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Kume antu
cuento de Miguel A. Antipan Curin publicado en la Revista @


No he podido salir a jugar porque la lluvia tiene los campos inundados. Mi abuela está muy preocupada por la vaca overa que tiene malas costumbres igual que los chanchos del tío octavio curín. Yo no sé donde se ha ido la vaca, y, si lo supiera, me pondría la manta para ir por ella y traerla de regreso hasta el galpón, donde por las noches, yo la dejaba sola y separada de su ternerito hambriento. La abuela dice que yo todavía no aprendo a buscar los animales perdidos. Por eso ayer atravesó el estero y fue a decirle a su hijo, que vive en la otra loma, que iniciara la búsqueda de la vaca overa.

Cuando volvió me dijo que mi malle octavio es el único hijo que se preocupa por ella y que viene a cuidarla cuando está enferma de la guatita. El es el machi de la comunidad y le trae hierbas y remedios para que se ponga sana en corto tiempo. Ella le tiene harta fe a las hierbas y a las medicinas del machi.

La gente del lugar también cree mucho en las curaciones del malle octavio. Dicen que las medicinas que él prepara son mejores que las del médico winka. Su fama de " küme machi" es conocida en otros lugares de la región. También cuentan que los chilenos vienen de todas partes a verlo para tomar sus remedios y sanar sus enfermedades: claro que los médicos del pueblo hablan cosas malas de los mapuches que practican el arte de la sanación en el machitún. Ellos vienen a chenocahuin, una vez al año, en ese helicóptero que hace harto ruido como el tralkan, a inyectar vacunas a los niños asustados que nunca han visto un helicóptero cerca de los montes.

Menos mal que yo no me asusto con esos ruidos. Tampoco me impresionan las cosas lindas que traen los mapuches que vuelven de santiago. La novedad es algo que entusiasma mucho a todos en cualquier lugar de chenocahuin. Los niños no conocen sus juguetes. Ellos siempre juegan con los gatos, las ovejas, las gallinas y los bichos que hay en el campo. Yo me entretengo poco con estos juegos. El camión y los revólveres que me trajo mi mamá desde santiago están hartos viejos, pero de todos modos me quitan el aburrimiento cuando estoy solo escuchando el canto de los pájaros, los sonidos que vienen del fogón, los gritos de los niños que arrean las ovejas, las vacas, los bueyes por los caminos y las lomas.

Yo echo de menos a mi mamá todos los dias. No sé qué le habrá sucedido a ella, ya que ahora no viene a verme tan seguido como lo hacia antes.siento mucha pena cuando no vuelve pronto. A veces, cuando ha mermado la lluvia, voy hasta el camino y en el hualle grande escribo su nombre con letras mayúsculas para que se vea desde lejos. Y desde allí también miro los campos, el camino por donde llegaba cansada de tanto andar por pantanos y cerros. La última vez que vino a chenocahuin me dijo que deseaba quedarse mucho tiempo y estar siempre conmigo. Tenía los ojos tristes de tanto pensar en los viajes largos y aburridos a santiago. Ese tren ordinario le dejaba todo el cuerpo adolorido. Se quejó de no tener a mi papá a su lado para que nos diera su compañia toda la vida aquí en chenocahuin

O en cualquier lugar del mundo: comprendió que los errores de su juventud los había pagado muy caro. Parecía convencida de que mi papá se lamentaba de haber tenido un hijo mestizo. Y se fue diciendo que algún día jamás volvería a ser sirvienta de los chilenos.

Mi abuela tambien la echa de menos, porque no tiene a nadie con quien hablar. A mí me habla en mapuche y me quedo callado porque yo recién estoy aprendiendo su idioma. Y me he dado cuenta que ella tampoco sabe hablar bien el castellano."eimi kimlan ta ñi mapuche dungun", dice a cada momento y se pone muy enojada porque no le puedo responder al tiro.

