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Domingo 9 de diciembre de 2007  
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Por Gonzalo Peralta / La Nación Domingo

El líder mapuche que casi expulsó a los españoles de chile

Las cinco muertes de Lautaro

Hace 450 años terminó la existencia del indio más bravío de Chile. El tiempo y los hombres lo han convertido en bandera de lucha y mito. Mientras rearman su vida en película épica, acá entregamos una crónica sobre el heroísmo, la traición y la libertad.

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Hacia abril de 1557, las misas, rogativas, procesiones, mandas y confesiones hacían nata en la incipiente capital del reino de Chile. Y el motivo de tamaño fervor religioso no era otro que el terror. Ese verano, desde las selvas al sur del Biobío venía imparable y tenaz el imbatible Lautaro. Precedían al aguerrido mocetón la famosa derrota y muerte de Pedro de Valdivia y su ejército en Tucapel. Luego, la humillación y desbande del sucesor de Valdivia, Francisco de Villagra, en Marigueñu, y de ahí, como funesto anticipo de lo que sucedería a Santiago, la captura y destrucción de la ciudad de Concepción.

Reuniendo apenas los despojos de sus ejércitos, los tercios de España armaron una hueste al mando de Juan de Godines, quien, junto con los restos de los ejércitos del sur al mando de Francisco de Villagra, corrieron al encuentro de Lautaro y, sobre todo, a la salvación de sus castizos pellejos.

Fue entonces que vino en ayuda de los europeos una herramienta más fatal que la pólvora: la traición. Un indio de la zona, "hijo de aquellas mismas comarcas que el mancebo araucano se esforzaba por hacer libres a costa de su sangre", les dio a los capitanes españoles la información del lugar del campamento de Lautaro.

Llegados los españoles al campamento por la noche del jueves 30 de abril de 1557, el capitán Francisco de Villagra envió a un lenguaraz o traductor, junto con dos centinelas, a espiar al enemigo. Acercándose en las sombras de la noche, el traductor escuchó un diálogo agorero y fatal. Dos mocetones, según algunos cronistas, un indio y una india, según otros, relataban un sueño en el cual se anunciaba la muerte y derrota de los indios de Chile. Destino, coincidencia o mañoso acomodo de la historia, resultó que aquel indio atormentado por los presagios no era otro que Lautaro, y su confidente, Guacolda, amante y esposa a quien no dejaba en campañas ni batallas.

LA CONFUSIÓN DE LA SANGRE

Avisados los españoles, cercaron el campamento con el máximo sigilo, y cuando ya iba a amanecer se lanzaron al ataque al sonido de una trompeta. La sorpresa fue casi total, los guerreros saltaron sobre las armas, pero ya la caballería castellana arrasaba el campo y, sobre todo, el indómito Lautaro caía herido de muerte apenas comenzada la refriega.

¿Cómo murió así, sin luchar casi y a las puertas de la victoria total?

En medio de la confusión de la sangre, el humo y las sombras, no hay certeza del verdugo de Lautaro. La primera versión de su muerte, según algunos, es que cayó en el ataque por mano de algún español. Sin embargo, el caudillo fue herido por una flecha o arma arrojadiza, las cuales los españoles no usaban. Por otro lado, Villagra había dado orden de capturarlo vivo, pues su orgullosa fantasía jugaba con la escena de enviar a Lautaro ante el mismísimo Rey Carlos de España, para que viera en persona cómo eran estos salvajes, ahora derrotados por este ilustre capitán y candidato a gobernador del reino.

En consecuencia, la segunda versión de la muerte de Lautaro indica que fue un indígena, quizás alguno de los indios amigos del valle central que acompañaban a la fuerza española. Pero Lautaro muere casi en el instante mismo de la alarma de ataque, cuando sus enemigos aún no entraban al campamento. Y los primeros en entrar a la batalla fueron los jinetes españoles, por la velocidad de sus caballos. Después, los alcanzaron los indios auxiliares, de a pie. Imposible que fuese un indio auxiliar.

Entonces, la tercera versión es que murió sin duda por mano de alguno de los guerreros araucanos que le servían de guardia personal y núcleo de elite de su fuerza, y que estaban cerca de él en todo momento. Sin embargo, también es dudoso, pues fueron estos guerreros quienes se mantuvieron a pie firme, rodeando el cadáver de su jefe, hasta que todos ellos lo acompañaron en su fatal destino; no quedó uno solo vivo.

MORIR LUCHANDO

Queda entonces la cuarta versión de su muerte, que es la traición de alguno de los indios promaucaes del valle central, a quienes Lautaro había sumado durante la exitosa y violenta campaña hacia Santiago. Esto parece posible, pues los indios del valle central ya estaban sometidos a los castellanos tras más de diez años de guerra y sumisión, y la furiosa arremetida de Lautaro los había obligado a sangre y fuego a unirse a su campaña. Y para aquellos que negaban el auxilio a Lautaro o que colaboraban con los cristianos, esperaban horribles tormentos y el foso de la muerte infamante. Y por otro lado, muchos de ellos ya se habían pasado al bando europeo, y la llegada de Lautaro venía a alterar este incipiente orden y jerarquía. Ahora bien, Lautaro no era mapuche, era un indio del valle central, un promaucae, hermano de raza y nación de estos sometidos, a quienes venía a liberar de la dura servidumbre española. ¿No valía más morir luchando que bajo los azotes de la esclavitud?

Finalmente, va quedando la quinta versión de su muerte: el vil asesinato. El simple y vulgar crimen pasional. Esta versión asoma por boca del cronista Diego de Rosales, donde el asesinato habría ocurrido por envidia y celos de Guacolda, famosa por su belleza y dulzura y a quien muchos codiciaban. Asimismo, según Pedro de Oña en su "Arauco domado", en su canto XIII atribuye el crimen al cacique Catirai, amigo y aliado predilecto de Lautaro y quien sufría la amistad de Lauatro enamorado hasta la locura del despecho de la bella Guacolda. Y para sustentar esta versión, según el mismo autor, ya muerto Lautaro y derrotado su ejército, Guacolda fue llevada prisionera por los españoles y ofrecida a este Catirai como esposa, pero ella jamás lo aceptó y prefirió antes que esa alianza ser la querida de un simple soldado español.

Lo único cierto es que Lautaro murió a orillas del río Mataquito, camino a liberar a Chile del dominio español, y que fueron sus mismos compatriotas, los indios del valle central, los del Maipo y del Mapocho, y no los españoles, quienes le cortaron la cabeza y la llevaron en triunfo, para uso y disfrute de sus borracheras en Santiago. LCD