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En regiones de la Araucanía y del Biobío:
Domingo 6 de enero de 2008
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El antropólogo norteamericano Tom Dillehay, el mismo que
descubrió en Monte Verde (Chile) el primer asentamiento humano de
América, acaba de publicar un libro en el que explica por qué los
mapuches eran, a la llegada de los españoles, una sociedad más
desarrollada de lo que hasta ahora se pensó.
Por Francisco Aravena F.
A estas alturas, Tom Dillehay no tiene opción: su trabajo está marcado
por el sur de Chile. Y si el resto del mundo pone atención a lo que
ha hecho, el sur de Chile - la valoración, la lectura, el relato que
se haga al respecto- tendrá que estar marcado por Tom Dillehay.
Este antropólogo y arqueólogo estadounidense ha liderado dos
investigaciones cruciales para el patrimonio chileno. La primera fue el hallazgo
de Monte Verde, el asentamiento humano más antiguo de América.
La comunidad científica norteamericana se resistió por años
a validar el hallazgo y a su investigador: Dillehay recién tuvo su
revancha en 1997, cuando la validez de Monte Verde terminó de reconocerse.
La segunda investigación no es un sitio. Al menos no "sólo" un
sitio. Tiene que ver con monumentos, sepulturas, ancestros, machis y centenares
de cerros artificiales que cuentan una historia sorprendente sobre la cultura
mapuche.
En 1976, cuando recorría la zona de Lumaco junto al arqueólogo
Américo Gordon, Dillehay se encontró con unos montes sepulcrales.
Años más tarde volvió junto al lingüista Gastón
Sepúlveda, y vio que uno de esos montes estaba en un campo de nguillatún
que aún usaban las machis. "Fue entonces cuando aprendí la
palabra araucana para esos montes: kuel", dice Dillehay. "Me llamó la
atención como antropólogo, porque esos elementos son marcadores
de un cierto desarrollo sociocultural de una sociedad indígena", recuerda,
al teléfono desde su casa en Nashville, Estados Unidos.
El resultado de su trabajo acaba de ser publicado en Estados Unidos. El libro
se llama Monuments, Empires, and Resistance: The Araucanian Polity and Ritual
Narratives (Monumentos, imperios y resistencia: la organización política
y las narrativas rituales araucanas). Aún sin traducción al
español, el libro describe el rol central de los kuel (montes que
los mapuches construían usualmente sobre un sepulcro) en su organización
y su comunicación entre ellos, con los muertos, con la tierra y con
los dioses.
Las funciones de un kuel van desde lo espiritual hasta lo práctico:
albergan los espíritus de la machi, nutren la relación entre
los vivos y sus ancestros, transportan los espíritus de los ahí sepultados
al mundo de las deidades y los ancestros, son mapas o hitos espaciales que
marcan la identidad de las familias y linajes, son escenario de rogativas
y danzas de las machis en nguillatunes u otras reuniones públicas,
y guían a las personas en su comportamiento.
En el valle de Purén y Lumaco se han registrado más de 300
kuel. "Hay cientos de kuel asociados con asentamientos bastante grandes prehispánicos,
que reflejan una población indígena muy grande y organizada",
dice Dillehay.
Él concluye que los mapuches resistieron 300 años la conquista
de su territorio en gran medida gracias a estos túmulos, que les daban
una ventaja práctica (vigilar al enemigo y coordinarse entre ellos)
y una espiritual. Porque a través del kuel los mapuches se sentían
apoyados por dioses y ancestros.
Durante la guerra contra los españoles, los mapuches construyeron
sus montes más grandes y complejos. Los kuel fueron la marca en el
paisaje de una sagrada lealtad política y un nacionalismo étnico
emergente.
Pero la lectura de los kuel no termina en la guerra, la victoria y la resistencia.
Muy por el contrario, es una historia que se mantiene viva. Dillehay recogió las
palabras de la hoy difunta machi Carmen Curín en 1994 y las reproduce
en su texto: "Éste es un asunto antiguo: caminar lentamente sobre
la tierra y el kuel apreciando sus necesidades y su cercanía a los
sentidos y forma humana, con conocimiento de la historia que radica en ellos
y que ellos cuentan, y anticipando la historia que vendrá. Los kuel
son nuestros espírituos emparentados. Nos enseñan; aprendemos
cómo vivir y cómo trabajar con ellos".