Pero yo no tengo la culpa de no saber hablar el mapudungun. La verdad, le he dicho a la abuela, es que mi mamá tiene la culpa de todo. Ella nunca me enseño a pronunciar ninguna palabra cuando viviamos en santiago. Se preocupaba más de hablar castellano que practicar o recordar su idioma le gustaba pronunciar la "ese" al final de cada palabra, y después, con el tiempo, su acento era igual que el de sus amigas empleadas que se juntaban con ella los fines de semana.

La abuela dice que cuando los jovenes dejan la comunidad y se van a otro lugar, cambian su modo verdadero y vuelven muy distintos, mostrando esas costumbres de otras gentes, que le desagradan y hieren su modo mapuche. Yo le encuentro razón a ella. Sus palabras me hacen pensar mucho en las cosas que dice siempre mirándome a los ojos, y le agrada que le preste atención a todos sus actos e ideas. También se ha dado cuenta que tengo el mismo carácter de los pichikona y los weche de su época, ya que cuando hablo con alguien miro el suelo y cuando estoy alegre me contengo para no ser irrespetuoso con la gente mayor. Estos detalles los recuerda siempre la abuela. Mi comportamiento la tranquiliza y me trata bien porque soy obediente y respetuoso. Ha dicho que si yo pudiera responder a sus preguntas en mapuches seríamos muy felices y no tendríamos dificultades para entendernos.

Ayer, cuando dejó de llover, fuimos a buscar leña en la orilla del estero. Allí hay muchos palos para el fogón. Hay palos mojados, verdes, inútiles y todos terminan convertidos en cenizas. A mi abuela le parece bien que haya cenizas en el fogón, ya que con ella cuece el pan, limpia el trigo cocido y obtiene mucho kako para mí. También hace mültrün con el trigo cocido y, éstos me los devoro en la mañana porque quedan más exquisitos después de calentarlos en las brasas del fogón. Todos los platos que prepara la abuela son muy deliciosos. Y yo me acostumbré a saborear estas comidas que no se conocen allá en santiago.

Después que dejamos la leña encima de las cenizas, me dijo que no quedaba harina cruda en el quintal y que pasarían varios días para volver a comer pan. Entonces oyó cantar la loica en el hualle grande y dijo: "wüle akuay witran". Y se puso nerviosa porque alguien vendría a visitarnos. Miró el cielo azul, se acordó de algo y me invitó a subir al monte, ubicado donde nace la quebrada, a buscarunas cosas extrañas para comer.

Me fuí saltando delante de ella, por encima de los trozos de pellín tirados junto al camino. Iba muy contento porque hacia largo tiempo que no teníamos küme antü. Pero cuando el trozo giró hacia un costado perdí el equilibrio y caí igual que las piedras que lanzaba con la honda a los pájaros hambrientos del sembrado, sobre la tierra blanda, sintiendo que me iba a matar. Y mi abuela dio un grito espantoso: "¡kiñe filu!" . Yo me levanté asustado al ver a la culebra moviéndose cerca de mis pies. Ella la golpeó con la varilla de ulmo y la lanzó viva a los matorrales de la quebrada. Cuando se me quitó el susto me dijo que yo no volvería a caminar por este sendero, por chenocahuin mejor dicho. Y volví a sentir miedo porque dijo que las culebras anunciaban cosas malas igual que los gallos cuando cantaban al anochecer, igual que el kill kill o el zorro cuando se acercaban por las noches a los caminos y las rucas, igual que el canto ronco del chucao. No volví a sentir ganas de saltar. Seguí caminando detrás de ella, mirando ambos lados del sendero. Esa culebra todavía me hace sentir escalofríos en la espalda. ¡matukel, matukel,pichi kuan!, Dijo ella. Entramos al monte . La abuela se agachó y se cubrió la cabeza con el rebozo para que no la mojaran las gotas de la lluvia que todavía reposaban en las hojas de los árboles. "fa püle müley, loyo" dijo, ¿que es eso?, Le pregunté. Me hizo callar. Avanzó removiendo las hojas podridas, los trozos de pellín.

