 80 kilómetros al noroeste de Neuquén, es como recorrer un terreno minado, con centenares de carteles que anuncian peligro. No hay más vida que matas raleadas de pastos duros. Se respira olor a nafta.
"La comunidad vivía de la huerta y de sus animales —cuenta Gabriel Kaxipayiñ, el hijo del lonko—. La fauna era la que siempre fue parte de nuestra vida y que consumíamos: guanaco, choique, liebre, peludo, martineta. Sólo había un camino cabrero, por donde venían a comprar la lana, o algún mercachifle. No sabíamos que había petróleo".
Primero, los campos donde pastaban sus animales fueron inundados por los lagos artificiales Los Barriales y Mari Menuco, que integran el embalse Cerros Colorados. Después reventó el campo, cuando el consorcio multinacional Mega SA construyó una planta separadora de gases y un oleoducto.
Los Kaxipayiñ vieron secarse la vegetación. Tardaron en descubrir que los condensados de petróleo eran arrojados al campo sin ningún tratamiento. "Los animales tomaban agua, caminaban quince metros y quedaban ahí nomás —cuenta Gabriel—. No sabíamos que nos podía perjudicar a nosotros: el agua salía mezclada con gasolina".
Los jagüeles (pozos poco profundos) dieron paso a bombas para sacar agua a 4 metros. En 1996, cuando se contaminó esa napa, una jueza ordenó a la provincia llevarles agua en bidones: varios miembros de la comunidad tenían plomo en la sangre y mercurio en la orina.
Gabriel recuerda que el gobierno neuquino no cumplió con su promesa de instalar una planta potabilizadora de agua. "La provincia nos dijo: ''Ustedes no están contaminados, pero les aconsejamos que los chicos no jueguen en la tierra''", señala.
Se acerca al corral y llama con silbidos largos y tenues a los seis choiques que están criando. Ya soltaron doce, y en una incubadora maduran diez huevos, traídos de afuera. "También criamos liebres y pichis (mulitas). El ñanco (águila), cuidamos una parejita y este año hay dos pichones".
Gracias a la lucha judicial, los Kaxipayiñ recibieron esas 4.600 hectáreas yermas, dos camionetas y el salón comunitario. Con los 2.000 a 2.500 pesos por mes que les paga Mega por servidumbre de paso comen, se visten y se calientan los 60 miembros. "Ya no podemos desarrollar nuestra actividad y perdimos algo vital para el mapuche: el contacto con la naturaleza", se queja Gabriel. "El problema no es de tierra sino de territorio —subraya Jorge Nahuel, de la Confederación Mapuche—. Sin el control de los recursos no hay posibilidad de revertir la pobreza".