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Manifestación Mapuche contra el 12 de octubre

La dignidad marchó por Santiago

Por Carlos Millahual, desde Santiago / Kolectivo Lientur / 13 de octubre de 2003


Con una masiva participación de organizaciones sociales, políticas, sindicales y estudiantiles se desarrolló el pasado 12 de octubre en las calles de Santiago la “Marcha por la Resistencia Mapuche” convocada por diversas agrupaciones mapuche de la capital en rechazo a la conmemoración del 12 de octubre y por la libertad de los prisioneros políticos mapuche recluidos en distintos penales de la zona sur del país. A eso de las 11:30 de la mañana, más de tres mil personas comenzaron a marchar desde Plaza Italia con destino al Cerro Huelen (Santa Lucía), liderados estrictamente por las demás organizaciones convocantes, entre las que destacaban Meli Witran Mapu, el Comité por la Liberación de los Presos Políticos Mapuche, la Agrupación Odiokratas de Ce rro Navia y el Hogar de Estudiantes Universitarios Mapuche ubicado en calle Suecia de Providencia.

Diversas fueron las motivaciones para organizar esta marcha, señalaron los organizadores, aun cuando todas ellas de una u otra forma daban cuenta de una misma realidad de abusos y atropellos que no sólo se ha mantenido inalterable por ya más de 500 años, sino que además parecieran irse incrementando con el paso del tiempo y bajo nuevas formas al interior de las fronteras del Estado chileno. El fin de la discriminación contra los pueblos indígenas; la libertad de los presos políticos recluidos en las mazmorras de la zona sur; la salida de las multinacionales forestales y energéticas del territorio mapuche; la no aplicación de leyes políticas -como la N° 18.364 sobre Conductas Terroristas- en contra de dirigentes y miembros de las comunidades en conflicto; y el fin de la impunidad hacia efectivos policiales involucrados en graves casos de atropellos a los derechos humanos, constituyeron la tónica de una jornada carg ada de ancestrales reclamos todavía vigentes.

De todos ellos, destacaron este 12 de octubre los gritos de justicia para el caso de la muerte del joven mapuche Alex Lemún, asesinato policial perpetrado a mansalva en los campos de la zona de Ercilla en noviembre del año 2002 y cuyo principal inculpado -el mayor de Carabineros Marco Aurelio Treuer- fue dejado en libertad por parte de la justicia militar en un fallo apestante de racismo e impunidad. También los reclamos de libertad para los lonkos Pascual Pichún y Aniceto Norin, figuras emblemáticas de la prisión política impuesta por los gobiernos de la Concertación de Partidos por la Democracia. Ambos líderes tradicionales fueron recientemente condenados en Angol por amenazas “terroristas” contra el latifundista y ex ministro de Estado, Juan Agustín Figueroa, en un fallo que –tal como aseguró en Temuco el abogado de la Corporación NorAlinea, Jaime Madariaga- debería “avergonzar” ante los ojos del mundo al sistema judici al chileno.

Por cierto, la multitudinaria marcha no solo estaba conformada por miembros del movimiento mapuche establecidos en la capital tras emigrar del empobrecimiento y la falta de tierras aun existente en el Wallmapu. Representantes del pueblo aymara, grupos de minorías sexuales, organizaciones de izquierda, sindicatos de trabajadores, grupos ecologistas, colectivos anarquistas, miembros de las barras bravas y agrupaciones artísticas y culturales respondieron también entusiastas a la convocatoria, pasando a formar parte de este abanico de expresiones críticas de los 511 años del denominado "Descubrimiento de América" que tanto celebran por estos días las oligarquías nacionales y extranjeras. Se trató sin duda de una marcha cargada de simbolismos. Y dentro de estos últimos, los más aplaudidos resultaron las ya tradicionales “quemas” de banderas chilenas y estadounidenses, además de una demostración de palin que –para sorpresa de los huinkas transeúntes- un grupo de jóvenes palife pertenecientes a las agrupaciones convocantes realizó en medio del asfalto santiaguino.

"Con ropajes distintos y bajo los mandatos del capitalismo, la conquista continúa interminable en nuestros territorios", señalarían con insistencia varios de los delegados indígenas presentes en la manifestación, todos ellos hermanados esta vez bajo el rostro aun adolescente de Alex Lemún, "mártir de la liberación nacional mapuche", según consignaban la mayoría de los lienzos, pendones y pancartas utilizados en la multitudinaria marcha, la misma que culminaría más tarde su multicolor recorrido en las faldas del histórico Cerro Huelen. Allí y más precisamente en la calle Miraflores, tendría lugar el tradicional Acto Político-Cultural, donde los discursos en contra del "colonialismo" del Estado chileno y sus reiteradas acciones represivas en contra del movimiento mapuche fueron vitoreados como una sola voz, como una sola fuerza, por todos los manifestantes reunidos.