Los zapatos se me mojaron y sentí los pies húmedos como si anduviera descalzo; los pantalones entumecieron mis rodillas; la manta se puso más pesada por tanta agua que caía de los hualles. Mi abuela iba sin zapatos diciendo : "kuify, inche aukantukefuy fachi mawida meu". Y caminaba más rápido que yo por senderos cerrados por woki y enredaderas. Llegamos a un lugar abierto, inundado por la luz del día. Se puso a escarbar debajo de las hojas y entonces aparecieron muchos hongos de diferentes tamaños. "kiñe, epu, küla...", Dijo y los cortó con bastante cuidado, los metió en la pilwa repleta de hongos y vi que su cara, sus ojos estaban muy contentos. Yo tambien me puse alegre. Aunque tenía ganas de saborear un pedazo de pan, comprendí que nada nos faltaría para comer en los próximos días. Me ordenó caminar por el mismo sendero para salir pronto de la montaña antes de que la tarde o la lluvia volvieran a chenocahuin..

De regreso en la ruca, la abuela comenzó a preparar la cena. Yo eché más palos en el fogón y luego la olla, donde puso los hongos, comenzó a hervir perdida en el humo espeso de los palos. Respiré el olor deliciosos que salía de la olla y la boca se me llenó de saliva. Me quedó una sensación de hambre en las mandíbulas. Mi abuela se dió cuenta de mi ansiedad y me ordenó sentarme a la mesa. Me sirvió papas cocidas y un plato de madera repleto de hongos fritos.

Me devoré lentamente la primera porción y después me puse a comer desordenadamente. Pero cuando ella dejó sus platos en la mesa , el tío octavio entró a la ruca todo mojado, quitándose la manta.. Miró la olla y dijo: "¿cheo müley loyo, ñuke?."mawida meu, müley", dijo la abuela y charlaron durante largo rato sobre la vaca overa, el mal tiempo y los caminos anegados. Luego el tío se sentó frente a mí y compartimos los hongos traídos de la montaña.

Cuando acabamos de cenar la lluvia se dejo´caer intensamente sobre chenocahuin. El malle octavio se preparó para irse. No dijo nada cuando se puso el sombrero. La abuela le dio una mirada de ternura. Me miró y me dijo que lo acompañara hasta el portón. "¡peukalla!", Le dijo a su madre. Yo me levanté y salí pisándole las ojotas. Sentí un mal presagio igual que mi abuela cuando miraba los senderos. Me fuí caminando emparejado con él, como si algo me decidiera a imitar su manera de andar. Me sentí adulto, hombre. Incliné mi sombrero sobre los ojos. El tío seguía en silencio."¿no ha sabido nada de la vaca, tio?" , le dije. No contestó. Nos metimos en el barro, en medio del camino que se habia convertido en acequia. Nos acercamos al portón y mi malle se quitó las ojotas para atravesar el estero. "lai feichi waka,"dijo. ¿cheo mülley?, Le dije. "nag püle", contestó. Me puse triste y sentí ganas de llorar. El malle dio dos pasos y quitó el pestillo del poste para abrir el portón. El viento nos hizo tambalear. Antes de despedirse me sugirió callar y no decir ninguna palabra a mi abuela respecto a la vaca overa, ya que al dia siguiente debiamos ir por ella para rescatar su cuerpo de los pantanos. Nos despedimos. No supe qué gestos hizo el tío, pero en la oscuridad imaginé que se volvió llorando a su casa.

