miércoles 21 de mayo de 2003
 
Pesca artesanal 
Insertar el mar 
en el mundo global 
  • Los últimos recolectores son la gente de la orilla del océano. El agotamiento de los recursos marinos, los cambios sociales, la globalización de la economía y otros fenómenos están desterrando ese modo de vida. Grupos de pescadores artesanales han iniciado la aventura de cambiar y ganar para sus descendientes un lugar en el mar del siglo XXI, y hay quienes les acompañan porque manejan conocimientos imprescindibles para que tengan éxito.
Por Lilian Bizama F.
 Las machas de Cañete se venderán en Europa, Estados Unidos, Asia; en frascos de vidrio y con etiquetas cuyos diseños serán mapuches. Es el sueño.
      En Huentelolen (sector de esa comuna) y áreas cercanas, las comunidades mapuches recolectoras de machas están empeñadas, desde hace algunos años, en mejorar su nivel de vida adaptando su trabajo a las condiciones de la economía mundial actual.
      Son pescadores recolectores, unos entre tantos miles de chilenos que viven del mar. Específicamente, son “taloneros”. Utilizan la antiquísima y artesanal técnica de zafar los moluscos de las rocas a golpes de talón. También son pescadores, de orilla eso sí, y todavía pescan con caballo: atan a un equino una red y el jinete guía al animal mar adentro, hasta que el agua le tapa las corvas, le hace formar un semicírculo (parecido al cerco de los barcos industriales) y enseguida, desde tierra, un grupo tira hasta llevar al caballar, jinete, sierras, corvinas y congrios a la playa.
      De paso, son los herederos de una cultura distinta, una cultura en que se vivía el día, sacando de la tierra o el mar lo necesario para comer esa jornada; elaborando la vajilla o viviendas con materiales que proporcionaba el bosque, que también brindaba hierbas medicinales si alguien enfermaba. Ese modo de vida se esfumó; es incompatible con la realidad que enfrentan. Además, por románticas que a los ojos de los visitantes puedan parecer sus prácticas de recolección, no sirven ante la necesidad de dar más valor a sus productos, vender en forma directa y mejorar sus deficitarias condiciones de vida. Se están esforzando por cambiar y en su empeño son acompañados por profesionales como Jorge Silva Acosta (38), ingeniero pesquero. El pertenece a un pequeño grupo de profesionales que en la región -por uno u otro rumbo- se vincularon a la pesca artesanal que inició, hace años, proyectos de recuperación de recursos, reconversión productiva y capacitación. A años de promulgada la Ley de Pesca y Acuicultura y vigente el decreto de Areas de Manejo, medida administrativa única en el mundo que busca recuperar bancos naturales de recursos bentónicos y que las organizaciones de pescadores que las cuiden y exploten, mejoren su nivel de ingresos y calidad de vida, estos técnicos están cerrando una etapa de acompañamiento a la gente del borde costero.
      Jorge Silva es santiaguino. De niño escuchó extasiado historias de buzos y pescadores, que relataban sus abuelos y tíos, que provenían de la zona de Los Vilos. Fue la primera atracción por el mundo del mar. Luego, en la época de la práctica profesional se introdujo en lo socioproductivo con un proyecto de transferencia tecnológica de la Pontificia Universidad Católica y la comunidad de Lenga. Trabajó más tarde en granjas marinas y se movió laboralmente entre Lota y Colcura ya vinculado al Servicio de Cooperación Técnica, Sercotec. Un proyecto Profo le ligó a las comunidades macheras, acción que le asustó emprender: “si bien tenía experiencia en trabajar con comunidades de las más postergadas en términos sociales, no me encontraba preparado para enfrentar problemas de índole étnica, dudaba que me aceptaran. Pero empecé, en 1999. Me informé mucho y me abrí frente a ellos... no ha sido fácil... cuesta sacarles palabra, son muy introvertidos; en sus comunidades se evidencia la pobreza, la postergación, el miedo y el temor a que los discriminen y posterguen más. Yo iba con un proyecto de visión de empresa occidental, pero advertí que chocaba con la visión del mundo que ellos tuvieron por siglos y que, entre otras cosas, no les proyecta hacia el ahorro, lo que es vital para hacer empresa. Pero hemos aprendido unos de otros, tuvimos que compartir y concordar visiones. No puedo decir que confían en mí, pero me escuchan y están convencidos de que hay que emprender proyectos que se inserten en la economía mundial”. Los proyectos que asesora Jorge apuntan a mejorar las técnicas de comercialización de la macha y utilizar otros recursos del sector, como las ranas, también en forma económica, ambiental y socialmente provechosa.

