Proyecto de Documentación Ñuke Mapu
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Opinion
Lunes 5 de Abril de 1999

Puntos de vista
Tierras para mapuches

La solución del problema de la segregación negativa, cultural y económica de las comunidades mapuches, corre el riesgo de ser llevada por vías inconducentes si queda reducida a traspasar más tierras. Esta simplificación del tema tiene el agravante de dar lugar a aprovechamientos ideológicos partidistas.

En Chile se ha cultivado, hasta ahora, la mentira de una feliz integración de su población aborigen. Las elites dirigentes afirmaban, con desenfado, que los indígenas eran apenas unos 50.000 y que, además, estaban en proceso de acelerada asimilación. Se sostenía que Chile no tiene "problema indígena". Varios hechos han puesto en evidencia estas mentiras. En el último censo 1.000.000 de habitantes de autodeclaró mapuche, con unos 300.000 residiendo en Santiago. Los resultados del Simce y las indagaciones empíricas sobre la pobreza, dan a conocer que los mapuches reciben menos y peores servicios sociales otorgados por el Estado y los municipios. Las crónicas de prensa de las últimas semanas nos hacen saber que los mapuches del agro viven en comunidades separadas de los "huincas" y son numerosas. Se han constituido en "ghettos" rurales, reducidos a una economía de subsistencia, pobre y precaria.

En el mundo globalizado de hoy, de amplia y preferente simpatía comunicacional por las causas indigenistas, incurriríamos en peligros catastróficos aferrándonos a la mentira de que Chile no tiene "problemas indígenas".

Puede entenderse la decisión de entregar más tierras a las comunidades mapuches como un expediente dilatorio y de cierta compensación moral por siglos de despojos violentos y engañosos. Pero, para largo plazo, esta política incuba una segregación más profunda e infeliz para el pueblo mapuche.

A priori, no puede negarse a cualquier agrupación de personas el derecho a decidir libremente organizarse en una comunidad económica y social, separada del resto de la comunidad nacional; siempre y cuando cumpla con las leyes vigentes para todo el país. En Puyuhuapi existe una especie de estas comunidades formada por inmigrantes europeos y en varios otros países funcionan las pacíficas comunidades menonitas.

Hay abundantes estudios antropológicos sobre la suerte de esta clase de comunidades orientadas a la reclusión social y al autosustento económico. El romanticismo agrario, nacido a fines del siglo XVIII en Europa, dio lugar a la fundación de millares. Algunas partieron dotadas de grandes recursos de mecenas; otras, reunieron a familias de citadinos desilusionados con la vida urbana; no pocas fueron creadas por santones o gurúes, sinceros o fraudulentos, y las más duraderas se organizaron en sectas de fanáticos. Las conclusiones de estos estudios son desalentadoras: la casi generalidad de las comunidades agrarias ha tenido desenlaces penosos. Las únicas comunidades rurales de vida duradera están basadas en su reduccionismo intelectual absoluto, con nada de tolerancia por la diversidad de opiniones. La coerción social interna es exhaustiva e impide, con eficacia, cualquier forma de digresión individual, de hecho o de palabra (ejemplo: Colonia Dignidad).

¿Tienen las comunidades mapuches los atributos necesarios para convivir en "totalitarismo ideológico"? Las informaciones conocidas dicen que son propensos a la tolerancia, a la persuasión discutidora y no tienen cultura de pesquisa y castigo de los disidentes.

La alternativa de conducirlos al minifundio unifamiliar es también errónea. La producción silvoagropecuaria rentable, de la actualidad, debe ser realizada en grandes unidades económicas. Los minifundistas viven en miseria y la mayor parte de sus hijos perpetúa la pobreza en campos y ciudades.

El problema de los mapuches debe ser abordado en toda su real complejidad, con sinceridad y entendiéndose con ellos en planos de mutuo respeto e igual dignidad. No es tiempo para imponer señoríos.

Chile es parte del mundo y es objeto, al igual que todo otro país que no vive sometido a dictaduras cerradas, de una permanente vigilancia del sistema de comunicación mundial. Este sistema tiene una predilección obsesiva e incontrolable por los incidentes que comprometen a minorías étnicas. Es un acto de masoquismo nacional prescindir de esta circunstancia.

Carlos Neely I.


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