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Septiembre 10, de 2002
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Kolectivo Lientur
K O N T R A I N F O R M A C I O N

Presos políticos, nuestra dignidad engrillada

Por Pedro Cayuqueo

En los momentos en que escribo esta columna, dos jóvenes mapuches, miembros de una reconocida comunidad de la Provincia de Malleko y prisioneros políticos de la cárcel pública de Traiguén, se encuentran hospitalizados debido al grave deterioro físico sufrido por ambos en una huelga de hambre iniciada hace ya más de un mes, pero cuyas legítimas exigencias de justicia y libertad se han estrellado irremediablemente ante los oídos sordos de los fiscales y los jueces que componen en La Araucanía este experimento de justicia neonazi denominado eufemísticamente como "Reforma Procesal Penal".

Ambos jóvenes, Rafael y Pascual Pichún, fueron arrestados hace cinco meses en su comunidad por miembros de la policía civil chilena, sospechosos de ser los autores de un atentado incendiario con bombas molotov que, al atardecer del día viernes 14 de abril y en circunstancias aún no aclaradas del todo, redujeron a escombros un camión de servicios forestales en las inmediaciones del conflictivo Fundo Nancahue, territorio ancestral de nuestro pueblo usurpado a las comunidades de los sectores de Temulemu y Didaico en épocas pasadas, y que hoy se encuentra en manos del todopoderoso ex ministro de estado, don Juan Agustín Figueroa.

Así es, en manos del mismísimo ex Ministro de Agricultura del primer gobierno de la Concertación, en manos del actual miembro del Tribunal Constitucional de la República y en manos de la persona a quién además le corresponde hoy el paradójico honor de administrar el legado cultural del insigne poeta universal y admirador del pueblo mapuche, don Pablo Neruda, autor del Canto General y de otro tantos poemas en homenaje a la resistencia heroica de nuestro pueblo para impedir en otros tiempos la invasión inescrupulosa de sus tierras.

Se trató de un atentado en apariencia con fines políticos, similar a muchos otros ocurridos en distintas zonas de conflicto territorial y cuya autoría si bien ha sido imposible de precisar con exactitud por parte de los fiscales cazamapuches, igual los mantiene a ambos desde hace más de cinco meses confinados en una fría celda al ser considerados por la jueza que instruye la causa como un verdadero "peligro" para la sociedad.

Para la sociedad de quién, se preguntan con justa razón algunos, si toda persona es considerada en Chile inocente a menos que se demuestre su culpabilidad en un juicio, según rezan los propios afiches del Ministerio de Justicia que de seguro deben adornar las paredes de la acogedora y confortable oficina de la propia señora magistrado. Un peligro para la sociedad... ¿para la Sociedad de Fomento Fabril, para la Sociedad de Exportadores Forestales o para la Sociedad Nacional de Agricultura?.

Al anochecer del mismo día viernes 14 de abril, efectivos policiales allanaron subametralladora en mano la casa de la familia Pichún Coyonao en el sector de Temulemu, redujeron violentamente a la totalidad de sus moradores, en su mayoría mujeres y niños, y a puntapiés y garabatos se llevaron a los dos hermanos rumbo a la ciudad de Traiguén para que confesaran su participación en un delito que ellos aseguraban a gritos jamás haber cometido.

Su madre, Flora Coyonao, poco pudo hacer para evitar que los eficientes agentes del estado le arrebataran a sus hijos a culatazo limpio de su lado. Su padre, el lonko Pascual Pichún, pudo mucho menos todavía. Desde la soledad de su encierro en la cárcel de Traiguén (donde se encontraba y se encuentra aún recluido acusado también de "terrorismo"), apenas alcanzó a rogar a los espíritus de sus ancestros para que protegieran a sus hijos y les dieran la fortaleza suficiente para enfrentar los duros interrogatorios que les esperaban en la oscuridad siempre racista de los calabozos policiales de La Araucanía.

Tanto Rafael como Pascual denunciaron más tarde haber sido torturados física y sicológicamente durante su prolongado periodo de incomunicación extrajudicial. Efectivos, presuntamente de organismos de inteligencia policial, los conminaron a entregar antecedentes, a confesar su participación en los hechos, a denunciar a otros dirigentes y miembros de su comunidad, o a culpar a otros para protegerse de la acción siempre diligente de la justicia cuando se trata de perseguir y castigar a los más débiles.

Según ambos hermanos, el mismo escenario de amenazas y propuestas indecentes se repetiría días más tarde ya en presencia del fiscal en jefe del Ministerio Público de Traiguén, Raúl Bustos, encargado de la investigación judicial del caso y reconocido por varios presos políticos como uno de los principales promotores de la "delación compensada" en dicha zona de conflicto. Es decir, de la traición legalizada impuesta tras el fin de la dictadura por los jerarcas de La Oficina y que se ha transformado con el paso de los años en uno de los más asquerosos recursos del sistema inquisitivo penal chileno.

Dos días después de su fatídico arresto, el día lunes 17, ambos hermanos debían presentarse en la Universidad Católica de Temuco para comenzar una nueva etapa en sus vidas como estudiantes universitarios. A pesar de las dificultades propias de una comunidad mapuche sumida en la pobreza y la marginación social, ambos se habían propuesto seguir los pasos de su hermano mayor y habían logrado obtener un cupo en la carrera de Pedagogía Básica Intercultural Bilingüe de dicha casa de estudios superiores.

Tanto Pascual como Rafael, amantes del folclor tradicional y líderes del grupo musical mapuche Kimkache, soñaban con transformarse con el tiempo en profesores de mapudungun y enseñar así a los niños de su comunidad la palabra tantas veces negada de nuestro pueblo. Así al menos lo manifiestan quienes estuvieron con ellos en Bariloche tan sólo semanas antes de su detención, participando de un Encuentro de Arte y Pensamiento Mapuche, como parte de una delegación estudiantil invitada desde Temuko a visitar las tierras del puelmapu para compartir experiencias e inquietudes con otros jóvenes tan entusiastas y soñadores como ellos.

Hoy ambos hermanos se encuentran esposados a los metales de la cama de un frío hospital, vigilados las veinticuatro horas del día por gendarmes camuflados de civil en los pasillos, conectados ambos a alimentación intravenosa en sus cuerpos y arriesgando cada uno sus preciosas vidas por conseguir una libertad que les ha sido también negada ya demasiadas veces. Quizás algún día lleguen a ser buenos profesores de mapudungun y logren quelos niños de su comunidad crezcan valorizando los saberes tradicionales de nuestro pueblo. Por ahora, como luchadores de nuestro pueblo, sólo clases de dignidad y consecuencia les pueden brindar tanto a ellos como a cada uno de nosotros.

Vayan estas palabras garabateadas a la rápida, como un sentido homenaje para ambos. Newentuaiñ pu peñi, Newentuaiñ pu kona...