     Compromiso con el mar

      Los pescadores no sólo tienden redes en el mar para capturar peces. También “tejen redes espirituales que lo atrapan a uno”, asegura el técnico marino, Luis Fuentes Castro (38). Vive en Talcahuano y acompaña, desde hace cinco años, proyectos socioproductivos a 100 kilómetros, en Llico, y más lejos aún, en Rumena; aunque también en el cercano Dichato. Los largos trayectos en bus desde y hacia las caletas los organiza como sesiones de estudio, preparación de informes y planificación de actividades.
      Oriundo de las tierras de Colchagua, en San Fernando, estudiar en la Universidad Católica, cuando tuvo sede en Talcahuano, lo ligó para siempre al mar. Ya en 1988 cuando hizo su práctica, dice, adquirió un compromiso social que comenzó a realizar impartiendo capacitaciones en caletas de la Cuarta, Quinta y Octava regiones. Formó parte del equipo técnico de la Federación Regional de Pescadores Artesanales, y le marcó contribuir a elaborar una política de desarrollo del sector. Con el espíritu muy abierto comenzó el proceso de enseñanza-aprendizaje, típico de alguien que va a capacitar a personas con experiencia, con historia de vida, con “hazañas”, como las define Luis: “me gusta escuchar a los más viejos y ver que tienen sueños, y que sus hijos comparten las esperanzas. Han sufrido mucho, pero se esfuerzan mucho y uno, al planificar el trabajo, empieza a soñar con ellos”. Sus asesorías, también con fondos de Sercotec, apuntan a desarrollar proyectos productivos, de fomento de la “empresarización” del mundo pesquero artesanal, pero todo comienza con el necesario cambio de visión de mundo y actitud ante la vida, porque los pescadores son, por naturaleza, individualistas e inmediatistas y eso no funciona para hacer empresa y dar valor a la producción. En Llico los esfuerzos apuntan a obtener el mejor aprovechamiento posible de los locos y otros recursos de su Area de Manejo. Junto con ello lograron crear un liceo pesquero que el año próximo comenzará, en tercero medio, la especialidad de acuicultura y pesca. Por ahora, los jóvenes se esfuerzan por cursar enseñanza media: “unos 15 alumnos son pescadores. Bucean todo el día a 20 metros de profundidad, extrayendo navaja, el recurso estrella del sector. Llegan entumidos a las casas, pero beben un jugo, comen una galleta, se cambian ropa y van a estudiar. Si son capaces de hacer eso, no dan ganas de dejar de apoyarlos...”. Tanto en estas localidades araucanas como en Dichato, los esfuerzos apuntan a manejar bien las áreas y cultivos y avanzar en la idea de una red costera de granjas marinas, que permitan hacer circuitos turísticos en los sectores productivos. Para Luis, es inaudito que haya niños chilenos que no conocen el mar y sueña con esas granjas para que todos puedan navegar y “conocer el mar, fuente de la riqueza del mañana, si los recursos se protegen bien. Me dolió cuando una vez invitamos a unos niños pehuenches y dijeron ‘que grande es esta laguna’, refiriéndose a la bahía de Dichato. Es una falla de todos nosotros que alguien no conozca el mar”.

     Del agro a la pesca y el turismo

 Cuatro años hace que Bladimir Castillo Rodríguez (38), tecnólogo en Recursos del Mar e ingeniero en Administración Pública, trabaja en asesorías en isla Mocha.
      Es la “oveja azul” de su familia, que está relacionada al agro, a lo forestal y la ganadería, en la zona de Los Angeles. A él le gustó el mar y, más específicamente, la acuicultura.
      Su práctica la hizo en Chiloé, y después trabajó todo un año como patrón de lancha artesanal, en Calbuco. Ingresó enseguida al Instituto de Fomento Pesquero y anduvo dos años embarcado en gigantescos pesqueros de alta mar.
      Después asumió una jefatura provincial, en Valdivia y Osorno, del Servicio Nacional de Pesca y allí se le despertó el interés social, afinó su espíritu aventurero y comenzó con las asistencias técnicas. En isla Santa María estuvo un año. Después llegó a isla Mocha y “me enamoré de la isla”. La gente de la isla está empeñada en explotar bien su Area de Manejo, mejorar el bosque, construir un museo, concretar gestiones para exportar loco y desarrollar actividad turística. Desde que llegó Bladimir al Area de Manejo, ésta se consolidó como actividad económica estable; se han comprado equipos electrógenos, hay celulares por todos lados, dos o tres cabañas con capacidad para 40 camas son una incipiente oferta de apoyo al turismo. Para Bladimir el rápido avance se debe a que “no son enteramente pescadores sino agropescadores y, sociológicamente hablando tienen mayor capacidad de espera y paciencia que el pescador neto”.
      Sin embargo, a los seis meses de llegar a la Mocha, Bladimir estaba desencantado: llegaban siete u ocho personas a las reuniones aunque peregrinaba de casa en casa buscando convencer de que había que organizarse y sacar adelante un proyecto. Tenía que caminar 15 kilómetros desde la pista de aterrizaje a la casa del dirigente que le recibía, incluyendo una noche de espera a mitad de camino antes de cruzar la montaña. Aunque no le importaba, significó mucho que le empezaran a ofrecer locomoción. Hoy la asistencia a las reuniones nunca es menor a 150 personas y termina con alguna convivencia, además. Bladimir se considera un mochano más, está feliz y ha afirmado su convicción de que “no es tipo de oficina, sino de andar en lancha, en barco, en la caleta. No puedo estar dos o tres horas sentado”. Dice que la experiencia de terreno es insustituible en la elaboración de proyectos y que quienes trabajan como él reconocen de inmediato las propuestas “que son elaboradas en oficina, por personas que desconocen la realidad. Hay que juntar teoría y práctica”.
      Como todos, ha hecho un arduo camino para abrirse paso y ser aceptado como profesional y persona por parte de los pescadores. Para eso hay que tener flexibilidad, perseverancia y paciencia, explican los “afuerinos”, además de validarse ante las comunidades que, sólo entonces invitan a sus casas, a compartir una fiesta o permiten acompañar en un duelo. Es parte del proceso del desarrollo integral de las comunidades pesquero artesanales, un mundo complejo que se abrió a la modernidad. 


 


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