Un par de horas más tarde y cuando ya los bailes tradicionales, la presentación de los grupos musicales y la declamación de los poetas habían finalizado, la manifestación se disolvió ante la mirada expectante de las fuerzas policiales apostadas en los alrededores del sector y encargadas de los tradicionales apaleos y persecuciones ordenados por el democrático gobierno para este tipo de ocasiones. Sin embargo y contrario a lo sucedido en otras manifestaciones públicas, esta vez los guardianes de la ley no tuvieron más alternativa que observar impotentes como las miles de personas -hombres, mujeres, jóvenes y niños, mapuches y no mapuches- retornaban pacíficamente a sus respectivos lugares de origen, llevando consigo no solo la satisfacción del deber cumplido, sino que también la esperanza intacta de un futuro cada vez más cerca de libertad y de justicia para nuestros pueblos.
 
 

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¿Día de la Raza o del Racismo?

Por Mauricio Buendía / Revista Punto Final / 12 de octubre de 2003

Hay un hermoso bosque de araucarias argentadas, allá, en las cumbres cordilleranas del valle de Quinquen. Y no las pintaron de plata dioses antiguos cuando jugaban extasiados entre el viento y la nieve, sino que sus inermes ramas fueron cubiertas de un triste manto de ceniza luego de un feroz incendio causado por el forastero una noche cualquiera de otoño. Allá mismo, en el bajo, se halla la laguna Galletue, verde y majestuosa, acariciando con sus aguas las tierras pehuenche. Allí nace el colosal rió Bio-Bio, el mismo que se paseó sin máculas serpenteando cerros y quebradas hasta el día en que un grupo de extraños hombres a lomo de piafantes caballos intentó prenderle fuego a su historia. Pero el pueblo mapuche defendió su frontera natural y combatió con furia hasta que el invasor hubo de respetar a aquel pueblo que tan solo deseaba vivir en paz. Otr os pueblos indígenas de América transitaron por otro derrotero, pues el invasor hispano fue inmisericorde cuando se trató de imponer a sangre y fuego otra cultura, otra religión, otro mundo. Porque de allá venían, desde las sombras del mar y de la noche, ocultando sus rostros tras bruñidos yelmos.

Quizás por temor, acaso por vergüenza al pensar en la bestial violación de tierra ajena para sembrar la maldita esperma que nos abrumó de espanto, de pestes, tortura y muerte. A ese día de los poderosos, otros poderosos le llaman Día de la Raza y se ríen y congratulan entre banderolas y finas yerbas, mientras que los pueblos originarios del continente bregan simplemente por subsistir en la pobreza, la marginalidad y el abandono. Y son pobres en Bolivia, en México, en Guatemala, en Brasil, en Argentina, en Ecuador , en Colombia y en Perú. Son los que sobrevivieron a la matanza conquistadora, pues 60 millones de hermanos indígenas perdieron su vida durante el descubricidio de América, sin saber desde donde les disparaban al centro de su sosiego haciendo estallar en mil pedazos su pasado, su presente y todos sus su eños.

A aquel día de violencia maldita, de traición y codicia ilimitada le llamaron Día de la Raza y le transformaron en celebración de cantos y bailes exóticos. Poco importan las horrendas torturas a Tupac Amaru y su familia por el solo delito de haberse levantado contra el imperio español. Poco valen los millares de huérfanos, el coraje y la inteligencia de Leftraru en defensa del territorio mapuche. Lo único que importa es que los ricos de hoy celebren a los ricos de ayer en el nombre del padre, del oro y del espíritu santo. Amén. Los indios son dispensables y por eso, la laguna Galletue debe estar triste al saber que su hijo pródigo, el magno Bio-Bio, ha sido mancillado por un conquistador de distinto signo, pero de igual nacionalidad. Claro, es que la española Endesa ha logrado por fin, luego de más de una década de valerosa resistencia por parte de un grupo de familias pehuenche, imponer su voluntad.

511 años después del arribo de Colón y un puñado de delincuentes al continente amerindio, otro conglomerado, quizás más poderoso y más peligroso aún, comienza a fortalecer su presencia en la zona del Alto Bio-Bio con la connivencia del gobierno chileno. Una a una las 100 familias pehuenche de las comunidades Ralko-Lepoy y Quepuka Ralko, ambas directamente afectadas por la construcción de la represa Ralko, fueron cediendo a las presiones agenciadas por Endesa y su personal. Ahora, las cuatro familias que se habían negado a abandonar sus tierras ancestrales llegaron a un principio de acuerdo que significa, en la práctica, que la empresa hidroeléctrica podrá continuar sin problemas la construcción de la represa y, además, facilita la implementación de un plan estratégico que contempla, además de Pangue y Ralko, otras cuatro represas en la zona.