Los principales guías de Dillehay para entender los kuel fueron machis
y ancianos líderes de las comunidades locales. Y ganarse su confianza
sería crucial para el paso siguiente: excavar. Dillehay pudo ver a
su objeto de estudio en acción: las ceremonias de las machis en algunos
kuel, la relación de la comunidad con ellos. Sin embargo, excavar
era imprescindible para "escuchar" lo que los propios kuel podían
decir sobre su pasado. Aunque la ignorancia sobre su existencia o la simple
falta de cuidado habían destrozado algunos de estos túmulos
- cortados, por ejemplo, en el proceso de construcción de caminos-
, esta vez se trataba de excavaciones pactadas y controladas: se respetarían
los sepulcros y en las obras trabajarían personas de las comunidades
mapuches del lugar.
"Los diferentes tipos de suelo de un kuel están compuestos de sedimentos
locales y también de zonas distantes, que probablemente son de otros
grupos", explica Dillehay. Es evidencia importante: si para construir el
kuel hubo aporte de comunidades mapuches no vinculadas por parentesco, significa
que su sociedad estaba más desarrollada de lo que se suponía
hasta hoy.
El geólogo Mario Pino, que participó de las excavaciones, recuerda
las complejidades de esa etapa. "El día que comenzamos a excavar un
kuel granizó, algo muy inusual, y eso puso a muchos mapuches nerviosos",
recuerda Pino. "Una de las machis que Tom conocía llegó para
hacer una rogativa; eso les dio la confianza de que estaríamos protegidos".
"Cuando uno está excavando desde las siete de la mañana a las
cinco de la tarde, seis días a la semana, por dos meses, en un mismo
sitio, uno logra una relación muy estrecha, muy buena con las familias.
Es un contacto muy fructífero", explica Dillehay. "Ahora, cada vez
que vuelvo, es para visitar a amigos con los que comemos conversando. Es
la parte rica del trabajo".
La parte más reciente del trabajo de Dillehay sigue ligada a la tierra:
es el estudio de la historia de la agricultura de los mapuches en la zona. "Por
lo general se piensa que los mapuches, al momento de la llegada de los españoles,
eran cazadores, recolectores y pescadores, y que escasamente practicaban
la horticultura", dice Dillehay, pero adelanta que, como los kuel, los tipos
y técnicas de cultivo también revelan una sociedad más
avanzada. "Hemos encontrado estructuras de plataformas agrícolas para
intensificar la producción que revelan una seria labor cultural".
"El trabajo de Dillehay nos muestra una dimensión escondida, aunque
no desconocida, de los antiguos mapuches en el sur", dice el antropólogo
José Bengoa, especialista en el estudio de la cultura mapuche y autor
citado recurrentemente en el libro de Dillehay. "En la imaginación
no racista, que no ve al indio como primitivo, esta investigación
(de Dillehay) abre una veta para comprender al indio chileno de manera espectacular".
"Desde La Araucana hasta Barros Arana, quienes escribieron sobre los mapuches
tendieron una gran cortina", comenta Bengoa. "Con trabajos como éstos
se está haciendo un esfuerzo por develar ese pasado que no conocíamos".
Desde su casa en Tennessee, donde se encuentra la Universidad de Vanderbilt,
en la que dirige el Departamento de Antropología, Dillehay intenta
explicar por qué de pronto se ha visto involucrado en investigaciones
capitales para la valoración del patrimonio chileno. "Cuando llegué a
Chile, a los veintitantos años, encontré un mundo que no había
experimentado antes", explica. "Chile me abrió los ojos y me abrió el
corazón".
Dillehay rescata la profundidad de relaciones con colegas, alumnos y muchos
mapuches. "Llegué a ser muy cercano con mucha gente", comenta. "He
estado 32 años trabajando allá. He recorrido muchos caminos,
a pie, a caballo, en auto. Hay muchos datos que he recogido que nunca voy
a terminar de publicar", comenta. "Es una decisión que tomé hace
muchos años: Chile es un compromiso para mí. Y espero que los
chilenos me apoyen".