Yo volví a la ruca contando los pasos. No quería ver los ojos alegres de la abuela. Estaba muy triste porque la vaca se había muerto de frío y empantanada. Y lo que más me entristecía era la verdad, la verdad que debía ocultar a mi abuelita precisamente cuando nos preparábamos a tomar harta leche con harina tostada. Entré despacio, cerré la puerta, me fuí a la cama y me puse a pensar en la tristeza de mi raza, en esos cerros tan alejados del primer pueblo, en la vida y la muerte; en la vaca overa. Me dormí pensando en puras cosas tristes.

El malle y yo nos hemos reunido frente a los pantanos para ir por la vaca muerta. Ella está cerca del río cubierta por el matorral y las nalcas. El tío ha traido la yunta de bueyes para sacarla de allí. También han hecho un camino sobre las matas de mol y han esparcido un montón de trozos y tablones que harán más accesible el camino. Ha mermado la lluvia y los pájaros están cantando por todas partes. El cielo está más limpio que ayer y las nubes blancas corren hacia el sur de chenocahuin. El tío octavio y sus bueyes caminan sin miedo sobre los palos. Yo pongo los pies encima de los tablones, doy pasos cortos, respiro el olor de los excrementos de los animales. Mi malle es hábil, baquedano, como dice la gente aquí . Los hombres miran, examinan el hoyo donde está la vaca overa. La pobre tiene los cuernos clavados en el barro, los ojos abiertos por el sufrimiento. Ahora sé cuanto se quieren los animales aquí en el campo. Ella era mansa, daba harta leche por las mañanas y, a veces cuando tenia hambre, se acercaba y me pedía el pasto almacenado en el galpón y cuando le apretaba las ubres me golpeaba con su cola en la cabeza. La abuela me decía que así demostraba su enojo.

Pero yo sabía que a mi me expresaba su cariño de animal bueno. Por eso ahora tengo ganas de abrazarla para sentir su piel, sus huesos en la yema de mis dedos. Claro que ya está demasiado fría igual que mis manos o mis pies.

El ternero está en el caminito con las orejas levantadas. Ha visto a su madre y camina inquieto como si se hubiera dado cuenta de que nunca volverá a saborear la leche materna. Brama desesperado moviendo la cola. Nada lo detiene. Se dirige hasta los arbustos y desaparece. Nadie se ha preocupado por él. Los hombres ni siquiera lo han escuchado bramar. Están muy ocupados poniendo palos alrededor de la vaca. A ella le han atado los cuernos, las patas para sacarla del pantano. El tío octavio y sus bueyes se acomodan y están listos para comenzar el rescate. Todos gritan empujando el enorme cuerpo de la vaca. Yo me acerco a los canelos, pienso en la cena de anoche y la sonrisa de la abuela. Pero escucho la voz de una mujer y me aparto de las ramas tiernas . Levanto la mirada , piso los tablones , me alejo de las matas de moll. El malle octavio sigue gritando, la voz de la mujer viene por el sendero, se acerca , me late el corazón . Subo corriendo por el caminito. Mi mamá se asoma, sale de los arbustos , riendo. Me abraza, me besa en la cara. Yo tambíen le doy besos y le habló en mapuche. Pongo mis mejillas entre sus senos y siento que la quiero mucho. Mi abuela se acerca , nos abraza y se queda mirando a los hombres que ya han sacado a la vaca muerta de los pantanos. Miro el semblante de mi mamá, las lagrimas de mi abuela. Tengo miedo, miedo de abandonar chenocahuin.
 
 

Cuento de un mapuche

Creó en nuestras capacidades intelectuales. Estoy convencido de que podemos perpetuar nuestra existencia en el tiempo... Pero, para avanzar hacia el futuro con estas actitudes de superación, desarrollo y adquirir el grado de conocimiento e igualdad respecto de la sociedad dominante, necesitamos ante todo una educación, una educación que restituya nuestros valores culturales, que acepte la presencia mapuche, que sea capaz de desterrar los viejos mitos de la conquista, tales como el rechazo, la negación , el racismo, la violencia....
 

Fei ka müten
 
 

Miguel A. Antipan Curin
Santiago - Chile 1998.