Centro de Documentaciˇn Mapuche Documentation Center

El puño apretado

*Por Rafael Gumucio, columnista invitado

22 de marzo de 2002

Una imagen de televisión se me quedó grabada en la retina. Un niño mapuche en el Alto Bio-Bio aprieta los puños mientras se ve como un grupo de carabineros empuja a su madre y a su padre. La cólera de ese niño, su rabia que está a punto de hacerlo pelear con enemigos tres veces más grande que él, llegó para quedarse. Médula de un nuevo hueso, su odio de niño quedará grabado en la rabia del grande. Sus dientes apretados, sus ojos llorosos, sus dedos sucios que ya no piden explicaciones sino que están dispuestos a arrancarlas a golpes.

Las heridas pueden cicatrizar, los golpes olvidarse, pero la humillación queda, el tumor se instala. Y puede que ese niño nunca aprenda el mapudungun, puede que escuche rap y que a futuro se pierda en la gran urbe santiaguina, pero sabe que no quiere ser chileno, que es mapuche, porque Chile es esa humillación de los carabineros quebrando la cabeza de sus mayores sólo para proteger las millonarias inversiones de unos españoles. Será dificil que ese niño después entienda razones; ante el hambre, sólo le queda la identidad de su gente, ante el robo del que ha sido y sigue siendo víctima, seguirá apretando los puños.

Nada saca el presidente Lagos con declarar que esos niños humillados son una minoría de los mapuches, ni nada saca la prensa con denunciar la llegada de grupos no mapuches a la pelea; da lo mismo que ese niño sea uno en mil, pues su rabia vale por mil. El que sabe qué quiere y qué no quiere, siempre domina a una masa informe y empobrecida. Y si el gobierno sólo responde con corrupción, partidismo y represión, y si los propietarios de los fundos se arman para empezar una nueva cacería de mapuches, no se puede esperar otra cosa que los más radicales tengan la razón y los razonables terminen por callarse. Estamos construyendo ante la indiferencia del chileno medio y mientras el diario La Tercera nos llena de información sobre Fidel Castro, nuestro propio Pais Vasco, nuestro propio Chiapas, nuestra propia y lluviosa franja de Gaza y Cisjordania.

Y es Temuco entera una ciudad que humilla al pueblo mapuche con algunos monumentos horribles que se suponen que los celebran. Porque esta cínica celebración chilena de los mapuches duele más aún que el desprecio. Para los chilenos, los mapuches son los valientes de "La Araucana" de Ercilla, pero para defenderse de ellos un subsecretario los llama una tropa de "cobardes". Son nuestros pueblos originarios a los que se les pide que por favor dejen de ser tan mapuches, cuando se acaba el acto cívico donde se le hace bailar en redondo debajo de las ramas de un canelo. Se los obliga a palos a ser chilenos de segunda, indios mugrosos y flojos. No comprendemos que prefieran ser miserables, pero dignos y libres, a esclavos de panadería o cesantes que gastan los pocos centavos que le quedan cambiándose el apellido en las oficinas del registro civil.

Lanzado a un lado del río Cautín, en Padre Las Casas, al otro lado viven los alemanes que, como en todo el sur del país, no sólo no se mezclan con los mapuches, ni siquiera se mezclan con los chilenos. La frontera está en todas las esquinas de esa ciudad y sigue por los cerros, los bosques, las comunidades y los fundos, por Pucón, que es como una bofetada en plena miseria, los cuidados jardines germanos y los volcanes que callan. Y la policia chilena también calla al no intervenir cuando los chilenos insultan, agreden y corren los cercos. Todas las buenas palabras y las malas acciones nada pueden; es la frontera, sigue siendo el genocidio llamado eufemísticamente como "Pacificación de la  Araucanía".

Son ellos contra nosotros, son ellos sin nosotros, y algunas autoridades ingenuas quieren que ese niño pehuenche humillado que aprieta los puños se haga chileno por alguna migaja de pan que le van a quitar apenas los glotones quieran comer más. Entonces se defienden a palos, a piedras, a escupos y demos gracias que los puños de ese niño aun no tienen la fuerza para apretar los fierros de un fusil o una pistola. Quizás entonces, cuando sus puños aprendan a humillar al resto para sobrevivir, recien lo reconozcamos como a un chileno. Es decir, como a un cobarde armado que cuando no tiene la razón tiene la fuerza.
 

* Joven escritor chileno, columnista del periódico The Clinic. A publicado entre otras obras una recopilación de cuentos titulada "Invierno en la Torre" y el libro autobiográfico "Memorias Prematuras".