Santiago de Chile, Domingo 3 de Septiembre de 2000

Caminos Ancestrales

Los viejos y nuevos problemas de los araucanos siguen preocupando al país y a los estudiosos. Se hurga en el pasado, se le distorsiona y se impulsan el resentimiento y la violencia en el presente.

Varias veces he insistido, en libros, en artículos científicos y en colaboraciones de prensa, que la guerra inicial en Arauco fue reemplazada por relaciones fronterizas que acercaron a los dos pueblos involucrados. La explicación está en que surgen necesidades e intereses por ambos lados. Para los pueblos primitivos, adquirir los bienes de los dominadores constituye una gran ventaja material, a la vez que prestigiosa. Es igual que nuestra apetencia de los bienes de los países más desarrollados y el deseo de alcanzar su nivel de vida.

Por esa razón, los araucanos y sus descendientes mestizos, desde los primeros días de la Conquista y hasta el día de hoy, han procurado hacerse de los bienes de la cultura dominante y se han adaptado a sus usos y costumbres. Es el humano deseo de ser como el otro.

No tengo la menor duda de que los mestizos araucanos procuraron mantener rasgos de su cultura y que hoy pretenden darle nuevo impulso. Pero a la vez no puede desconocerse que los españoles y luego los chilenos, pese a la violencia, los abusos y el despojo de tierras, proporcionaron y siguen proporcionándoles caminos, puentes, escuelas, misiones, reserva de tierras, vigilancia, administración de justicia y derechos políticos, todo dentro del sentido igualitario que caracteriza a la vida nacional. Con todo, hay que tener en cuenta que ha habido atropellos y desconsideración, tal como ocurre también con los restantes mestizos chilenos de todo el territorio.

Entre los araucanos ha habido toda clase de gente, tal como ocurre en cualquier colectividad. Los que tienen responsabilidad y confían en su valor como individuos, que son inteligentes, se educan y capacitan, mejoran su situación y llegan a destacarse. Los ejemplos se encuentran en la vida corriente y en cargos de importancia.

Mientras tanto, los indolentes, con escasa capacidad y rutinarios en el apego a sus tierras, siguen en pésima situación y se refugian en la protesta y el alcohol. En el sector de Ralco esta situación es evidente. Los más activos han aceptado el desafío de nuevas tierras y la práctica de una tecnología moderna, a la vez que algunos pocos se aferran a la rutina ancestral y se complacen en la protesta para impresionar a las autoridades y a los grupos políticos extremistas y a intelectuales a la violeta.

No estará de más recordar que entre los mal llamados pehuenches, un cacique solicitó el estudio de un plan antialcohólico a la Fundación Pehuén, que no pudo llevarse a cabo por desconfianza en su resultado.

Parece claro que los grupos más abandonados merecen una preocupación especial, igual que muchos otros chilenos. Pero esa ayuda no debe tener un sentido caritativo, en que las cosas seguirían iguales y que sólo aplacarían las protestas para uso político del Gobierno. Atacar a fondo los problemas, con mejor educación, capacitación y estímulos, es lo que corresponde hacer. Hay que crear el sentido de la responsabilidad y del esfuerzo individual, en lugar de esperar el maná del Estado benefactor, el apoyo de las fundaciones internacionales y la palabrería enfática de políticos e intelectuales.

Los señores Rolf Foerster y Jorge Iván Vergara, antropólogos aguerridos, dotados de buenas armas y lectores atentos de todo lo que escribo, han señalado en esta página que es necesario reconocer la existencia de una nueva realidad "etnonacional", con cultura e identidad características, que debería encontrar su propia vía de desarrollo.

Al parecer, esa posición no es diametralmente opuesta a la mía, siempre que estemos de acuerdo en que la cultura dominante debe ayudar e inducir aquel desarrollo que, naturalmente, debe basarse en la voluntad y el entusiasmo de los favorecidos.

Pero de contado, ni Estado ni leyes propias, autonomía ni bandera diferente. Tampoco compensaciones pecuniarias por fallos adversos de la justicia.

Chile es un país unitario en todo sentido; ésa ha sido la mejor característica de su historia y ése debe ser su destino.

Resulta inaceptable que a título de derechos ancestrales se viole la ley, se ataque a las personas y se destruyan los bienes de particulares. No solamente se perturba la producción, sino que se ahuyenta la inversión nacional y extranjera: una minoría contumaz no tiene por qué empobrecer a todos los chilenos.

Sergio Villalobos R.  


©2000 Empresa El Mercurio S.A.P