DIARIO ELECTRONICO DE COPESA

Resumen del 27 de Marzo al 02 de Abril de 1997


Peñalolén, reducto mapuche

Constanza Díaz Raffo 

Descendientes de Lautaro luchan por mantener su cultura. Cerca de 400.000 miembros de esta etnia registró el último censo en la Región Metropolitana. La gran mayoría vive en sectores marginales.

Doña Carmen Nahuelpán pertenece a una comunidad mapuche del sur. Nunca estudió, porque debía cuidar animales. Su soltería terminó cuando, a los 15 años, fue raptada por su pretendiente Segundo Ancatén Catrilao, de 18, quien se la llevó a vivir a casa de sus padres. "Una tenía que ir, porque ya habían palabras metidas...", recuerda. Aunque un mensajero avisó a su madre dónde estaba, sólo a las dos semanas volvió a su hogar, ya comprometida.

Tiene 57 años y hace 20 que vive en Santiago. Llegó en busca de trabajo... sabía crear con la lana, pero el único empleo que encontró fue el de asesora del hogar. Eso le permitió arrendar -junto con su marido y sus dos hijas- una pieza hasta que se compraron una mediagua en el sector alto de Peñalolén (en mapuche significa "lugar de ceremonia").

Su rostro muestra las huellas del trabajo y esfuerzo por superar la discriminación que el "camulfún" -"hermano de otra sangre", que alude al chileno- le ha hecho sentir. Sin embargo, está contenta de vivir en Santiago. "Por necesidad, aguantamos mucho. La gente rica es muy dominante, terca y nos retaba. Pero no vuelvo al Sur... aquí, aunque no tenga tanta plata, uno anda más decente y limpio", aclaró.

Dice que no domina el mapuche, "porque mis papás se criaron con chilenos", pero se siente orgullosa de saber tocar el cultrún.

"No estábamos ni ahí con la cultura mapuche, porque no nos interesaba, hasta que entré al conjunto musical", recuerda.

Ella es un ejemplo del cambio que está experimentando la gran mayoría de los 400.000 mapuches que viven en Santiago.

Es una realidad. Esa cultura se está perdiendo, pero para que no se olvide, hay quienes intentan rescatarla. Miguel Huenul es uno de ellos.

Desciende de una familia de "loncos", o líderes, en la zona de Imperial. Su padre, como buen mapuche, tuvo cuatro mujeres y con cada una tuvo un hijo. Ahora él es lonco y quiere rescatar su cultura entre los 18.000 indígenas que viven en Peñalolén.

Dejó la fotografía para enseñar su historia a los pequeños mapuches y también a los que no lo son. "Los niños son nuestra semilla, porque cuesta trabajar con los jóvenes y adultos", reconoció.

En los talleres, a través de la elaboración de instrumentos, la música, bailes y ceremonias, les enseña un poco de cultura. "A través de esas experiencias, ellos aprenden palabras mapuches y conocen nuestra historia", dijo. Esto se refuerza con las escuelas de verano, en las que los niños viajan a conocer la tierra de sus ancestros.

La realidad de los adultos es otra. A los hombres se les ve en panaderías y en la construcción y, a las mujeres, en labores domésticas. Según Huenul, los mapuches son una raza esforzada, pero a muchos "los ha contaminado la ciudad... la discriminación ha bajado su rendimiento".

Sin embargo, algo está pasando, porque las nuevas generaciones quieren cortar esa dolorosa situación. "A los jóvenes les interesa entrar a los institutos y universidades... es una generación muy fuerte", enfatiza Huenul.

Doña Carmen también es partidaria de que los jóvenes estudien. "Si nosotros no tuvimos esa oportunidad, que ellos lo hagan", dijo.

Un ejemplo es la escuela Mira Valle, en Peñalolén, donde ellos comparten con niños chilenos. Además, allí hay un lugar de ceremonia donde una "machi" se dirige a los espíritus para pedir o dar gracias... Es el guillatún, que se celebra alrededor de rehues, troncos sagrados.

Paulina Marín Trangolao es una de las alumnas de esa escuela. "Me siento orgullosa de ser mapuche. Aunque no sé hablar mucho, le enseño a mis amigos chilenos algunas palabras. En mi casa, mi mamá es la única que habla ese idioma y mis hermanas se ríen de ella", comentó.

A los talleres puede acudir cualquiera. Un ejemplo es Humberto Bahamondes, de 14 años, sin una gota de sangre mapuche en sus venas. "Me metí solo, porque me gustó el baile. En mi casa lo saben y me dan permiso sin problemas, pero me cuesta convencer a mis amigos, porque les da vergüenza la raza mapuche" (30-03-97).