Fueron años de desgastadora lucha, de múltiples presiones, engaños y agresiones. Aurelia Marihuan, una de las ultimas mujeres en firmar el principio de acuerdo, comentó en una ocasión en medio del humo del fogón y la frescura de los dihueñes, que “nunca dejaría mi tierra, que sus hijos querían crecer corriendo ahí entre los árboles y el río”. Sus pequeños hijos la observaban sin entender lo que sucedía, que ya no podrían jugar libremente por aquellos bellos parajes. Sin embargo, fue demasiado el tiempo y poco a poco se fueron quedando solas Berta, Rosario, Aurelia y Mercedes enfrentadas al poderío de un grupo económico transnacional y a un gobierno que solo defiende los intereses del capital. Fue una defensa digna que culminó en una negociación que implica una compensación de 200 millones de pesos y 77 hectáreas para cada una de las cuatro mujeres pehuenche afectadas.

Asimismo, el gobierno se comprometió a adquirir 1200 hectáreas para los hijos de éstas, además de otros beneficios, como asistencia técnica y becas de estudio. Pero lo que en cualquier otro tipo de negociación podría considerarse como una victoria, toda vez que Endesa se vio obligada a aceptar las condiciones impuestas por las cuatro familias pehuenche, ello no es así, porque esto va mucho más allá del ámbito económico, irrespectivamente de las cantidades involucradas. Es que no es solo la inundación de tierras, sino que la destrucción de una cultura en el nombre de un manido concepto de progreso que solo beneficia a un grupusculo de chilenos y extranjeros que, seguramente, no estarán pensando ni en Rosario Huentenao, Berta Quintreman, Mercedes Huentenao o Aurelia Marihuan cuando levanten sus copas para celebrar, una vez más, el Día de la Raza y el encuentro de dos mundos, como algunos denominan al evento que hace más de cinco siglos d io inicio a una de las etapas más oscuras en la historia de los pueblos originarios del continente.

Tampoco estarán pensando en las otras 96 familias del Alto Bio-Bio quienes dejaron sus tierras por una magra compensación de dos millones de pesos. Por ello es que un grupo de dirigentes mapuche iniciarán acciones legales por estafa en contra de Endesa, pues, como señalan, “la lucha aun no ha terminado”. Es más, un grupo de dirigentes de las identidades territoriales Lafkenche, Nagche,Wenteche, Wariache y Huilliche se reunió la semana pasada en Santiago con los abogados de las familias pehuenche, Roberto Celedón, Sergio Fuenzalida y Alex Quevedo, para enrostrarles su accionar en las negociaciones con Endesa. Los dirigentes, reconociendo que las cuatro familias pehuenche estaban dispuestas a negociar, adicionaron 5 puntos al compromiso de acuerdo: el reconocimiento constitucional de los pueblos indígenas; la aprobación del Convenio 169 de la Organización Internacional de l Trabajo; libertad para los presos políticos mapuche; un porcentaje de las utilidades de Endesa debe ir al pueblo pehuenche y, finalmente, demandaron la devolución del territorio mapuche a sus dueños históricos.

Dueños con historia y prehistoria, con sueños antiguos y una dignidad a toda prueba. Y no basta con recordar su valentía en su lucha contra el conquistador, ni con la existencia de algunas calles o centros comerciales con nombres indígenas en el barrio alto de la capital. Tampoco con designar el 24 de Junio como el día de los pueblos indígenas, puesto que toda la legislación elaborada por el Estado chileno desde el siglo IX está destinada a la asimilación o integración marginal de los pueblos originarios a la sociedad chilena. Además, claro está, de las políticas de exterminio directo llevadas a cabo por agentes del Estado y particulares en contra, no solo del pueblo mapuche, sino que también contra otros pueblos como los Yamana, Kaweskar o Selknam. Es por es o que el infame Día de la Raza, en realidad, se ha convertido en una expresión de racismo sistemático que forma parte de la cultura chilena, como las conductas homofóbicas y machistas de amplios sectores sociales. Es que las clases dominantes emancipadas de la corona española a comienzos del siglo IX impusieron una identidad chilena, artificial y antojadiza, que denostaba lo indígena y exacerbaba lo europeo. No obstante, aunque les duela a los aristócratas de ayer y de hoy, la inmensa mayoría de los chilenos tenemos sangre morena y terrosa y, por lo mismo, indígena.

Por lo tanto, en este día y todos los días nuestro saludo solidario debe ir hacia las hermanas pehuenche del Alto Bio- Bio, a los presos políticos mapuche que están siendo sometidos a la Ley Antiterrorista por querer recuperar sus tierras, a los estudiantes de los Hogares mapuche que luchan por condiciones dignas de vida. En este día y todos los días debemos recuperar aquella memoria extraviada en el viento que ulula lágrimas por masacres cometidas en el nombre de una raza supuestamente superior, pero que  también rememora la heroicidad de pueblos originarios que ofrendaron su vida por su libertad. Y que lo siguen haciendo hoy, porque la economía de mercado se ha convertido en el nuevo conquistador para quien los indígenas son lisa y llanamente un obstáculo en el camino hacia el lucro. Pero la porfía de los pueblos originarios es milenaria, como su dignidad y su espíritu de lucha, por ello, el Día de la Raza debería denominarse el Día de la dignidad indígena.